(I) Ciclos de Miércoles OPERISTAS EN EL SALÓN

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Manuel Escalante, piano

Este primer concierto comienza con Richard Strauss que lamentaba en su madurez haber compuesto un número considerable de obras juveniles, porque en sus propias palabras "después de Brahms nadie debería haber escrito algo así". Muchas de esas composiciones quedaron inéditas y sólo en tiempos recientes han vuelto a atraer algo la atención de algún intérprete. El hecho de que el pianista canadiense Glenn Gould incluyera la Sonata en si menor en su plan de trabajo - en su caso no puede hablarse de "repertorio" en sentido tradicional, pues se recluyó en el estudio de grabación- , siendo la última obra que llevase ante los micrófonos, hizo que la página ganase algo de notoriedad. Prueba de esa fiebre creativa temprana es que esta sonata fue la tercera dedicada al teclado, fechándose las dos anteriores en 1877 y 1879. Escrita en 1880-1881 por un adolescente de dieciséis años, revela el esperable cúmulo de influencias de diverso origen, como son las de Mendelssohn, Schumann o la adscripción brahmsiana reconocida por el autor mismo. A otro nivel se sitúa la referencia a Beethoven, porque obviamente el tema inicial de cuatro notas - de presencia obsesiva a lo largo de todo el primer movimiento-  rinde un homenaje explícito al famosísimo "del destino" de la Quinta Sinfonía del autor de Fidelio. No es ciertamente la sonata una obra de gran alcance, pero revela que Strauss, que diera sobre las teclas blancas y negras sus primeros pasos en la música, conoce el idioma del instrumento y le destina pasajes de bravura muy bien solucionados. Precisamente acerca del primer movimiento - el único que se escucha en la tarde de hoy-  afirmaba Ernest Newman: "A pesar de alguna discontinuidad evidente aquí y allá, hay por momentos una fuerza absolutamente sorprendente y una notable coherencia de textura". El resto de la obra contiene un Adagio a la manera de las Romanzas sin palabras de Mendelssohn, un tímido ensayo de movimiento perpetuo en el Scherzo y un Finale de vigorosa rítmica. Fue dedicada al malogrado pianista Josef Giehri, quien la estrenaría.

Sería difícil no estar de acuerdo con el propio Wagner en el bajo aprecio que el compositor practicaba por su obra venil. En carta de Cosima, esposa del compositor, del 17 de diciembre de 1878, al editor Ludwig Strecker, que se interepor la prehistoria del creador del Anillo del nibelungo, le confesaba que el músico no era muy amante de esas piezas. De hecho, la Fantasía en fa sostenido menor - catalogada como WWV 22-  quedaría inédita hasta 1905. Wagner la había compuesto a los dieciocho años, en Leipzig, cuando pudo estampar la palabra "fine" en el manuscrito el 27 de noviembre de 1831. Por muy olvidada que hoy esté, por mucho que su autor incurriese, estando en la cumbre de la fama, en la broma de negar que había compuesto para piano - aunque en Mi vida dice haber quedado bastante satisfecho de ella- , la Fantasía en absoluto es una obra de pretensiones limitadas, con sus 374 compases y casi media hora de duración. En un único movimiento de aliento trágico, con secciones internas que recuerdan las partes de una sonata, pero todo ello manejado con gran libertad, Wagner pone en marcha un mecanismo musical de un alcance muy superior al que le permitía dominar su técnica constructiva todavía inmadura. Una idea principal domina la obra de principio a fin y con ella, en gesto pesimista, se esfuma finalmente la música, pero las proporciones chirrían un tanto. Sin embargo, el mundo temático es nítidamente wagneriano ya desde el tema inicial de seis notas con que la obra empieza bajo la indicación "Un poco lento". Tan es así que algunos de los diseños temáticos de la Fantasía pasarían inmediatamente a la primera ópera, Die Feen (Las hadas), en 1833-34. La estructura continua misma, por su parte, es en embrión la que el músico aplicará a sus grandes dramas musicales, pero la Fantasía aparece todavía atrapada por los furiosos ritmos con puntillo y el desarrollo motívico de Beethoven y los gimelódicos de Schumann.

