(I) Ciclos de Miércoles El humor en la música: divertimentos, burlescas, humorescas…

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Albert Nieto, piano

El Primer concierto que abre el ciclo, confiado al piano,

ilustra muy bien los diversos registros del humor musical anteriormente

expuestos. El programa lo configuran distintos

bloques perfectamente delimitados, que nos permitirán explorar

una rica pléyade de épocas, estilos y lenguajes musicales.

En primer lugar dos cimas del clasicismo vienés, Haydn

y Beethoven, que nos acercarán al ingenio sintáctico en estado

puro, recorriendo un amplio periplo técnico, estético y

expresivo que nos conducirá desde los estratos más directos

e inmediatos de la ocurrencia y el golpe de efecto puntuales a

la esfera más elevada de la ironía. Ningún autor más indicado

que Joseph Haydn (1732-1809) para encabezar el interesante

programa que nos propone Albert Nieto, en este ‘Año Haydn’

en el que conmemoramos los doscientos años de la muerte del

maestro de Rohrau, y que debería servir para establecer definitivamente

la grandeza inagotable de uno de los compositores

más grandes, conmovedores y pletóricos de inventiva de

toda la historia de la música, demasiado tiempo a la sombra de

su eximio y estimado colega Mozart. Y mientras Furtwängler

admira la alegría de vivir de esta música eternamente joven

y la rara capacidad de su autor de ser plenamente él mismo,

dando libre y feliz expresión a su propia personalidad y a la

vez expresar un sentimiento colectivo, Claudio Magris reconoce

en su legado una de las últimas expresiones de una totalidad

intacta y armoniosa, de una “creación sin sombras”.

Pero será Goethe quien dedique al compositor el mejor elogio,

casi inalcanzable y a la vez todo un programa para una

aproximación en profundidad al estilo clásico, al reconocer

en él las máximas cualidades del genio: “Temperamento, sensibilidad,

ingenio, humor, espontaneidad, amabilidad, vigor, o

-en el análisis final, las dos características del genio- ingenuidad

e ironía.” El “Capriccio en Sol Mayor” (1765) hace honor

a su título y da pie, acogiéndose a la forma de un rondó, a una

abigarrada sucesión de sorpresas y golpes de efecto. Como sucede

con frecuencia en el autor, la pieza parte de un material

más bien rústico (se trata de la canción “Acht Sauschneider

müssen seyn”), para alcanzar a lo largo de su curso una notable

temperatura emocional. Las desviaciones de todo tipo

(rítmicas, armónicas, silencios, de los más explosivos siempre

en Haydn) mantienen en vilo el ánimo del oyente al cancelar

momentáneamente las expectativas previamente suscitadas.

Ocurrencias, es preciso subrayarlo, que a diferencia de lo que

sucede en C.Ph.E. Bach, excéntrico a fuer de visionario y a

quien tanto admiraba Haydn, lejos de permanecer como meras

incidencias aisladas, terminan siempre por integrarse en

la totalidad, poniendo a salvo con ello en todo momento el

sentido orgánico de la obra.

Las Bagatelas op. 119 de Ludwig van Beethoven (1770-1827),

colección de once gemas aforísticas completada en los años

1820-22, constituyen junto al op. 126 el verdadero testamento

pianístico del autor, su última palabra en este medio tan

querido. Con tales miniaturas nos elevamos a un estadio bien

distinto, en el que aflora ya la ironía, figura retórica muy apreciada

por los jóvenes románticos y cuyo concurso percibimos

aquí desde el propio título empleado, piezas a las que el autor

se refería privadamente con el término “Kleinigkeiten”,

naderías, fruslerías, acentuando con ello el sentido ordinario,

anodino y baladí, de bagatela. El ingenio y despojada sofisticación

de Beethoven lucen aquí con todo su esplendor. Suerte

de diamantes en bruto que no requieren ya de prolijos procesos

de trabajo temático o desarrollos para afirmarse cual

destellos de una poderosa imaginación creativa, recogiendo,

en su esencialidad, los frutos y experiencias de toda una vida.

La invención se nos ofrece aquí en estado puro, libre y soberana

respecto de ulteriores cargas, obligaciones o compromisos

formales ajenos al fulgor de su propio brillo alciónico.

Todo ello hace de la presente colección un auténtico diario

personal, a modo de pequeñas epifanías que nos acercan -en

su inmediatez- a la desnuda intimidad del momento creativo.

