Recital de violín y piano Conciertos de Mediodía

Recital de violín y piano

  1. Este acto tuvo lugar el
Alexandre Da Costa, violín. Juan Carlos Garvayo, piano

E. CHAUSSON tuvo una vida corta y había llegado tarde a la música, por lo que su obra no es muy abundante. Alumno de Massenet en el Conservatorio de París y de César Franck en la Schola Cantorum, su obra más célebre es, precisamente, el Poema para violín y orquesta, compuesto entre 1892 y 1896, año en que fue estrenado por el gran violinista belga Eugène Isaÿe y se instaló -no sin ciertas reticencias iniciales- en el repertorio concertante para violín por su profunda originalidad y refinado encanto.

  F. KREISLER, norteamericano de origen austríaco, fue uno de los mejores violinistas de la primera mitad del siglo XX. Y como los grandes virtuosos del XIX, hizo multitud de arreglos, transcripciones y pequeñas obras para su propio consumo. Algunas de ellas, "en estilo antiguo", circulan aún a nombre de autores imaginarios o bien conocidos, lo que no dejó de ser una broma del violinista. Otras, en cambio, como las tres que hoy se interpretan (Bella Rosmarín, Pena de amor, Alegría amorosa) son buena muestra de su sabiduría instrumental.

J. BRAHMS compuso en sus años de madurez tres sonatas para violín y piano, la primera en Sol mayor Op. 78 (1880), la segunda en La mayor Op. 100 (1887) y la tercera en Re menor Op. 108 (1889). Las tres son magistrales, pero la tercera, dedicada "a su amigo Hans von Bülow" -el primer marido de Cósima Liszt, luego Cósima Wagner-, es una de las grandes obras de su autor, ya por encima de todas las polémicas y componiendo con toda la libertad que permite un oficio impecable y el no tener nada que demostrar. En cuatro movimientos de soberana belleza (las dos anteriores sólo tienen tres), Brahms explora todos los registros: emoción, brillantez, profundidad, capricho... Merece especial atención el Adagio, ciertamente milagroso.

Las obras de SARASATE, escritas y publicadas en las últimas décadas del siglo XIX, son buena muestra del extremado virtuosismo del gran astro navarro del violín, siguiendo la moda europea de la música de salón: En el caso de hoy, la de cantos o danzas gitanos o bohemios. Son piezas sin mayor trascendencia pero que permiten al tañedor toda suerte de habilidades y demostrar así su técnica. Por eso, y por el innegable encanto de época que aún conservan, los violinistas de todo el mundo las adoran.