A diferencia de Strauss y Wagner, la obra para piano de Bizet incluida en el programa, las Variaciones cromáticas de concierto, sale de la pluma de un autor que ya ha compuesto un par de óperas. En 1868, cuando esta página ve la luz, el músico ha dado a la escena Don Procopio (1859), Ivan IV (1863) y sobre todo Les pêcheurs de perles (1863). Por cierto que Bizet era plenamente consciente de la grandeza de Wagner como renovador del teatro musical. Estas palabras revelan su sinceridad en la búsqueda de un estilo personal: "El espíritu alemán del siglo XIX se ha encarnado en este hombre, pero entiéndase bien que si creyese que imitaba a Wagner, a pesar de toda mi admiración, no escribiría una sola nota en mi vida. Imitar es de necios, vale más hacerlo mal por uno mismo que copiando a otros". Las Variaciones cromáticas son la obra para piano más importante de Bizet y aparecen en solitario dentro de su género en la música francesa del momento, pues hay que esperar a 1874 para encontrar algo parangonable en las Variaciones sobre un tema de Beethoven de Saint-Saëns. Bizet, que tocaba como pianista las Diabelli beethovenianas, en absoluto aplica la idea intede variación del modelo alemán, pues su tema permanece reconocible a lo largo de las catorce transformaciones de la serie, siete en do menor y siete en do mayor. Con todo, la obra es relativamente original e innovadora. Su autor se la dedicó a Stephen Heller, pianista y compositor que escribió más de 150 obras para su instrumento hoy totalmente ignoradas. En 1939, las Variaciones fueron orquestadas por Felix Weingartner.

Como salida de las páginas de sucesos de un diario, la primera estancia de Camille Saint-Saëns en Canarias se produjo cuando el compositor escapó de los problemas y el bullicio parisienses en 1889 - la prensa francesa de la época se preguntaba acerca del paradero del compositor- , refugiándose en las Afortunadas bajo el nombre falso "Carlos Sannois". De ese año a 1909 pasó el músico siete temporadas en Gran Canaria. La tercera de ellas discurrió del 22 de enero al 26 de abril de 1897. El 25 de febrero, en los Salones Tirso de Molina, tuvo lugar un esperadísimo "concierto Saint-Saëns", en el que el autor de Sansón y Dalila actuó como pianista y director. El programa, de enorme duración como entonces se acostumbraba, haría temblar a cualquier organizador de hoy: la obertura de Raymond de Thomas, una sonata y el coro de derviches de Las ruinas de Atenas de Beethoven, Preludio y giga, al piano, de Bach, Les cyclopes y Les tourbillons de Rameau, el preludio de Guzmán el Bueno de Bretón, la Serenata para orquesta - dedicada a Saint-Saëns-  de Valle, la Kermesse y el vals final de Fausto de Gounod, más una buena representación de la música del principal protagonista: Capricho sobre aires de danza de Gluck, el coro y la danza de las sacerdotisas de Dagón del acto I y la bacanal del acto III de Sansón y Dalila, el Vals Canariote, la Gavota y el Vals Mignon y el cuarteto final de Enrique VIII. En el concierto, Saint-Saëns utilizó el instrumento privado de una pianista local, Candelaria Navarro, y a ella aparece dedicada la partitura del Vals Canariote, en señal de agradecimiento. La obrita hizo vibrar la fibra sensible de Bernardino Valle, quien en el Diario de Las Palmas del día 27 escribía: "El vals canariote, ¡ah, el valse canariote no fotografía solamente al artista, para los que vivimos en estas Islas Afortunadas nos muestra de cuerpo entero toda la preclara figura del gran maestro francés bajo el incógnito nombre de don Carlos Sannois con su bellísimo carácter, su gran corazón, su cariñosa amistad y su afable trato.

