(II) Ciclos de Miércoles UN ALBÉNIZ MENOS CONOCIDO

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el
Miguel Ituarte, piano. Teresa García Villuendas

El segundo concierto se inicia con Córdoba es el número

4 de los Chants d’Espagne, op 232, álbum que comprende

cinco piezas escritas entre 1891 y 1894 (muy probablemente,

Córdoba dataría de 1894). La pieza está dedicada a un colega

catalán, amigo de Albéniz: Enric Morera. Jacinto Torres

observa “la semejanza temática y de sintaxis armónica que

se presenta entre determinados pasajes de esta composición

y otros de la ópera Henry Clifford”, concretamente del Preludio

, y transcribe lo que Albéniz escribió en la cabecera de

la partitura, líneas un tanto cursis, pero que, ciertamente,

orientan acerca de las intenciones expresivas de su música:

“En el silencio de la noche, que interrumpe el susurro

de las brisas aromadas por los jazmines, suenan las guzlas

acompañando las Serenatas y difundiendo en el aire melodías

ardientes y notas tan dulces como los balanceos de las

palmas en los altos cielos”. En su libro sobre Albéniz (Barcelona,

2002), Justo Romero afirma que “Córdoba es, sin duda,

la gran página de Chants d’Espagne y, también, una de las

más inspiradas de cuantas integran el vasto catálogo de Albéniz”

y nos recuerda el elogio de Joseph de Marliave en sus

“Études musicales” (París, 1917): “Córdoba, nocturno ideal

de pureza, de gracia casta y divina melancolía”...

La Vega es el primer número de una proyectada suite sinfónica

que Albéniz esbozó en París terminando el 1896, que

iba a titularse Alhambra y sobre la que trabajó un tiempo,

componiendo a la vez versiones pianística y orquestal. Nos

olvidamos de la nonata versión orquestal y nos fijamos en la

genial y anchurosa pieza pianística titulada La Vega, firmada

por Albéniz el 26 de enero de 1897, si bien reharía la parte

final, que quedó lista el siguiente 14 de febrero. La primera

edición de la partitura incluía un poema titulado “Granada”

que Albéniz había pedido a su amigo (y libretista) Money-

Coutts, y llevaba dedicatoria al gran pianista portugués José

Vianna da Motta, que fue el intérprete de su estreno, en la

Société Nationale de Musique, París, el 21 de enero de 1899.

Todos los comentaristas coinciden en admirar La Vega como

una de las más potentes y hermosas composiciones albeni

cianas, una obra maestra de grandeza pianística y hondura

musical equiparables a las de las piezas de Iberia. Como es

constatable en carta que Albéniz escribió a su amigo Moragas,

el compositor no estaba poco satisfecho de su logro: “Lo que

he compuesto es toda aquella vega granadina, contemplada

desde la Alhambra. La vega verde, con sus cultivos y su inmensos

paños de billar, que dice Rubén. La otra tarde hice oír

la obra a Ignacio Zuloaga. Me dijo que había dado con el color

del cielo, que tiene un poco de cielo mahometano. Comprendo

su entusiasmo por el color. Yo, ya lo ve usted, no soy pintor

y pinto, pero mis pinceles son las teclas (...). Creo haber dado

en el secreto de aquella vega y perduro en la creencia de que

el encanto de esta composición, si es que lo tiene, está en que

no es quejumbrosa y que se muestra contenta, pagada y agradecida

de cuanto espléndido y maravilloso contiene”...

