(II) Ciclos de Miércoles TECLA ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el

El siglo XIX, de este segundo concierto, presentó numerosas

figuras de destacados pianistas-compositores, que

enriquecieron la vida musical desde distintas facetas de su

actividad, ya fuera en la interpretación, en la composición o

en la pedagogía: entre ellos se cuenta sin duda Juan María

Guelbenzu (1819-1886). Nacido en Pamplona, inició allí sus

estudios con su padre, que era organista de la parroquia de

San Saturnino y más tarde continuó su formación de piano

en París con Emile Prudent. Fue designado profesor de piano

de la Reina Madre María Cristina y posteriormente del rey

Francisco de Asís, y sucedió a Pedro Albéniz en el cargo de

organista de la Real Capilla. Hasta su fallecimiento en 1886,

su actividad musical en Madrid fue de primer orden, con veladas

musicales en el salón de su propia casa, siendo junto a

Monasterio fundador de la Sociedad de Cuartetos. Parada y

Barreto en su Diccionario técnico, histórico y biográfico de la

música, retrataba así su interpretación:”Su manera de producir

el sonido con una gran dulzura de timbre, la elasticidad

y suavidad de este mismo, la amplitud, el colorido y la sonoridad

especial y sui generis que este artista saca del piano,

hacen que tal vez no haya ninguno en Europa que le supere

en cuanto a lo esmerado y perfecto en su ejecución”. Como

compositor, su producción es más bien breve, con piezas de

piano en distintos géneros de salón (romanzas sin palabras,

valses, algunas habaneras, zortzicos), algunas de ellas recogidas

en la colección Obras póstumas de Juan María Guelbenzu,

publicadas por iniciativa y a expensas de S.A.R. la Srma. Sra.

Infanta D. Isabel de Borbón (en edición de A. Romero, 1887).

Sus dos Romanzas sin palabras en Re mayor y Mi mayor aparecieron

en esa colección. La Romanza en Sol mayor es un

buen ejemplo de un tipo de repertorio que tuvo mucha importancia

entre el gran público de aficionados y diletantes: el

integrado por las obras que figuraban como suplemento en

las revistas: esta pieza se publicó con el número 102 del Álbum

de la Ilustración Musical. Son sencillas páginas, que, sin

embargo, muestran un apreciable grado de elaboración, pues

la producción pianística de Guelbenzu presenta una gran expresividad,

fruto de esa cuidada calidad de sonido en la interpretación

que tanto destacaron sus contemporáneos.

Santiago de Masarnau (1805-1882) es una de las figuras clave

en la historia del inicio del piano romántico español; nacido

en Madrid, estudió con José Boxeras, José Nonó y Angel

Inzenga y perfeccionó sus estudios, primero en París y después

en Londres, donde recibió clases de Schlesinger y comenzó

pronto a darse a conocer como pianista, acompañante

y compositor. A lo largo de su vida tuvo largas estancias en

el extranjero y llegó a relacionarse con figuras de la talla de

Cramer, Rossini, Alkan o Chopin. En 1843 regresó ya definitivamente

a Madrid y entró como profesor en un Colegio de

segunda enseñanza agregado a la Universidad, donde su hermano

Vicente era catedrático. Allí se ocupó de la clase de música,

centrada en el piano y el solfeo. Muy importante fue su

contribución a la pedagogía musical, con obras como Nuevo

Método de Solfeo, o Llave de la Ejecución. Seis modelos de pasos

para el Piano-Forte (editado por Romero ca. 1850). Igualmente

importante para el desarrollo del piano fue la publicación en

1845, con Carrafa y Lodre de Tesoro del Pianista, Colección

de las obras más selectas que se conocen para el Piano forte

con obras de Mozart, Clementi, Dussek, Cramer, Hummel,

Mendelssohn, Beethoven, Weber, Kessler y Schlesinger. En

1849 fundó la filial madrileña de las Conferencias de San

Vicente de Paúl, intensificándose cada vez más su actividad

espiritual y religiosa hasta su muerte, acaecida en la capital

en diciembre de 1880 .