Apuntes cogidos al vuelo, juegos rítmicos, vigor atlético en

marcado contraste con pasajes de signo más contemplativo,

sobresaltos dinámicos, acentos de agudo lirismo, páginas de

singular nobleza de expresión, con la distante elegancia de

quien ha dejado tras de sí los fragores subjetivistas del estilo

heroico, junto a ejemplos “avant la lettre”, en algún caso diríase

casi experimentales, de variación continua, anticipando

las formas abiertas, en permanente evolución (forma for

mans), de épocas más recientes, son algunos de los registros y

perfiles que caracterizan a las sucesivas piezas, henchidas de

sabiduría y humanidad. Distanciación emocional, de vuelta

ya de todo, incluso de sí mismo, privativa de los más grandes

de entre todos los artistas, que rubrica el estilo tardío de

Beethoven, para erigirse en uno de los logros más grandes de

nuestra cultura.

Le sigue un segundo bloque integrado por una serie de piezas

adscritas a la tradición francesa, representada aquí por las figuras

de Satie y Ravel, o que manifiestan, como es el caso de

Montsalvatge, uno de nuestros autores más estimados, unas

afinidades estéticas afines a dicha escuela. En primer lugar, y

de forma justificadísima, la figura de Erik Satie (1866-1925),

verdadero patriarca de la reacción francesa frente a las brumas

nórdicas del romanticismo tardío y el culto a Wagner, en

particular, cuyo poderío volcánico asolaba a Europa entera.

Satie reivindicaría con fuerza, frente a autores más jóvenes

como Debussy, la necesidad de despojar la música de los excesos

de choucrout centroeuropea, para volver a la tradición

genuínamente gala que tiene en el clasicismo de Couperin y

Rameau dos de sus referentes clave. La vertiente juguetona

y mordaz de Satie es patente ya en los títulos mismos de sus

obras, y se advierte asimismo en sus numerosos dibujos. La

modalidad humorística de la parodia no podía faltar en el

presente recorrido. Un típico y brillante ejemplo de ello nos

lo ofrece Satie con su “Sonatine bureaucratique” (1917). La

obra, articulada en tres movimientos y no exenta de cierta

vocación provocativa, responde con aplicación a su título y

constituye una hábil y divertida parodia compás por compás

de una conocida sonatina para principiantes de Clementi

(Op. 36, núm. 1), que se convierte así en pretexto inocente de

los dardos antiacademicistas del autor francés.

Precedían a esta obrita los “Valses nobles et sentimentales”

de Maurice Ravel (1875-1937), obra mayor de la producción

pianística del compositor francés con raíces vascas, que nos

acerca nuevamente al aire elegante de la danza ternaria, tan

presente en su obra y de la que el poema sinfónico La Valse

-más escorada hacia lo grotesco- constituye quizá su expresión

más fascinante. De pocos autores puede afirmarse algo

que, aplicado a Ravel, pocos negarían: su producción entera

constituye una larga retahíla de obras maestras absolutas.

Valga la presente colección de valses, compuesta en 1911, para

corroborar dicho aserto. La partitura, que lleva como frontispicio

la siguiente inscripción de Henri de Régnier, “...le plaisir

délicieux et toujours nouveau d´une occupation inutile”,

comprende seis valses encadenados seguidos de un epílogo,

constituyendo, para Roland Manuel, el “summum de la experiencia

armónica de Ravel. Las disonancias se muestran allí

al desnudo y la estridencia de su alegría no será sobrepasada”.