Al morir Isaac Albéniz dejó sin concluir Navarra, otra pieza

pianística de gran envergadura, hermana de las páginas que

componen la Iberia, colección de la que hubiera podido pasar

a formar parte: de hecho, así lo pensó y lo escribió Albéniz

inicialmente, si bien más adelante rectificaría, mostrando

-sorprendentemente- que no sentía excesivo aprecio por

cómo marchaba esta obra de “estilo tan descaradamente populachero”,

según escribió en carta a su amigo e intérprete el

pianista catalán Joaquín Malats. Sin duda, la concreción de la

jota, la forma popular recreada en Navarra, al compositor le

parecía “poca cosa” al lado de las muy complejas y alquitaradas

versiones andalucistas que había prodigado en las iberias

y que, desde luego, iba a prodigar en Jerez, la obra que -según

informaba Albéniz a Malats en la misma carta- estaba escribiendo

para cerrar el cuarto cuaderno de Iberia con mayor

categoría que la que hubiera supuesto Navarra. Pero críticos

de entonces y de ahora en modo alguno consideran el pianismo

de Navarra inferior, ni siquiera distinto al de Iberia. Entre

nosotros, en su exhaustivo estudio Isaac Albéniz (su obra para

piano) (Madrid, 1987), Antonio Iglesias, escribió: “La misma

factura de Navarra, ¿en qué se diferencia de las que conforman

la Iberia? Su pianismo es idéntico”...

De Navarra quedaron totalmente escritos por Albéniz 228

compases, y su discípulo y amigo Déodat de Sévérac -músico

francés de origen aragonés-, remató la composición de la

manera más sencilla y directa, sin osar extenderse en algún

desarrollo mayor, como probablemente hubiera llevado a

cabo el autor, de haber vivido. El compositor catalán Jaime

Pahissa escribió también una conclusión para esta pieza y,

por añadidura, distintos pianistas han incorporado variantes

propias.

El maestro dejó escrita su dedicatoria de esta obra a la gran

pianista francesa Marguerite Long, casada con el crítico musical

antes mencionado, Joseph de Marliave.

Doy por hecho que para buena parte de la audiencia de este

concierto constituirá novedad o primicia la audición de las

dos piezas pianísticas albenicianas agrupadas bajo el título

de Yvonne en visite! y dedicadas “A ma chère et petite amie

Yvonne Guidé”. La obra fue solicitada a Albéniz para que

formara parte de un álbum de piezas pianísticas para niños

que incluiría obritas de distintos compositores del entorno

de la Schola Cantorum parisina, y sería publicado en 1905.

En tal “Album pour enfants petits et grands”, junto a Albéniz

figuraban los nombres de Bordes, D’Indy, Roussel, Sérieyx,

Séverac, etc. La primera de las piececillas aportadas por Albéniz,

y en cuyas partituras intercaló el compositor palabras

habladas, se titula La révérence! y describe un ceremonioso

saludo, mientras que la segunda, más viva, significativamente

se titula Joyeuse rencontre, et quelques pénibles événements!!

(¡¡Encuentro alegre, y algunos penosos sucesos!!) e ilustra con

fino humor la escena que Antonio Iglesias cuenta así: “A la

felicidad, que más o menos convencionalmente se manifiesta

sentir en una reunión social, y que aquí se expresa con

sílabas ajustadas a las notas, sigue esa suerte de comadreo

en el que se intercambian relatos sin importancia, con parloteos

y sorpresivos gestos. En un momento dado, la mamá

pide a Yvonne que toque su más reciente progreso pianístico,

lo que la niña estaba temiendo; torpemente lo hace y, claro,

la madre no puede mostrarse satisfecha (...) procediendo

[la niña] entonces a interpretar una nueva obra de su repertorio,

ante cuya calidad, la mamá se sentirá menos orgullosa

todavía, amenanzando a Yvonne con el castigo de ‘diez días

de ejercicios de Hanon’, calificados como ‘suplicios de Hanon’

por la pianista”... La reunión acabará con la despedida

y nuevas amenazas de la madre a la niña cuando se dirigen

hacia casa: “Vamos deprisa, el piano te espera”.