Como compositor Masarnau posee un atractivo catálogo centrado

sobre todo en el piano, pero también con incursiones en

otros géneros: así obras de canto y piano, piezas de cámara,

música religiosa, e incluso una sinfonía En esta línea realizó el

autor sus 3 Morceaux expressifs pour le piano, op. 18 (editadas

por Richault), las tres Baladas sin palabras publicadas en 1845

por Richault (poco después de que Chopin iniciara el género

con la publicación en 1836 de su Primera Balada Op. 23), o el

Notturno pour le piano “Une ide fixée” Op. 22 (Richault, 1843).

Pero igualmente Masarnau trabajó en los estilos más en boga,

con un amplio número de fantasías y variaciones, así como

de danzas del repertorio de salón, con especial insistencia en

el vals. Destaca también alguna incursión en el nacionalismo,

con interesantes aportaciones realizadas en su etapa parisina.

Los Cantos de las Dríadas en forma de Grandes Valses aparecieron

publicados en Madrid (Bernabé Carrafa y Lodre,

ca. 1837), y retratan un poco la vida del autor entre España,

Inglaterra y Francia, pues dedica estas evocaciones de jardines

y parques en partes iguales a famosos ejemplos de las tres

naciones. Con ellos presenta una serie de seis valses profundamente

estilizados, y claramente dentro de la línea de intimismo

y expresividad de la que el autor gustaba.

Desaparecido prematuramente, apenas con 35 años de edad,

el salmantino Martín Sánchez Allú (1823-1858) dejó a pesar

de todo una obra de piano relativamente abundante, junto

con dos colecciones de canciones y varias zarzuelas e incluso

alguna ópera inédita. Para el editor Casimiro Martin

Bessières realizó un buen número de reducciones de zarzuela

en versión de piano solo o canto y piano. Sánchez Allú fue

a principios de la década de los cuarenta director del Liceo de

Salamanca, y llegó a Madrid en 1845, entrando como profesor

de piano en el Conservatorio. En su producción pianística

hay valses, fantasías y variaciones, y también piezas de carácter

alhambrista o pintoresquista. Sierra-Morena, Recuerdos

del Contrabandista es un capricho, término utilizado muy habitualmente

en la época para páginas características, como es

el caso: es realmente un perfecto ejemplo de los giros idiomáticos

propios del andalucismo, una de las corrientes favoritas

en las tendencias nacionalistas.

Adolfo de Quesada y Hore, Conde de San Rafael de Luyanó,

(1830-1888) es otra de las figuras destacables en el panorama

de los pianistas-compositores del romanticismo español: nacido

en Madrid, su padre era un buen aficionado a la música

(violinista por más señas). Quedó huérfano a los seis años

y pasó a residir con su madre a Cuba (de donde es su título

nobiliario) junto a su abuelo paterno don Rafael María de

Quesada, superintendente de la isla. Realizó sus estudios en

el Liceo Artístico y Literario de La Habana, donde obtuvo en

1846 el primer premio de piano. En las biografías contemporáneas

del autor se comentan sus estudios con el famoso pianista

gaditano José Miró (quien llegó a dirigir el Liceo en la

capital cubana), así como con Pablo Desvernine (alumno de

Kalkbrenner) y Julio Fontana, y según Subirá recibió también

enseñanzas de Herz y Leopold Meyer (pianista austríaco que

hizo furor en América). Residió algún tiempo en París, donde

publicó algunas piezas en la editorial Richault. El catálogo

de Quesada se centra con exclusividad en el piano, con obras

de corte salonístico, así como una apreciable colección de

estudios (Seis Grandes Estudios Op. 20, editados por Romero

en 1883) o un Allegro de Concierto (editado por Zozaya). Su

tríptico Confidencias Op. 17 fueron publicadas por Zozaya en

1880 y revelan un concepto pianístico de entramado polifónico,

con una armonía de mayor complejidad y un buen dominio

de los planos sonoros, recordando en ocasiones al piano

de Schumann. Su Serenata Op.28 está dedicada a José María

Esperanza y Solá, personalidad destacada en la vida musical

madrileña, y presenta ecos de un estilizado nacionalismo.