La armonía, en efecto, poblada de disonancias y clusters

quasi webernianos, se rarifica aquí hasta el extremo, sin que

ello diluya, más bien al contrario, la fragancia maravillosa y

dulciamarga que exhala la sucesión de las distintas piezas,

que, a modo de suite, configuran la obra. Abundan en ella los

intervalos de octava disminuída (fruto de la simultaneidad de

la nota real y la apoyatura no resuelta de la séptima, y la introducción

de sendas acciacature), las tríadas aumentadas, y la

proliferación de segundas y notas añadidas (cuando no acordes

completos), a menudo con el carácter de notas “falsas”,

destilando todo ello una amable y elegante ironía. Merecen

ser destacados al respecto el ambiente enrarecido del vals

Nr. II, de proceder indolente e indeleble nostalgia, y al que

las tríadas aumentadas confieren un aire misterioso y de resonancias

oníricas, o la liviandad, depuración extrema de la

textura y jugueteo rítmico del Nr. III -pp léger-, con generosa

presencia de hemiolias e ingeniosas inflexiones de carácter

polirrítmico. El proceso de “desecación” armónica llega al

cénit en valses como el Nr. III, ya mencionado, y el Nr. VI. Los

acordes de quinta aumentada reaparecen en los compases

iniciales del Nr. VII, que recupera en su sección central las

superposiciones polimétricas, y a lo largo de cuyo desarrollo

se alcanzará la apoteosis de la obra. El “Épilogue” que cierra

la colección incluye fugaces reminiscencias de los valses anteriores,

evocados aquí bajo una nueva luz, para concluir con

un prolongado pedal sobre la tónica sol, sostenido largamente

en el registro grave del piano, y al que se añaden amplias

resonancias, suscitando todo ello un fuerte sentimiento de

ensueño y estagnación. La mirada irónica se tiñe por momentos

con los colores más tristes y elegíacos de la idiosincrática

paleta expresiva del autor, para destilar -desde la miríada de

recovecos de sus intersticios armónicos, de un refinamiento

sin parangón- una de las páginas más esenciales de su producción,

de una desnudez rayana en el despojamiento, llevando

su paráfrasis de la danza vienesa, con el delicioso élan

de sus juegos rítmicos (verbigracia, las hemiolias y acentos

desplazados) a sus límites más oníricos e inquietantes, sin

perder en ningún momento, pese a ello y desde la distancia,

la voluptuosidad y belleza inaprensibles que le son propias y

que se resisten a marchitarse.

Un espíritu lúdico y delicadamente irónico preside igualmente

los “Tres divertimentos” de Xavier Montsalvatge

(1912-2002), autor muy allegado a la tradición francesa, de la

que era un admirador confeso. El presente tríptico, fechado

en 1941, se basa en distintas tonadas de vago origen popular

(transmitidas quizá por algún “flabiolaire”), comprendiendo

un viejo y desenfadado chotis, una encantadora y estilizada

habanera (conocida también como “americana”, por sus connotaciones

coloniales) y una jota borboteante y vivaracha.

Reconocemos en dichas piezas la elegancia y la ironía, levemente

socarrona, diríase émula de Montaigne y muy ampurdanesa,

que distinguían al compositor gerundense, atento a

los pequeños placeres hedonistas del espíritu, y cuyo recuerdo

pervive en la memoria de todos quienes tuvimos la oportunidad

y el privilegio de tratarle. Montsalvatge, receloso

como buen noucentista de trascendentalismos y desahogos

sentimentales, se inscribe aquí en la estela del Grupo de los

Seis en su rechazo de toda clase de boatos y solemnidades.

Cabe destacar al respecto las deliciosas y dulciamargas disonancias

que puntúan la habanera, a modo de notas ‘falsas’ (no

exentas de ciertas resonancias “blues”), con su efecto bitonal

y levemente desenfocado, objeto de un tratamiento muy sutil

y sensible, exhalando una nostalgia imperecedera que evoca

los registros más logrados y personales de la producción del

autor de las maravillosas “Canciones negras”.

El espíritu lúdico en música es variopinto y diverso en sus

manifestaciones, algo que podremos comprobar al escuchar

el resto de obras que completan el programa de la presente

velada, en un recorrido más cercano en el tiempo y que termina

en pleno siglo XXI, desde una lectura en clave de jazz

de la Humoresca Op. 101, Nr. 7, en Sol Mayor de Dvorak que

nos legara Art Tatum a la teatralidad de Copland y Colomé,

para concluir con esta genuina y renovada aproximación al

quodlibet que firma Sciarrino. Humoresca es uno de los tér

minos elegidos por numerosos autores para encabezar algunas

de sus piezas marcadas por una intencionalidad abierta

o veladamente humorística y jocosa. Schumann, el primero

en inaugurar dicha senda, y después Tchaikovsky (citado más

adelante por Stravinsky en su brillantísimo y sensible pastiche

“Le baiser de la Fée”), Grieg, Reger o Humperdinck, entre

otros, son algunos de los autores que la han cultivado, dejándonos

espléndidas realizaciones en las que luce el espíritu

aludido. También Antonin Dvorak (1841-1904), que nos legó

ocho magníficas piezas con dicha denominación agrupadas

en su Op. 101 (1894). Art Tatum (1910-1956), el espléndido

pianista americano, nos legó una memorable recreación de

dicha pieza, bañada con los acentos de la música negra, rítmicamente

vivaraz, dando juego a una amplísima escala de

tempi y medidas, con las ideas de Dvorak conviviendo en feliz

mestizaje con los aires de marcha del ragtime, y servida por

un pianismo sutil, delicado y virtuoso, versión que oiremos

esta noche, llena de los guiños y pequeñas travesuras del lenguaje

jazzístico, sin dejar de subrayar los perfiles más inconfundibles

del original.

