(II) Ciclos de Miércoles DEL ROMANTICISMO A LA ABSTRACCIÓN
Ciclo con motivo de la exposición " La abstracción del paisaje. Del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto"

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el
Iñaki Fresán, barítono. Eulàlia Solé, piano

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SEGUNDO CONCIERTO
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Franz SCHUBERT (1797-1828): Winterreise, D 911

Entre el inmenso legado musical que Franz Schubert dejó al morir a la edad de treinta y un años, adquiere especialísima relevancia el capítulo de los Lieder, integrado por más de seiscientos títulos. De entre ellos, a su vez, cobran especial significación los agrupados en dos ciclos: La bella molinera y El viaje de invierno.

El ciclo de Lieder es realmente un género musical, fruto del romanticismo, que se caracteriza por alcanzar la gran forma a partir del encadenamiento - musical, expresivo, argumental, psicológico- de un determinado número de Lieder, es decir, de pequeñas formas. Tal encadenamiento, que dota a la obra de una incuestionable unidad y convierte en práctica desaconsejable la interpretación aislada de alguna de sus piezas, es algo sustancial al concepto riguroso de ciclo y, consecuentemente, el abuso que suele hacerse del término no debería confundir: ciclos son A la amada ausente de Beethoven, los dos mencionados de Schubert, Amor de poeta y Amor, vida de mujer de Schumann, Sin sol de Mussorgsky o los Lieder eines fahrenden Gesellen de Mahler, pero los Gellert Lieder de Beethoven, Schwanengesang de Schubert, los dos Liederkreis de Schumann, los Cantos y danzas de la muerte de Mussorgsky o los Rückert Lieder de Mahler, música tan maravillosa como se quiera, no alcanzan esa unidad y ligazón: son simplemente colecciones de Lieder, más o menos unificadas por el origen de los poemas o por su temática. Pues bien, con el Viaje de invierno estamos ante uno de los más grandes y bellos ciclos liederísticos, una de esas obras cuya perfección y trascendencia convierten al concierto en acontecimiento espiritual, como gustaba decir quien tanto nos enseñó a nuestra generación sobre estos temas: Federico Sopeña. "Acontecimiento espiritual", o sea, algo que va más allá del espectáculo, incluso más allá del hecho de cultura.

Franz Schubert se encontró en 1823, de forma casual, con los poemas de La bella molinera que habían sido editados en 1820 en Dessau, ciudad natal del autor de los versos. Era éste Wilhelm Müller (1794-1827), poeta de vida casi tan corta como la de Schubert, estrictamente coetáneo del músico y que, como éste, no conoció la gloria. El aprecio de alguno de sus colegas - por ejemplo, una dedicatoria y unas frases laudatorias de Heine- fue todo el reconocimiento que se llevó a la tumba aquel hombre que no llegó a conocer ni siquiera la existencia de las canciones que Schubert había hecho con sus poemas, pero que había tenido la genialidad de intuirlas: "No sé tocar ni cantar y, sin embargo, cuando escribo estos poemas, toco y canto. Si pudiera crear mis propias melodías, mis poemas gustarían más. Pero espero con confianza que exista un alma gemela que capte las melodías ocultas bajo las palabras y me las restituya", escribió en su diario. Felizmente, existía esa alma gemela: se llamaba Franz Schubert. Y, más felizmente, Schubert y Müller se encontraron, no personalmente, pero sí como artistas creadores. De Müller son los versos de La bella molinera, de Viaje de invierno y de El pastor en las rocas, tres cumbres de belleza en la obra de Schubert y en el repertorio todo de la música vocal.

Winterreise data de 1827. Por entonces moría Beethoven y la muerte del propio Schubert estaba próxima. Como si la estuviera presintiendo, nuestro compositor, escribió una música que no es trágica, ni dramática, pero que sí es -¡y en qué grado!- conmovedora, emocionada y emocionante, desolada. Con gran acierto, en su libro El "Lied" romántico (Madrid, 1973), Federico Sopeña titulaba al Viaje de invierno como "El ciclo de la desolación", y argumentaba: "Nada tan triste, tan desolador se ha escrito en la música romántica, porque aquí la tristeza, la desolación, aparecen desnudas, sin retórica, sin amplificaciones directas"... Así es. Müller y Schubert, con sus voces pequeñas y no amplificadas - antes bien diríamos que con sordina- con esta obra alcanzaron a dar un prototipo de expresividad romántica: el amor como eje de las vivencias humanas; identificación del hombre con la naturaleza circundante, de los sentimientos con el paisaje... El invierno es manejado como símbolo de la dureza de la existencia del imaginario protagonista, que viaja, errante, falto de luz, de calor, de alegría. Todo queda contundentemente establecido desde el primer Lied, que no por casualidad se titula Gute Nacht (Buenas noches) y que, con su insinuado y mistérico aire de andadura supone, como comienzo, no un saludo, sino una despedida. Y, tras un arco genial de veintidós canciones más, el ciclo se cierra con el Lied vigésimo cuarto, el inefable Der Leiermann (El tañedor de zanfoña), un prodigio de expresividad que, dentro de su concisión y sencillez, resulta ser una de las páginas más conmovedoras de la historia de la música.