Hace años que se impusieron con contundencia la solidez de

su formación, la inventiva y el ingenio que sistemáticamente

traslada a sus pentagramas, la brillantez de los resultados

de su música -ya sea instrumental, vocal, camerística, sinfónica,

teatral...-, todo lo cual hace de José Luis Turina un

compositor indiscutido, un alto valor de la música española

de nuestro tiempo. Para José Luis Turina no ha sido el piano

-como lo fue para su abuelo, don Joaquín- el principal vehículo

sonoro para manifestarse como compositor, pero no

ha dejado de dar, periódicamente, muestras de su dominio

del medio. En 1995, el compositor madrileño compuso una

Toccata pianística que subtituló Homenaje a Falla, que mencionamos

aquí y ahora porque su siguiente obra para piano,

escrita seis años después -a lo largo de 2001- vino a constituir

como una continuación “argumental” de aquélla: es

el Homenaje a Isaac Albéniz que, con toda propiedad, se ha

programado en el presente recital. Y aún añado, como mera

información, que, tiempo atrás, en 1982, el título y la propia

música de la pieza pianística de José Luis Turina titulada

¡Ya “uté” ve...! hacen clara alusión al piano de su abuelo, con

lo que bien podríamos considerar ¡Ya “uté” ve...! como un

Homenaje a Turina... (En definitiva, José Luis, que nos falta

Granados).

Nuestro músico había recibido el encargo de una obra pianística

por parte del Premio Jaén, prestigioso concurso internacional

de piano que adoptó en su día la sana costumbre

de aportar cada año una nueva composición pianística

española de interpretación obligada para los concursantes

que optan al Premio. Fue entonces cuando Turina pensó en

lo apropiado que resultaría, en una ocasión así, homenajear

a Albéniz. Pero ¿cómo hacerlo con una composición propia,

en el arranque del siglo XXI? José Luis Turina se preguntó...

y se contestó al punto: hizo una espléndida obra, muy en su

lenguaje, pero que formalmente, y sobre todo en el aspecto

de la escritura técnico-pianística, muestra una clara voluntad

de aproximación al lenguaje albeniciano. En definitiva,

tal y como manifestó el propio José Luis Turina, trató de jugar

a hacer un supuesto Jaén de un supuesto quinto cuaderno

de Iberia... Para subrayar esta idea, el maestro madrileño

tuvo a bien incorporar ecos de una canción de olivareros de

Jaén en la sección más cantabile de la pieza, en el momento

de “copla” que nunca falta en las obras de Albéniz.

Las Estampes de Claude Debussy son un tríptico pianístico

que data de julio de 1903 y que nuestro compatriota Ricardo

Viñes -el mejor pianista abierto a la música contemporánea

que trabajaba en París en aquellos años- estrenó, en la Sala

Érard, el 9 de enero del año siguiente, con éxito que se tradujo

en la repetición de la tercera pieza. Las Estampas debussystas

son un ejemplo perfecto del pianismo del maestro

francés: una nueva manera de escribir para el instrumento

que se apoya en la evocación ensoñada de paisajes, lugares

o sensaciones, pero que poco tiene que ver con la música

descriptiva. Es más bien “poesía sonora” lo que destilan estos

pentagramas que -como los magistrales Preludios que

supondrían la culminación del piano de Debussy- estaban

llamados a ejercer una profunda influencia en los compositores

venideros.

La primera de las tres Estampas se titula Pagodes (Pagodas)

y es uno de los momentos en que Debussy se muestra abierta

y gustosamente influido por las músicas orientales -especialmente

el gamelán balinés- que había conocido en París,

en la Exposición Universal de 1889. Sigue una de las páginas

en las que Claude Debussy se acercó a España sin conocerla

realmente: es la deliciosa Soirée dans Grenade (Atardecer o

Tarde en Granada) en la que lleva a cabo una personal recreación

de la habanera. Anotemos que a esta habanera

aludiría Falla en la obra guitarrística que, como Homenaje a

Debussy, compuso tres lustros después, tras la muerte de su

amigo y admirado colega francés. El tríptico concluye con

Jardins sous la pluie (Jardines bajo la lluvia), pieza muy brillante

y la de caracterización más “pictórica” de esta pequeña

colección.

