(I) Ciclos de Miércoles Medio siglo de música española (1950-2000)

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Santiago Serrate Ollé, dirección
Modus Novus
Luisa Maesso Martínez, mezzosoprano. Miguel Guerra Arévalo, trompa

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NOTAS AL PROGRAMA
PRIMER CONCIERTO
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Rosa-Rosae es un clásico, y no sólo dentro de la abultada producción de su autor, sino en el mismo panorama de la música española del siglo XX. La escuché por primera vez en Rentería, a principios de los años 70 (con Bernaola al clarinete), cuando para mí la música acababa no más allá de Stravinsky, Bartók, o como mucho la Suite Lírica de Alban Berg; y fue, con quizá alguna otra de Cristóbal Halffter y Luis de Pablo, no una revelación sino la definición misma de que esa música que "podía" existir - y lo que es más importante, yo comprender- , efectivamente existía. No deja de ser curioso - y desde luego, denunciable-  que ahora, treinta años después, haya tenido que volver a montar mi viejo giradiscos para poder repasarla (por supuesto en la mítica interpretación de Franco Gil para el, entonces así llamado, sello Hispavox), pues todavía, al menos que yo sepa, no está todavía trasvasada al cedé.
Tomás Marco escribió esta música veraz e íntima, tan llena de inocencia y una ironía que respira sorna, entre 1968 y 1969. Se trata, como en su día nos explicó elocuentemente Gómez Amat, de música de afirmación estilística, pero también de música de paso. La obra forma, digamos, un ente con la quizá más conocida Aura para cuarteto de cuerda, Vitral -para órgano y orquesta, todavía mucho más irónica-  y Maya, para violonchelo y piano. El título, "de la primera declinación" nos informa acerca de una música que quiere ser principio de algo, quizá de una manera distinta de hacer, y de la que se espera mucho. Fue concebida como un espectáculo audiovisual, en el que el cuarteto de instrumentos (flauta, clarinete, violín y violonchelo) hacían cambiar los elementos plásticos visuales al variar la dinámica o el timbre, etc. Sin embargo, la sustancia de la obra se mantiene intacta cuando se prescinde del montaje y quedan los instrumentos solos; diríase que, así, esa sustancia queda mejor reafirmada. Personalmente, y tras volver a escucharla, creo que el mayor atractivo de esta partitura reside en su capacidad para construir belleza a partir de de las tensiones que generan la repetición, acaso uno de los principios más universales y definitorios de la música.
Gerardo Gombau estrenó su No son todos los ruiseñores  el dos de junio de 1961 en el Ateneo de Madrid. Escrita para un texto de Luis de Góngora, esta pequeña pieza se sitúa de alguna manera en el centro de su producción, o lo que es lo mismo entre su etapa más nacionalista y lo que podríamos denominar "último" Gombau, reconocido por críticos y musicólogos como el más vanguardista e interesante. No fue por edad un autor adscrito a la Generación del 51, pero, como ha apuntado Tomás Marco, supo al mismo tiempo enseñar a esos jóvenes y aprender de ellos. Curiosamente, en ese mismo concierto también se estrenó la Soledad primera de Ramón Barce que escucharemos luego, soberbiamente interpretada por Isabel Penagos. El director fue Alberto Blancafort - también presente en el programa de hoy- , que junto a Barce y otros como Marco, Enrique Franco, De Pablo o García Abril formaron el Grupo Nueva Música, cuya música tantas veces se escuchó en el Ateneo madrileño, dirigido entonces por Fernando Ruiz Coca. Tras 44 años "desaparecidas", por fin se puede volver a escuchar estas pequeñas joyas de Gombau y Barce, auténticos suspiros de una España tan entrañable como poco añorada.
Varias veces ha salido ya a través de estas notas el nombre de José Ramón Encinar; déjenme que les diga sin al más mínimo rubor que, a mi juicio, se trata de uno de los más interesantes y mejores directores españoles en este momento. Es cierto que su actual labor al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid es excelente, pero sin menospreciar a nadie, por su talento y capacidad para poner el ojo sobre la música que es necesario hacerlo, merecería ocupar puestos más relevantes.
Por otro lado, permítanme otra confesión: siento una especial emoción al tener que escribir estas líneas acerca de su Samadhi, pues la idea de su composición le fue sugerida por un amigo común al que yo debo mucho, por razones que no vienen al caso: Francisco Hernández, un apasionado de la Danza -¡el que más, sin ninguna duda! que se fue de este mundo horas antes de que pudiéramos escuchar por primera vez La Atlántida en el Auditorio Nacional, o sea el día de su inauguración. Fue, desde luego, todo un trago.
Ésta es una obra que Encinar compuso hace tiempo; casi es una música de estudiante, pues concluyó la partitura el segundo año de estancia estival en la Academia Chigiana de Siena, tras finalizar el curso en el Conservatorio de Milán. Paco llevaba bastante tiempo dándole la lata para que escribiera una ópera de reducidas dimensiones para poder ser representada en el colegio mayor donde vivía, naturalmente ya acabada su carrera, y como el eterno estudiante/animador cultural/provocador político que siempre le gustó ser. E "influido por varias lecturas acerca del pensamiento oriental, ideé un guión escructurado en tres partes, tres formas de conocimiento: activo, reflexivo e iniciático. De aquel proyecto sólo quedó la intención, pero me serví del primer impulso para realizar una pieza puramente que conservara la estructura tripartita de la idea original. La obra está dedicada a mis padres y su primera interpretación tuvo lugar durante el concierto final del curso de composición de Franco Donatoni, por alumnos de la Academia (. . .)". Encinar se refería así a su obra en las notas al programa de la edición del pasado año del Festival de Música Contemporánea de Alicante, donde tuvimos la oportunidad de poder escucharla.
Creo que es la primera vez que tengo que escribir acerca de la música de Ramón Barce. ¿Qué tendría esto de singular? Nada, obviamente, pero me congratula mucho, pues siento un especial afecto hacia su persona, ya que tuve el honor y la suerte de compartir con él muchas tardes de reuniones de redacción en la revista donde trabajo y de la cual él era subdirector. Nada de particular tenían aquellas sesiones de trabajo, salvo que, antes y después de la mismas uno pudo tener la suerte de charlar con Ramón de música: auténticamente impagable; no olvidaré jamás las cosas que decía, sus opiniones sobre músicas sobre las que han opinado todo el mundo, ni que decir tiene que, emitidas por él, una auténtica fiesta, únicas.
Me parece algo muy serio. Su música. Para escucharla, o sea, para comprenderla, pues si no, no merece la pena molestarse, se tendría que acompañar la audición de una guía sobre su forma de ser, sobre cómo se divierte escribiendo algo tan elaborado y complejo, en el mejor sentido de la palabra. Porque nada parece tener que ver, me parece a mí, su música con su carácter, que es de tal o cual pasta, no entro en ello, pero desde luego asentado sobre - como ya comenté antes-  uno de los sentidos del humor más importantes que yo haya visto practicar. Sí; lo creo: creo que para aproximarnos a la música de Barce de verdad, hay que tener claves personales. ¡Qué cosas! Si hoy dijéramos esto de la de Beethoven, pongo por caso, nadie se escandalizaría. . . Pues lo mismo.
Soledad primera, para voz y cinco instrumentos, con texto de Góngora (ya he comentado antes algo sobre su estreno en el 61, es decir el año de la conmemoración del 400 aniversario del nacimiento del poeta), es una de sus primeras obras. Recuérdese que su primera opus es de 1958 y ésta llega sólo tres años después. Del mismo año, por otro lado, son las Dos canciones de la ciudad, con las que Soledad primera guarda alguna relación: la fuerza de lo que podríamos denominar primer Barce, y que en su día Tomás Marco definió como "expresionismo a la española". En ese período estaba interesado por el serialismo, y esta partitura es un bello ejemplo al respecto, muy perfeccionado, más personal, con respecto a las antes mencionadas canciones, y todavía más en referencia a las Dos canciones de soledad, de 1959. Soledad primera fue dedicada a Alberto Blancafort.
Del que naturalmente era necesario hacer alguna referencia en estos conciertos, tras su reciente fallecimiento (verano de 2004).Se ha programado una obra atípica de un catálogo, como es lógico, más frecuentado por piezas corales. Pero si lo que más se conoce de este excelente músico es su extraordinaria labor como creador y mantenedor del Coro de la Sinfónica de Radiotelevisión Española, es menos notorio el hecho de que sus primeras experiencias musicales lo fueran en el campo de la composición y no en el de la dirección coral; su primer éxito fue precisamente el Sexteto que tan buena aceptación tuvo en el Ateneo de Madrid y el Ateneo de Barcelona. De manera que, de entre los muchos homenajes que se merece la figura de Blancafort, es estupendo que la Juan March haya programado uno de los posibles, acordándose del Blancafort compositor y escogiendo el inhabitual Divertimento para 6 instrumentos; su escucha atenta y cariñosa, para más de uno, entre los que me incluyo, un estreno absoluto, es sin duda el mejor homenaje que se puede regalar a un músico que desempeñó una fundamental labor de divulgación musical en los años 60 y 70 del siglo pasado al frente del Coro (y la Orquesta) de la radio y la televisión españolas.