Ese viejo tañedor de zanfoña que, descalzo sobre la nieve, rodeado de perros que gruñen, hace girar a duras penas el manubrio de su precario instrumento para ganarse unas monedas que nadie le da, porque nadie se detiene a oírle, es el único posible compañero de viaje que encuentra el imaginario protagonista de Winterreise: "¿Quieres acompañar mis canciones con tu zanfoña?", le dice el viajero, y esta pregunta sin respuesta constituye la conclusión del ciclo... Hace ya muchos años que apunté que, para mí, este extraño viejo, mísero músico ambulante, es un personaje que adelanta, genialmente, a otros dos que, con el tiempo, iba a dar la ópera: el Idiota, de Boris Godunov, de Mussorgski, y el Loco, de Wozzeck, de Alban Berg. El pobre Idiota del Boris aparece en escena rodeado, molestado, provocado por la chiquillería que se burla de él, pero es el único que se atreve a acusar al zar del crimen que su pueblo sabe que ha cometido para llegar al poder; es el que enuncia lúcidas premoniciones; es el que lamenta no su propia condición, sino la del todo pueblo ruso. El Loco del Wozzeck es quien, con la inocencia de su desvarío, profetiza la tragedia que está a punto de desencadenarse, pero que sólo él acierta a ver: asegura oler a sangre, como si hubiera penetrado en la turbulenta mente de Wozzeck. El Leiermann de Schubert/Müller, el Idiota de Mussorgski/Pushkin y el Loco de Berg/Büchner son, por supuesto, tres personajes bien distintos, como distintas son las situaciones de las que emergen, pero hay caracteres que los relacionan: son tres pobres hombres, tres seres marginales, tres desheredados de la fortuna que, sin embargo, cobran el mayor protagonismo por su capacidad para mostrarnos una realidad, otra realidad; por su carga enigmática y turbadora; por su acierto al poner el dedo en la llaga que más duele actuando, así, como catalizadores del desenlace de cada uno de estos trascendentales "dramas" musicales.

Y, como tantas veces aconsejamos, el oyente del presente recital no podría hacer nada mejor para disfrutar por completo de la maravilla que se le ofrece que leer previamente - como preparación y ambientación - los poemas que motivaron a Schubert, y seguir luego las canciones con los versos bien presentes, para observar la prodigiosa capacidad schubertiana para penetrar psicológicamente en sus contenidos y reforzar su expresión.

Iñaqui Fresán, barítono
Eulalia Solé, piano

Franz Schubert (1797-1828)
Winterreise (Viaje de Invierno), D.911
de Wilhelm Müller)

  1. Iñaki Fresán

    Nacido en Pamplona, inicia sus estudios musicales en el Conservatorio de su ciudad bajo la dirección de Edurne Aguerri, para continuarlos posteriormente con Victoria de los Angeles. Asiste a cursos de interpretación impartidos por Irmgard Seefried y Gerard Souzay. Ha sido laureado en los concursos de Bilbao (1981), Viñas de Barcelona (1987) y Toti dal Monte de Treviso (Italia, 1990). En el año 1988 la Fundación para el Desarrollo del Arte, la Ciencia y la Literatura de Salzburgo le concede el Premio para el Fomento del Canto, dentro del marco de la "Sommer Akademie" del Mozarteum. Ha cantado en las Salas más prestigiosas de Europa siendo dirigido por maestros como V. Spivakov, P. Herreweghe, P. Maag, T. Vasary, O. Vänska, S. Bedford, J. López Cobos, S. Comissiona, E. Colomer, E. García Asensio, etc. Ha grabado para las casas Elkar, Melodía, Harmonía Mundi y Auvidis.

  2. Eulàlia SoléEulàlia Solé

    Su madurez interpretativa y su extraordinaria sensibilidad musical la han convertido en una de las pianistas más consolidadas del actual panorama musical español. Nacida en Barcelona, estudió con Pere Vallribera y completó su formación en el extranjero con Cristiane Sénart y María Tipo. Recibió clases magistrales de Alicia de Larrocha y Wilhelm Kempff.  Ha ganado los premios nacionales más prestigiosos y ha actuado en Estados Unidos, Puerto Rico, Italia, Francia, Bélgica y Checoslovaquia. Ha estrenado y grabado obras de Ramón Barce, Josep Soler, Carlos Cruz de Castro y Joan Guinjoan entre muchos otros. La interpretación de las Variaciones Goldberg y del Clave Bien Temperado de J. S. Bach ha marcado un punto de inflexión en su carrera, obteniendo siempre un gran éxito de público y crítica. Ha actuado con destacadas orquestas españolas y de otros países.