En el extraordinario capítulo que el musicólogo belga Harry

Halbreich dedica a Fauré en la Guide de la Musique de Piano

et de Clavecin que publicó la Ed. Fayard bajo la dirección

de F.-R. Tranchefort, nuestro colega (y amigo) describe a la

perfección el clima expresivo de los Nocturnos de Gabriel

Fauré. Para Halbreich, estas piezas “son mucho más que

simples evocaciones de la noche. Son estudios de introspección

musical de gran profundidad expresiva. Solamente en

algunos (los primeros, sobre todo), la magia de un paisaje

bañado por la luna es el verdadero tema del compositor.

Pero, en la mayor parte de los casos, Fauré aprecia las horas

nocturnas por su silencio y su soledad. Cuando el ruido y la

agitación de las horas diurnas se apagan, el hombre queda

solo, frente a sus sueños o a sus problemas. Así, el Nocturno,

en la pluma de Fauré viene a ser como una especie de examen

de conciencia musical”...

De los trece Nocturnos compuestos por el maestro francés,

el sexto, el Nocturno en Re bemol mayor, op 63 es el más célebre,

el predilecto de intérpretes y público. Data de 1894 y se

sitúa en la madurez del compositor, en la segunda de las tres

etapas que cabe distinguir en la trayectoria de casi todos los

creadores. En palabras del mismo Halbreich, en esta pieza

“Fauré hace uso de una amplia y libre forma ternaria, con un

episodio central patético que se eleva a una gran intensidad

sentimental y una conclusión tranquila que se reencuentra

con la atmósfera serena del principio”.

En 1995, Cecilia Colien Honegger emprendió la hermosa tarea

de hacer un libro de estudios pianísticos que sirviera a

los estudiantes de piano para tomar contacto, desde esta fase

de formación, con la música de su tiempo. Tan nuevos son

estos estudios como que fueron compuestos expresamente

para esta publicación, por encargo de la mencionada mecenas.

Las treinta y ocho piezas que finalmente integraron el

llamado Álbum de Colien, debidas a otros tantos compositores

del momento, portugueses y -en su mayor parte- españoles,

fueron estrenadas por el pianista Ananda Sukarlan el

27 de septiembre de 1995, en el XI Festival Internacional de

Música Contemporánea de Alicante.

Recordant Albèniz fue la aportación del maestro catalán

Joan Guinjoan a este álbum. Es una pieza brevísima, pero

en la cual Guinjoan se volcó hasta el punto de que hoy el

compositor manifiesta sentir muy especial cariño por ella.

La presencia constante de un sonido pedal -un Re grave- es

uno de los elementos estilísticos albenicianos que Guinjoan

recrea en estos compases densos y sabios en los que no hay

cita alguna: ha conseguido una clara evocación del mundo

pianístico de la Iberia a base de música propia. La pieza termina

con una concisa estructura en anillo que el intérprete

debe repetir ad libitum para que la música vaya perdiéndose

hasta su fin...

Después de las obras de José Luis Turina y de Joan Guinjoan,

que hacen explícita en sus títulos respectivos la voluntad

de homenaje a Albéniz, he aquí, para cerrar el concierto,

una composición que también es un homenaje a Albéniz, y

no menos profundo, aunque su título -Preludio, Diferencias

y Toccata- no lo dé a entender. Se trata de una de las incontestables

obras maestras del que fue gran compositor, gran

pianista, gran profesor y gran amigo de tantos que ejercemos

profesión musical y tuvimos la suerte de encontrarnos con

él: Manuel Castillo. En su amplio, sólido y plural catálogo de

obras abundan las composiciones pianísticas -muchas de las

cuales estrenó él mismo- que certifican la hondura técnica

y musical que alcanzó con su instrumento predilecto, entre

las cuales figuran cuatro partituras sinfónicas: un Concierto

para dos pianos y orquesta y tres Conciertos para piano y

orquesta.

