(I) Ciclos de Miércoles Cuatro cuartetos españoles

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Quartet de Barcelona . Marc Armengol y Edurne Vila, violín. Ulrike Janssen, viola. Sergi Boadella, violonchelo

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NOTAS AL PROGRAMA
PRIMER CONCIERTO
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El cuarteto Vistas al mar de Eduardo Toldrá testimonia el moderado auge que experimentó la música de cámara en España a comienzos de los años veinte. Su textura irradia luz mediterránea y evidencia el conocimiento del género, que su autor había obtenido como miembro del Cuarteto Renacimiento, grupo que conoció a fondo las grandes obras maestras en este campo. Supera ciertamente Vistas al mar el empeño del juvenil Cuarteto en do menor (1914), obra que así y todo se ha recuperado recientemente, incluso en esta misma sala, con ocasión del centenario del compositor (Cuarteto Cassadó, mayo de 1995).
Vistas al mar lleva como subtítulo el de "Evocaciones poéticas", pues todos los movimientos se encuentran ligados a poemas de Joan Maragall, pero no cabe hablar de una música directamente programática o descriptivista. Todo lo contrario: aun siendo el cuarteto la respuesta de Toldrá a las impresiones causadas por esas lecturas, la forma es plenamente ortodoxa, con los tiempos extremos construidos como sonatas y el central siguiendo los cánones de la canción instrumental bitemática. Los títulos por los que en ocasiones se conocen los movimientos -Costa brava, Nocturno, Velas y reflejos- son espurios y en absoluto benefician la comprensión de la música.
Escrito en 1921, lo estrenó el 31 de mayo de ese año el Cuarteto Renacimiento en el que fue uno de sus últimos conciertos. Ganó el Premio de la Fundación Rabell, al que el autor se presentó con el lema "Maragall". Toldrá arregló el segundo movimiento para orquesta de cuerda -con el añadido de contrabajos-, mientras que los otros dos fueron adaptados por Rafael Ferrer.
El Allegro con brio inicial se abre con un diseño decidido; la escritura es de una gran luminosidad. Se basa en el poema La ginesta oltra vagada de Maragall y en verdad no es fácil sustraerse a la sensación de que la música responde a una contemplación marina. El segundo tema es marcadamente cantable, de honda raíz popular, mostrando una cierta proximidad con el mundo de la canción toldraniana. Todo el movimiento se desarrolla dentro de unas cauces de suma concisión. El Lento, que sigue las sugerencias de la lectura de Allà en las llunyanies, marcado por Toldrá "pausadament, molt poc a poc" es un poema sonoro extraordinariamente tierno; la atmósfera es de una cierta nocturnidad. El tercer tiempo, un festivo Molto Vivace - sugerido por La mar estava alegra- , regresa al generador impulso vitalista del primero, de juego rítmico más acusado; el segundo diseño posee, en su sencillez y eficacia melódica, connotaciones innegables con las danzas populares catalanas.

Al igual que los compositores españoles del siglo XIX, Fernando Remacha compuso su Cuarteto de cuerda en 1924 como un ejercicio académico durante su período de formación en Italia bajo los auspicios de Malipiero. Muchos años después, el compositor reconocía haberse inspirado en Stravinski, en concreto en las Tres piezas para cuarteto de cuerda (1915), y haber sido en su obra más stravinskiano que el propio creador de La consagración de la primavera. Exageraciones aparte, no hay duda que la presencia constante del ritmo parece remitir al modelo declarado, pero Remacha fue excesivamente duro con su composición - siguiendo en esto a Malipiero, que le afeó su stravinskianismo- , porque el Cuarteto permite apreciar una personalidad musical propia, aun denotando un admirable dominio de las aportaciones coetáneas de la vanguardia europea. Todos los analistas inciden en el hecho de que fue un lastre para la difusión de la obra el que ésta se conociera tardíamente, ya que sólo se estrenó en 1931 y ganaría el Premio Nacional de Música todavía después, en 1938, en el peor momento posible, en plena Guerra Civil. Margarita Remacha, hija del compositor, ha afirmado que la obra fue revisada antes del galardón, mas a los efectos de fechar su nivel de modernidad, hemos de fijar 1924 como punto de referencia, porque en ese tiempo no se encuentra ninguna otra obra de autor español que extraiga del cuarteto de cuerda una sonoridad semejante.
El Allegro risoluto parte de la tonalidad fundamental de do mayor, aunque los choques bitonales y el uso de la disonancia le otorguen un cierto aspecto de fiereza. El segundo tema, de hecho, es de notable virulencia. Los timbres, ritmos, efectos y acentos -son numerosos los sforzandi- le confieren un marcado acento moderno. Los temas son breves, pero se insertan episodios rítmicos y de color. El aspecto rítmico, en concreto, se torna cada vez más insistente en su imparable progresar. Un gesto mucho más recogido se instala en el Andante, de trazado más contrapuntístico; aun el lirismo tiene cabida en esta meditada y hasta pesimista exposición, que tras la climática ascensión al registro agudo se hace más oscura y dolorida, para extinguirse desoladamente en pianísimo. Sin duda, uno de los más grandes tiempos lentos de todo el cuarteto español del siglo XX. Con el Allegro vivace, que empieza con acordes de inequívoco sabor stravinskiano, la vertiginosa andadura rítmica vuelve de nuevo a primer plano, bien que el segundo grupo temático aporte un apropiado contraste lírico. La armonía es más ácida; la forma, sumamente libre y las referencias folclóricas rastreables en el movimiento se ven integradas por el compositor con suma lógica.