El barcelonés Delfí Colomé (1946-2008), que nos dejó prematuramente

hace poco más de un año, fue un hombre ciertamente

polifacético, combinando sus pasiones artísticas -la

danza en primer término- y labores creativas con la condición

de diplomático y embajador de España en los destinos más

dispares. Personaje de gran humanidad, sumamente cordial,

afable y generoso, dejó un recuerdo imborrable en todos aquellos

-y fueron muchos- que le conocimos y tuvimos ocasión

de compartir con él iniciativas y proyectos, primero en Viena,

más adelante desde los confines asiáticos (nuestro último encuentro

-fortuito, cordial, apresurado- tuvo lugar muy cerca

de la sede de esta Fundación), sin que la distancia mermara

en ningún momento la calidez de su trato. En el terreno creativo

Colomé cultivó preferentemente los registros más lúdicos

de su arte, próximos a los ámbitos de la performance y lo

gestual. “La vache qui mi”, de título tan desenfadado como lo

es la propia pieza, con su juego de palabras claramente deudor

de Satie, constituye un clara manifestación de lo dicho,

con empleo de numerosos grafismos en la notación, y que requiere

del intérprete verdaderas dotes actorales. La interpretación

de su música en este concierto adquiere hoy así una

dimensión de modesto pero sentido homenaje. Vaya para tí,

Delfí! Sucede a dicha pieza una genuina y renovada aproximación

al género del quodlibet (como gustéis) que firma el

compositor italiano Salvatore Sciarrino (1947-) con su obra

“Anamorfosi”. Acorde con la tradición del género, que gusta

de superponer ideas y materiales fuertemente heterogéneos

(en ritmo y armonía, pero también en su carácter expresivo)

y del que las “Variaciones Goldberg” de Bach ofrecen probablemente

el ejemplo más grande, y próxima al “collage”,

el autor plantea en ella un divertido juego con tres melodías

presentadas simultáneamente: los “Juegos de agua” y “La

barca sobre el océano” de Ravel, y el conocido tema de la película

“Cantando bajo la lluvia”. Como adecuado colofón del

recital, retomaremos el registro teatral con la pieza “The Cat

and the Mouse” del compositor americano Aaron Copland

(1900-1990). Formado en Paris con Nadia Boulanger, es todavía

Copland un autor relativamente poco conocido en nuestro

país, cuya producción trasciende ampliamente los estereotipos

más extendidos sobre la misma, basados ante todo en sus

piezas más populares y divulgadas, con los ballets y piezas

como “Salón México” a la cabeza. Copland funde en su contrastada

producción los acentos neoclásicos de raíz parisina

-a la sombra de Stravinsky- transmitidos por su maestra con

un trasfondo genuinamente americano, que podemos percibir

en la amplitud formal, la espaciosidad de sus armonías y

la vivacidad afilada del contexto rítmico. Cualidades todas

ellas patentes en la pieza que cierra el presente programa,

y que nos ofrece un jocoso relato de las peripecias entre un

gato y un ratón, con inclusión de las correspondientes connotaciones

gestuales y servidas por un estimulante e incisivo

pianismo.

Albert Nieto, piano

Franz Joseph Haydn (1732-1809)
Capriccio en Sol mayor, Hob. XVII/1
Ludwig van Beethoven (1770-1827)
Bagatelas, Op. 119
Xavier Montsalvage (1912-2002)
Tres divertimentos
Maurice Ravel (1875-1937)
Valses nobles y sentimentales
Erik Satie (1866-1925)
Sonatina burocrática
Delfín Colomé (1946-2008)
La vache qui mi
Salvatore Sciarrino (1947)
Anamorfosis
Antonin Dvorak (1841-1904) / Art Tatum
Humoresque
Aaron Copland (1900-1990)
The Cat and the Mouse. Scherzo humoristique