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TEXTOS DE LAS OBRAS CANTADAS
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  R. BARCE

Soledad Primera

No bien pues de su luz los horizontes
- que hacían desigual, confusamente
montes de agua y piélagos de montes-
desdorados los siente,
cuando - entregado el mísero extranjero
en lo que ya del mar redimió fiero-
entre espinas crepúsculos pisando,
riscos que aun igualara mal, volando,
veloz, intrépida ala,
- menos cansado que confuso-  escala.

Coros tejiendo, voces alternando,
sigue la dulce escuadra montañesa
del perezoso arroyo el paso lento,
en cuanto él hurta blando
entre olmos que robustos besa
pedazos de cristal que el movimiento
libra en la falda, en el contorno ella
de la columna bella,
ya que celosa basa,
dispensadora del cristal no escasa.

Vence la noche al fin y triunfa mudo
el silencio, aunque breve del ruido;
sólo gime ofendido
el sagrado laurel del hierro agudo.

(Góngora. Soledad Primera, 1613)


G. GOMBAU

No son todos ruiseñores

No son todos ruiseñores
los que cantan entre las flores,
sino campanitas de plata,
que tocan a la alba;
sino trompeticas de oro,
que hacen la salva
a los soles que adoro.

No son todas las voces ledas
son de sirenas con plumas,
cuyas húmedas espumas
son las verdes alamedas.
Si suspendido te quedas
a los suaves clamores.

No son todos ruiseñores...

Lo artificioso que admira,
y lo dulce que consuela,
no es de aquel violín que vuela
ni de esotra inquiera lira;
otro instrumento es quien tira
de los sentidos mejores:

No son todos ruiseñores...


(Góngora, 1609)

      1. Tomás Marco (1942)
      1. Rosa-Rosae, para flauta, clarinete, violín, violonchelo
      1. Ramón Barce (1928-2008)
      1. Soledad primera, Op. 20, para voz y 5 instrumentos
      1. José Ramón Encinar (1954)
      1. Samadhi
      1. Gerardo Gombau (1906-1971)
      1. No son todo ruiseñores
      1. Alberto Blancafort (1928-2004)
      1. Divertimento para 6 instrumentos