Marcial del Adalid (1826-1881) es uno de los nombres más

conocidos del romanticismo español. Inició sus estudios musicales

en La Coruña, su ciudad natal, y posteriormente estuvo

en el círculo de Chopin durante su estancia en París, y

estudió en Londres con Ignaz Moschèles. Editó algunas de

sus obras durante sus estancias en el extranjero, y sus últimos

años los pasó en el pazo de Lóngora. Adalid presenta un

atractivo catálogo, con un buen conocimiento de los recursos

expresivos en los más destacados géneros románticos: valses,

romanzas sin palabras, baladas, nocturnos. Igualmente se

acercó a formas de mayor tradición clásica, como es el caso de

la sonata. Pero también hizo incursiones valiosas en el mundo

de la música de cámara, y llegó a componer una ópera, Inese

e Bianca. A ello se suma su labor como folklorista en torno

a canciones populares gallegas, en una labor de recopilación

que dio como fruto la publicación en 1877 de sus Cantares

nuevos y viejos de Galicia. Su Elegía Op. 10 “El último adiós”

está dedicada a su buen amigo Juan María Guelbenzu.

El malagueño Eduardo Ocón (1833-1901) estudió en París y

en Bruselas. En 1870 volvió a Málaga, donde fue organista en

la catedral y dirigió la Sociedad Filarmónica, además de llevar

una intensa actividad musical en otros campos. Es muy reconocida

su labor como estudioso y recopilador reflejada en sus

famosos Cantos españoles. Como compositor realizó mucha

música de cámara, y una apreciable obra pianística, con algunas

piezas de carácter andalucista, pero otras de lenguaje internacional,

como sus dos estudios de concierto, Rheinfahrt,

Estudio fantástico y Estudio-Capricho para la mano izquierda.

El primero apareció publicado en Madrid por Zozaya (1879)

y trabaja en el campo de la expresividad.

Con Isaac Albéniz (1860-1909) y Enrique Granados (1867-

1916) el piano romántico español presenta su rostro más conocido

e internacional, en el camino ya hacia el nuevo siglo.

En sus primeros años Albéniz prestó atención al estudio de

concierto como forma muy característica del salón romántico,

y a ese espíritu pertenece Deseo, Op. 40, un buen ejemplo

de esa primera etapa del autor como pianista-compositor. Se

publicó en 1886 en Antonio Romero, en el momento en el que

aún residía oficialmente en Madrid, donde ofreció memorables

recitales en el Salón Romero. Muy distintos en su carácter

son los Seis estudios expresivos de Enrique Granados, que

nos recuerdan la destacada labor pedagógica del compositor,

difundida desde la famosa Academia Granados a partir de

1901. Esa faceta dio como resultado, entre otros trabajos destacables,

su Método de los Pedales, del que editó sólo la primera

parte, y una serie de apuntes sobre temas técnicos que

nos dan idea del interés de Granados por la enseñanza de la

técnica pianística y su sistematización. Sus Seis estudios expresivos

o pequeños poemas musicales para piano aparecieron

en el cambio de siglo, y están dedicados “a mi querida discípula

María Mas”. Como indica su título, se centra en el trabajo

sobre la expresividad, y presenta distintas formas, desde

el tema con variaciones inicial hasta la romanza sin palabras

que concluye el ciclo.

Ana Vega Toscano, piano

Juan Mª Guelbenzu (1819-1886)
Tres romanzas sin palabras
    nº 1 en Re mayor
    nº 2 en Mi mayor
    nº 3 en Sol mayor

Santiago de Masarnau (1805-1880)
En los jardines de Aranjuez
En los jardines de La Granja
En los jardines de Versalles
En los bosques de Saint-Cloud
En Hampstead
En el parque de Richmond

Adolfo de Quesada (1830-1880)
Confidencias, Op. 17

Martín Sánchez-Allú (1825-1858)
Sierra Morena, capricho del contrabandista

Marcial del Adalid (1826-1881)
El último adiós. Elegía, Op. 10

Eduardo Ocón (1834-1901)
Rheinfahrt. Estudio Fantástico

Enrique Granados (1867-1916)
Seis estudios expresivos o pequeños
    Estudio 1º. Tema y variaciones
    Estudio 2º. Allegro moderato
    Estudio 3º El caminante
    Estudio 4º Pastoral
    Estudio 5º La última pavana
    Estudio 6º María (romanza sin palabras)

Isaac Albéniz (1860-1909)
Deseo. Estudio de concierto