(III) Ciclos de Miércoles Cuatro cuartetos españoles

(III)

  1. Este acto tuvo lugar el
Cuarteto Wanderer . Yulia Iglinova, violín. Julia Málkova, viola. Anton Gakkel, violonchelo. Yuri Volguin, violín

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TERCER CONCIERTO
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  El programa es de una notable coherencia, pues reúne cuartetos de cuerda de compositores vascos que en los tres casos debieron su fama a las obras que, en mayor o menor número, entregaron a la escena lírica.

La influencia francesa de la Schola Cantorum se percibe netamente en la música de cámara de Jesús Guridi, cuya obra más valiosa en la especialidad posiblemente sea el Cuarteto de cuerda nº 2 en la menor, fechado en 1949, año en el que obtuvo el Premio Nacional de Música, estructuralmente muy sólido y repleto de sugerentes ideas. No obstante, la pieza que hoy nos ocupa, el Cuarteto en sol mayor, es una composición que evidencia igualmente el magisterio del músico vasco en el difícil mundo del cuarteto de cuerda.
Desestimado un juvenil Cuarteto en fa sostenido menor que se conoció en la Sociedad Filarmónica de Bilbao cuando el músico apenas contaba veinte años, éste, redactado en 1933, pasó a ser numerado como primero por su autor. El Cuarteto en sol mayor figura dedicado al Cuarteto Pro Arte, conjunto belga que durante toda su existencia 1913-1940 desarrolló una actividad muy intensa a favor de la nueva música. Bartók, por ejemplo, le dedicaría su Cuarteto nº 4. Fue precisamente el Pro Arte el grupo que estrenaría la nueva partitura guridiana; de nuevo en la Sociedad Filarmónica de Bilbao, el 15 de diciembre de 1934. En Madrid, lo estrenaría el Cuarteto Amis, en la análoga Sociedad Filarmónica capitalina, el 29 de mayo de 1936. En tanto que después formó parte del repertorio de la Agrupación Nacional de Música de Cámara, fue una obra que no desapareció de las salas de conciertos durante la posguerra. Arozamena, el biógrafo de Guridi, pretende defender la tesis de que el Cuarteto en sol mayor no puede adscribirse dentro de los márgenes de ningún credo estético, y que sólo respondería a la vaga definición de "guridiano", pero no es fácil coincidir con él en este punto, ya que la obra transparenta el origen popular vasco de muchos de sus temas y su ambiente general, así como los procedimientos compositivos parecen una mezcla de varias corrientes estilísticas europeas un tanto trasnochadas para su momento, de la Schola Cantorum parisiense a Brahms. Una vez asumida la tradición en la que la página se mueve, es obligado reconocer la excelencia del logro.
El primer movimiento, Allegro, se abre con un amplio gesto romántico; la forma es de sonata bitemática. El primer diseño es envolvente, mas no enérgico, y el segundo, cantable e impulsivo. Un segmento apasionado nos conduce al denso desarrollo, que se caracteriza por un inesperado sentido fatalista, con un ritmo insistente en el registro grave. Una coda más ligera proporciona un final luminoso. El segundo movimiento, Scherzo: Vivace, de clara connotación popular, se lanza a un persistente fluir rítmico. Podría pensarse que se oyen ecos de métodos constructivos del Allegretto vivace e sempre scherzando del Cuarteto en fa mayor op. 59, nº 1 de Beethoven, en cuanto a la capacidad motórica del ritmo como fuerza estructural. El pasaje gana en vigor y aun algo de talante orquestal. Sirve de trío un Andantino, con la viola cantando asordinada. Se economizan los medios al prescribirse una reexposición muy sintetizada de la parte del scherzo. Ya en el Adagio non troppo lento, que se mueve de do menor a do mayor, Guridi depura extraordinariamente su vena lírica, pues hay pocas dudas que es éste uno de los momentos más sinceros de su producción. Movimiento intenso y doliente, de compleja textura, que sólo hacia su conclusión accede a la buscada serenidad. Las dudas se disipan en el Finale, Allegro, donde una danza de evidente raigambre vasca se impone sin oposición. Su carácter está impregnado del regocijo de una ronda infantil. El autor de Las golodrinas compondría un temprano Cuarteto sobre temas populares vascos en 1905, diez años después volvería al género aunque según Arozamena la obra dataría de 1912, pero la muerte le impediría culminar la obra. Esta composición inacabada simboliza elocuentemente la carrera y la vida truncadas de un compositor que ya en su juventud había alcanzado una considerable popularidad, gracias a la floración cultural del San Sebastián de comienzos del siglo XX. Aun incompleto, el Cuarteto en la mayor evidencia el nacionalismo de Usandizaga, cimentado en el folclore vasco, con temas tomados de ese acervo, pero igualmente su capacidad para la transformación y la invención.
También Pablo Sorozábal compuso en 1919-1920 su Cuarteto en fa mayor basándose de alguna manera en el folclore vasco, en concreto en la canción Ene maitia. La composición seguía a escasa distancia a otra entrega cuartetística, pues en 1919 el que sería un aclamado hombre de teatro daría a la luz un Cuarteto en mi menor, cuyo manuscrito debe lamentarse como una pérdida más de las innumerables de la Guerra Civil.
Sorozábal trabajaba en el Cuarteto en fa mayor cuando llegó a Madrid para incorporarse como violinista de la Filarmónica, que dirigía Bartolomé Pérez Casas. El estreno tendría lugar en San Sebastián, en 1920, un ejemplo más de la buena salud de la música de cámara en la actividad de los conciertos donostiarras en esos años. En tres movimientos -carece de scherzo- la obra denota un buen dominio de la forma en un compositor tan joven. El molde estructural, como en el caso de Guridi, tiene mucho de centroeuropeo; algunos elementos cíclicos vuelven a poner de manifiesto los patrones constructivos procedentes de la Schola Cantorum.
El Allegro agitato inicial comprende un primer tema enérgico y un contrastante segundo motivo lírico. Llama la atención el delicado solo del violín primero -instrumento que cuenta con cierta preeminencia- marcado "dolce". El desarrollo es de reducidas proporciones, cumpliendo la canción folclórica vasca Ene maitia en cantabile el papel de episodio central. Se reexpone el primer tema. Una agitada coda en trémolos sirve de brillante final. En el  Andante casi adagio, con empleo ad libitum de sordina, Sorozábal despliega un canto elegante y apacible que forma seguramente parte de lo mejor de su obra no teatral; un pasaje soñador, que se aleja en el silencio en el "perdiendo" final. Para cerrar la obra, el Allegro bien marcado se inicia con un ritmo solemne que encadena de inmediato con una animada figuración de carácter danzable. El juego instrumental está muy bien resuelto mediante una escritura idiomática, con un interesante trabajo contrapuntístico. Si acaso, en este movimiento la invención se queda un poco por debajo de los recursos técnicos puestos en juego.

      1. Jesús Guridi (1886-1961)
      1. Cuarteto nº 1 en Sol mayor
      1. José María Usandizaga (1887-1915)
      1. Primer tiempo del Cuarteto en La mayor
      1. Pablo Sorozábal (1897-1988)
      1. Cuarteto en Fa mayor Op. 3