Dedicada esta poética cuanto apasionada composición a una aventajada discípula mía de Las Palmas, quiso demostrar con esto la simpatía y afecto que guardaba en su corazón para esta tierra querida; y perpetuar con los primeros compases y estilo de la malagueña canaria, que aquí residía, en los días en que era aclamado como autor de la ópera Ascanio por el público del teatro más importante de Europa y en la población más culta del mundo".

Hoy esta música no hace sino recoger un momento histórico concreto y unas circunstancias personales muy determinadas. Una página agradable, que acaso no merecía la condena tajante de Alfred Cortot, quien la tachó de insignificancia.

Y dentro del mundo de las amables naderías se mueve la música rossiniana de sus Pecados de vejez. Productos de consumo familiar redoblados por un sentido del humor que empapa la música misma, pero que también se comunica a unos títulos que anuncian a Erik Satie. Pero la ironía del autor, que se definía a sí mismo como un pianista de cuarta categoría, puede estar tanto en la inesperada dificultad de algunos números como en la búsqueda, a veces nada sencilla, de la auténtica naturaleza de una pieza. Un rêve, en si menor, es el nº 10 del cuaderno décimo de los Pecados, el llamado Álbum del castillo, donde el compositor adopta un tono subjetivo, dejando a un lado por un instante su punzante vena satírica.
Smetana escribió la Fantasía sobre canciones folclóricas checas en 1862 para uso propio, pues en la época creía que la carrera como virtuoso del teclado era la única posibilidad que se le abría en el mundo de la música. Para nutrir esa parcela nacieron muchas de sus obras para piano, que incluyen las cadencias para conciertos de Mozart y Beethoven y Der neugierige (1858) sacado de La bella molinera de Schubert. La Fantasía, donde la influencia de Chopin se atempera con un naciente y literal nacionalismo checo, fue estrenada por su autor el 21 de agosto de 1862 en un concierto celebrado en Nymburg. Formó parte de una serie de actuaciones para contribuir a la construcción del Teatro Nacional Checo y en tal sentido es la música de piano de este programa más relacionada, bien que oblicuamente, con el mundo de la ópera.

Manuel Escalante, piano

Richard Strauss (1864-1949)
Sonata Op. 5
   1. Allegro molto appassionato
  
Richard Wagner (1813-1883)
Fantasía en Fa sostenido menor

Georges Bizet (1838-1875)
Variaciones cromáticas de concierto

Camille Saint-Saëns (1835-1921)
Valse Canariote Op. 88
   (O Canaria  ¡gran Canaria!)

Gioachino Rossini (1792-1868)
Un rêve

Bedrich Smetana (1824-1884)
Fantasía sobre temas del folklore Checo

  1. Manuel Escalante

    Nació en Mérida (Yucatán, México). Inició los estudios con su madre, y después, con Inés Santa Cruz de Oviedo y Layda Alpuche Navarrete. Posteriormente estudió en Viena, en la Escuela Superior de Música y Arte Dramático con Carmen Graf Adnet, donde obtuvo el título de pianista concertista en 1993. Ha realizado cursos de perfeccionamiento con Reah Sadowsky y en el Mozarteum de Salzburgo con Hams Graf y Carmen Graf Adnet. Ha dado numerosos conciertos como solista y en grupos de cámara, en México, España, Austria, Italia, Hungría y ha realizado grabaciones para la Radio y Televisión en varios países. Ha actuado como solista en diversas orquestas y participado en festivales y concursos nacionales e internacionales, obteniendo importantes premios. Ha impartido cursos en el Centro Estatal de Bellas Artes de Mérida, Yucatán y en la Baja Austria. El Gobierno del Estado de Yucatán le otorgó la "Medalla Yucatán" en música.