Posterior en un año es La oración del torero, obra perteneciente a un estilo completamente ajeno a las pretensiones vanguardistas. Se trata de un cuadro costumbrista, que Turina, muy aficionado a la tauromaquia, imaginó en el curso de una corrida. Su pretexto argumental es mínimo: el lidiador tiene un instante de concentración mientras el bullicio y el peligro le aguardan en el albero. La página no nació como música para cuarteto de cuerda, porque Turina la escribió al conocer al Cuarteto de laúdes Aguilar, formado por los hermanos Elisa, Ezequiel, José y Francisco, contribuyendo así con una pieza original para una clase de conjuntos cuyo repertorio suele nutrirse precisamente de transcripciones de otras plantillas. El Cuarteto Aguilar estaba constituido a mediados de los años veinte por dos laudines, laúd y laudón, construidos parcialmente por sus integrantes. La versión original le ocupó a Turina del 31 de marzo al 6 de mayo de 1925, en tanto que la de cuarteto de cuerda casi una necesidad implícita en el primer estado de la obra, que siguiera inmediatamente, del 7 al 13 de este último mes. La adaptación para orquesta de cuerda a solicitud de Bartolomé Pérez Casas se estrenó en 1927.
La oración del torero discurre concisamente según una forma libre, bien que apunte una característica construcción cíclica. Se divide en secciones nítidamente separadas: un comienzo vaporoso, un pasodoble estilizado, un segundo tema patético, un pizzicato expectante, el clímax dramático y la reexposición variada.

Significativamente, Xavier Montsalvatge compuso su Cuarteto indiano como una manera de reaccionar contra las manifestaciones neocasticistas y neonacionalistas que, al emprender su escritura en 1951, consideraba totalmente rancias. Para ello, se acogió al exotismo de lo que se ha dado en llamar "antillanismo", una fase de su carrera que a fin de cuentas tan sólo estaría integrada por tres partituras: Ritmos (1942), las Canciones negras (1946) y la que nos ocupa.
El Cuarteto vio la luz para ser incluido en la participación de un premio, prueba de que las salidas para este tipo de música eran todavía muy reducidas en España a mediados del pasado siglo. La obra ganó efectivamente el Premio Samuel Ros, el 24 de marzo de 1952, haciendo constar el jurado -presidido por su alteza real José Eugenio de Baviera, con Pérez Casas y Javier Alfonso de vocales- sendas menciones honoríficas para las obras presentadas por Conrado del Campo y José Muñoz Molleda. La Agrupación Nacional de Música de Cámara estrenó el Indiano, el 6 de mayo de 1952, en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. El propio Javier Alfonso, en su crítica del ABC del día siguiente, hablaba de la "evocadora belleza, con pastosas sonoridades y ritmos sugestivos" de este cuarteto basado en "antiguos ritmos de ultramar". El mismo Montsalvatge -según afirma en su autobiografía- se había percatado de haber incurrido en esos ritmos exóticos, bien que imaginarios, en su antillanismo en suma, una vez concluido el primer movimiento.
El Poco allegro inicial posee una escritura sincopada y un ritmo balanceante; la caligrafía es muy fina. Como indica su autor, hay en el Andante quasi adagio una "metamorfosis acentuada" del tema de Chévere, la tercera de las Canciones negras. Emprende su andadura con pizzicati, un acorde súbito con arco y prosigue con una íntima cantilena. La sección Più mosso (2 antes del nº 34 de la partitura) tiene el pórtico de unos pizzicati en sffz y posee un aire soñador, como una idealizada danza lenta. Los pizzicati se generalizan para dar paso al sereno canto -se indica "calmado"- del chelo. Se recupera la atmósfera del comienzo (tempo primo, 4 antes del nº 40). El canto cobra intensidad, para irse apaciguando lentamente, instante previo a los acordes en pizzicati y la conclusión en pianísimo. El Allegretto ma non troppo funciona como scherzo y, de acuerdo con Montsalvatge, es una especie de "milonga argentina", la única música que su autor afirma no haber concebido al piano. Estamos ante una danza no exenta de ironía, que el compositor desea se lleve hasta la burla, como cuando solicita que se toque "con exagerato sentimento". Aquí el elemento popular parece jugar alternativamente a ocultarse o salir a primer plano. El final, Allegro ritmico, es una variante de la pianística Ritmos. Con la apariencia de una danza ancestral, transformada pero que aún conserva parte de su misterio, Montsalvatge instala un diseño reiterado. Tras un piano súbito, se presenta un episodio cantabile y calmato que enlaza con el ambiente del tiempo anterior. Los pizzicati de viola y chelo, sin embargo, parecen invitar a la danza con su carácter semejante al batir de la percusión. Se entra en el baile en el A tempo. Un pasaje "solemne" en acordes encadena con un breve Allegro vertiginoso en trémolos. Los dos últimos compases son acordes a tempo lento.

      1. Eduard Toldrà (1895-1962)
      1. Vistas al mar
      1. Fernando Remacha (1898-1984)
      1. Cuarteto de cuerda
      1. Joaquín Turina (1882-1949)
      1. La oración del torero Op. 34 (versión para cuarteto de cuerda)
      1. Xavier Montsalvatge (1912-2002)
      1. Cuarteto Indiano