(II) Ciclos de Miércoles El violín del siglo XX

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el
Dúo de Violines Kotliarskaya-Comesaña . Polina Kotliarskaya y Francisco Javier Comesaña, violín

SEGUNDO CONCIERTO                                                                                                        

Las seis obras programadas en el concierto de hoy son para dos violines, pero no todas llevan en el título la palabra "dúo". Son dúos, en efecto, los de Hindemith, Bartók y Berio; los demás son sonatas u otras cosas más misteriosas. Los dúos titulados "dúo" muestran por lo general con más claridad la voluntad dialogante del compositor. Paul Hindemith hablaría más bien de  eficacia. La música no es para Hindemith una realidad trascendente cuyos ritos hayan de ser presididos por sacerdotes activos y hayan de ser atendidos por masas de escuchadores, sino una realidad llana, una realidad real, que requiere artistas y artesanos, pero no ministros. La música no es sagrada y, cuando nos lo parezca, debe ser profanada. Hindemith se batió en la lucha de la normalización de la música y produjo muchas partituras de música llana, pensada para tender puentes entre los grandes genios y los simples aficionados. En esa lucha, el dúo es el arma ideal: pone a dos músicos a dialogar en pie de igualdad y, si está escrito con propósito didáctico, logra que el virtuoso (o el profesor) se ponga a la altura del aficionado (o el alumno). Con ese fin, Hindemith escribió dieciséis piezas para dos violines, o para dos grupos de violines, A lo largo de la historia de la música se han escrito muchas partituras con propósito didáctico, pero es privilegio de muy pocos compositores (Hindemith, Bartók y Bach entre ellos) el hecho de que su música académica haya salido de la academia y se haya subido a los escenarios.


Béla Bartók, por su parte dejó dicho con claridad cuáles eran sus intenciones al componer los "Cuarenta y cuatro dúos para dos violines". Se trata de que los estudiantes "desde sus primeros años de aprendizaje puedan interpretar obras en las que se encuentre la simplicidad natural de la música popular, así como sus particularidades melódicas y rítmicas". Estas deliciosas miniaturas, de las que hoy escucharemos cinco, reúnen música inspirada en el folclore de muchos pueblos, el húngaro, el rumano, el serbio, el eslovaco, el árabe... de tantos pueblos como pudo estudiar eficazmente Bartók dados los medios de transporte de la época.


Los treinta y tres dúos de Luciano Berio son dialogantes de dos maneras simultáneas. Berio pone a sus dos intérpretes en actitud de conversar y establece entre ellos gran variedad de formas de intercambio musical. Pero al mismo tiempo, el acto de composición es en este caso para Berio una forma de diálogo con sus amigos. Con treinta y tres amigos, uno por cada dúo. Entre 1979 y 1982, Berio celebró la amistad de sus amigos dedicándole a cada uno un breve dúo para dos violines. La dedicatoria consiste en poner como título a cada pieza el nombre de pila de un amigo. Los cinco que oiremos hoy corresponden a Bruno Maderna, Peppino di Giugno, Piero Farulli, Aldo Bennisi e Igor Stravinski.


Además del diálogo llano de los dúos, se nos da hoy, por una parte, el diálogo algo más abstracto y estructurado de las sonatas de Prokofiev y Petterson y, por otra, el extraño diálogo que Tomás Marco establece entre el firmamento y el paraíso, entre el cielo que vemos y el que soñamos. Serguéi Prokofiev escribió su "Sonata para dos violines" en París, durante el otoño de 1932. La idea de componer para el dúo de violines no surgió como respuesta a ningún encargo, sino como deseo espontáneo tras escuchar una obra para dos violines "poco lograda". Ya lo dijo Sergio Celibidache en una de sus visitas a Madrid: "Se aprende muchísimo asistiendo a conciertos malos". El malvado Sergio añadió en seguida: "Y ustedes aquí están muy bien servidos". Prokofiev, menos malvado, no especificó quién era el autor de aquella sonata poco lograda. La logradísima "Sonata" de Prokofiev la estrenaron en Moscú los dos violinistas del legendario Cuarteto Beethoven, Dimitri Tsiganov y Vasili Shirinski, el 27 de noviembre de 1932. Con la excepción, tal vez, del movimiento inicial, un emocionante recitativo, la sonata se mueve en un aire ambivalente, siempre en el borde entre la risa irónica y la expresividad noble.


La "Sonata para dos violines" de Allan Pettersson nos sorprende ya por su número de orden: es la séptima de siete. Pocos compositores han escrito tantas sonatas para dos violines. La séptima es la más breve, apenas pasa de los tres minutos, y responde al mundo estético en que vivía Pettersson cuando la escribió: París, 1951, las clases de composición de Honegger y Milhaud, por una parte, pero las de René Leibowitz, por otra. Hay amargura en la sonata, como corresponde a un músico de carácter difícil y de biografía dura (nació en Estocolmo de familia pobre y violenta, se formó a base de voluntad y apenas vislumbrados los primeros éxitos como viola y como compositor, se vio impedido por una reumatitis dolorosa y mortal). Justo después de componer esta sonata, Pettersson se dio a la sinfonía, el género que más éxito le habría de proporcionar. Compuso dieciséis, y algunas de ellas han sido difundidas entusiásticamente por directores como Antal Doráti o Sergio Comissiona.


"Academia Harmonica" es la pieza de música que Tomás Marco compuso para que sonara el día de su recepción pública como académico de número de la Real de Bellas Artes de San Fernando. Para entender bien la obra, hay que precisar bien el papel que este dúo de violines desempeñó en aquella  ceremonia. Fue el 7 de noviembre de 1993, tocaban el violín los mismos violinistas de hoy, y la obra no solo constituyó una celebración musical de la toma de posesión de su autor, sino que sirvió de ilustración sonora de su discurso. Es decir, la obra tiene tanto valor cognitivo como representativo. La tensión entre la potencia emotiva y la carga lógica es característica de toda la música, pero de esta más, porque está compuesta a sabiendas. El título de aquella brillante pieza de oratoria a la que este dúo sirvió de ejemplo era "La creación musical como imagen del mundo entre el pensamiento lógico y el pensamiento mágico". No es de extrañar, entonces, que la obra dibuje varios ejes y planos y aun cuerpos de simetría entre sus movimientos, entre sus potencias y entre sus significados. El propio autor lo explicó así:
"Se trata de siete breves piezas organizadas como un complejo todo estructural en forma de espiral simétrica en torno a un eje (la pieza IV). La I y la VII ("Speculum Leonardi" y "Speculum Paracelsi") desarrollan procesos especulares diferentes pero emparentados tomando como pretexto la idiosincrasia de los dos mentores de mi discurso. II y IV representan la unión de los opuestos -los ángeles celestiales ("Duo Seraphim") y los infernales ("Gehenna")- en un ambiente de armónicos frente a otro de sonidos graves y rasposos. En las piezas III y V -"Elogio de la simetría" y "Elogio de la asimetría"- se supera el antagonismo de dos principios igualmente fructíferos en la estructuración de la obras artística. El IV -"Mobilis in mobilis"- se emparenta con los movimientos perpetuos tan característicos de la escritura violinística."

      1. Paul Hindemith (1895-1963)
      1. Dúo Canónico
      1. Serguéi Prokófiev (1891-1953)
      1. Sonata para dos violines Op. 56
      1. Béla Bartók (1881-1945)
      1. Cinco dúos
      1. Tomás Marco (1942)
      1. Academia Harmónica
      1. Allan Petterson (1911-1980)
      1. Sonata nº 7
      1. Luciano Berio (1925-2003)
      1. Cinco dúos