Pero, como decía, la que hoy escuchamos aquí es una obra

maestra, una de las cimas de la producción pianística del

maestro sevillano. Data de 1959 y por ella ganó Castillo el

Premio Nacional de Música de aquel año: este Premio, que

entonces se concedía no a una trayectoria -como se hace

ahora- sino a una partitura concreta, le fue concedido por un

jurado del que formaban parte dos “viejos” maestros -Jesús

Guridi y Jesús Arámbarri- y Cristóbal Halffter, joven compositor

nacido en el mismo año que Castillo, 1930. La obra

no sería estrenada en esta ocasión por el propio compositor,

sino que fue el pianista Manuel Carra quien la dio a conocer,

en el Instituto Murillo de Sevilla, el 29 de mayo de 1960.

La sustancia musical de Preludio, Diferencias y Toccata deriva

de El Puerto, una de las joyas de la Iberia albeniciana.

Giros pianísticos y células melódicas, armónicas y rítmicas

reconocibles no como de Albéniz, sino como derivadas de su

El Puerto, pululan por el Preludio. Sigue, sin solución de continuidad,

la sección de Diferencias, título con el que Manuel

Castillo evocaba la vieja tradición de la música para tecla del

Renacimiento español, a la vez que apuntaba a la técnica variacional,

que es la puesta en juego en esa sección que consiste

en catorce variaciones del tema albeniciano abrazado

desde el principio de la obra. Por fin, la anchurosa y virtuosística

Toccata en la que el “tema”, lejos de desaparecer, sirve

a Castillo como sujeto de un esplendoroso pasaje fugato.

Miguel Ituarte, piano
(con la colaboración de Teresa García Villuendas, recitadora)

Isaac Albéniz (1860-1909)
Cantos de España
   nº 4 Córdoba
Suite Alhambra
   La Vega (1)
Navarra
Yvonne en visite!
   La révérence!
    Joyeuse rencontre, et quelques pénibles événements!!

José Luis Turina
(1952)
Homenaje a Isaac Albéniz

Claude Debussy (1862-1918)
Estampas
   Pagodas
    La tarde en Granada
    Jardines bajo la lluvia

Gabriel Fauré (1845-1924)
Nocturno nº 6 en Re bemol mayor, Op. 63

Joan Guinjoan (1931)
Recordant Albéniz (para el "Álbum de Collien")

Manuel Castillo (1930-2005)
Preludio, diferencias y toccata


(1) única pieza de dicha suite, la cual quedó inconclusa

  1. Miguel ItuarteMiguel Ituarte

    Nacido en Getxo (Vizcaya), se formó en los conservatorios superiores de Bilbao, Madrid y Ámsterdam. Se familiarizó con el clave gracias a Anneke Uittenbosch y con los antiguos órganos ibéricos en la Academia Internacional de Tierra de Campos creada por Francis Chapelet. Ha actuado con orquestas como la Royal Philharmonic de Londres, la Gulbenkian de Lisboa y numerosas de España y Sudamérica. En sus programas ha incluido algunas de las más grandes obras del repertorio de teclado, abarcando desde Antonio de Cabezón hasta estrenos de música actual. Los compositores José María Sánchez-Verdú, Zuriñe Fernández Gerenabarrena, José Zárate, Jesús Rueda y Gustavo Díaz-Jerez le han dedicado obras. Recientemente ha trabajado en la grabación de El clave bien temperado de Bach y ha presentado la serie completa de las sonatas de Beethoven. Como miembro del trío Triálogos grabó la integral de los tríos con piano de Beethoven para el Canal Digital de TVE. Ha participado en el disco Música de cámara actual (Verso) con el acordeonista Iñaki Alberdi. El sello Columna Música ha editado su versión del Concierto para piano y orquesta de Joan Guinjoan, junto a la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Ernest Martínez Izquierdo. Es profesor de piano en Musikene (Centro Superior de Música del País Vasco) desde su creación en 2001.