(I) Ciclos de Miércoles Músicos del 27

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Pedro Espinosa y Fermin Bernetxea, piano

PRIMER CONCIERTO                                                                                                        
Los repertorios para instrumentos clásicos de la cultura europea como el piano y el violín tuvieron una presencia muy irregular enla música española. Sus características técnicas y su representación simbólica los vincularon estrechamente a las grandes formas del romanticismo y, si atendemos a la producción cultural como una forma de leer los procesos sociales, los podremos situar casi naturalmente vinculados a los desarrollos sociales de la burguesía, y a las grandes formas musicales que la representan durante todo el siglo XIX. AI permanecer España bastante alejada de los desarrollos de la ilustración en la Europa central, también su música se mantuvo por lo general al margen de estos procesos.
A partir de las inquietudes planteadas en tiempos de Felipe Pedrell (último tercio del siglo XIX), y coincidiendo con los intentos del modernismo de poner las bases de una cultura que dialogase más abiertamente con la producción europea, comienza un proceso que ha de llevar a la incorporación definitiva de la música española a la historia general. Los nombres de Isaac Albéniz, Enrique Granados, Pablo de Sarasate, entre otros, avanzan sobre, bases firmes para definir un estilo en su producción musical vinculada esencialmente al piano y al violín, coincidiendo en ellos el intérprete y el compositor.
El siguiente paso, la culminación de este proceso, llegará con la obra de Manuel de Falla, generación de la que también forman parte relevante los nombres de Conrado del Campo y Joaquín Turina entre otros. De esta manera, los jóvenes que comienzan su andadura musical a comienzos de los años 20 del presente siglo tienen, además de este punto de partida, el horizonte europeo con las experiencias impulsadas por Stravinsky o el «Grupo de los seis», o las propuestas de Arnold Schoenberg.
Para esos años ya había tomado cuerpo en España una perspectiva estética renovadora, y una de las características interesantes de este proceso es que, a pesar de su compromiso con el arte de vanguardia, esta propuesta no reniega de los elementos de la tradición. Una tradición que se lee con lente renovadora y no conservadora, con ánimo de integrar más que de reemplazar, al punto que junto al auge que tiene la producción para piano y para cuerdas, por ejemplo, será la guitarra relegada por la tradición conservadora la que ocupe nuevamente su lugar en el escenario con toda su entidad, y también el Cancionero popular, referencia de músicos y escritores que a veces coinciden en el ámbito nuevo de la canción de concierto.
En esta recuperación de los repertorios para los instrumentos-guía de la música europea de entonces, la aportación española transita caminos alejados de las grandes formas de la tradición germana, mantiene vigente ese sello que distingue una obra de esta nacionalidad y acercándose a experiencias ya desarrolladas a partir de las propuestas francesas de Debussy, con formas más intimistas, más impresionistas, hasta propuestas más irónicas y desenfadadas. En esta línea trabajan los integrantes de lo que se llamó «Generación del 27», planteamiento estético del que forma parte una etapa de la obra de Fernando Remacha.
Aquello que Rodolfo Halffter, en un articulo en el que habla de la referencia magistral de Manuel de Falla en la música de los jóvenes de su tiempo, define como el interés de su generación «por las pequeñas obras cerradas, exentas de cualquier posible asomo de divagación» y que ilustra con sus Sonatas de El Escorial, es lo que encontramos también en la obra para piano de Fernando Remacha. Teniendo en cuenta entre otras cosas que Remacha era ejecutante de instrumentos de cuerda (violín y viola), la presencia en su catálogo de la obra para piano no es muy extensa, pero sí es representativa de las tendencias y gustos dominantes en los compositores de su tiempo.
El primer grupo de obras del programa, la Sonata a la italiana, la Tirana (Homenaje a Blas de Laserna), ambas compuestas en torno a 1945, es decir en la inmediata y larga posguerra, y por fin la Sonatina, editada en 1951 por el Instituto Príncipe de Viana, nos remiten en términos generales al interés que esta generación manifestó  -precedidos en ello por Albéniz, Granados y Falla- por los autores españoles de música para teclado del siglo XVIII, y en particular por Domenico Scarlatti que tan bien supo traducir en su obra rasgos esenciales de la música madrileña y española. Y cuando hablamos de este napolitano españolizado, el interés se hace extensivo a la obra del Padre Soler, y a las manifestaciones que estudiaría José Subirá en los años treinta de este siglo de las músicas de la tonadilla escénica, entre las que resaltan por su buen tratamiento las de Blas de Laserna. De esta manera en estas piezas de Remacha que pertenecen a una segunda etapa de su vida, muy fresca aún la experiencia con sus compañeros de generación, pero irrecuperable ya que la Guerra Civil marcó -por no decir cercenó- duramente sus proyectos, encontramos con claridad rasgos característicos que nos remiten a aquel pasado también de formas breves, de imágenes muy dinámicas y juguetonas, de aires de danza. Remacha las expone a través de un tratamiento pianístico clásico, con recursos evidentes de modernidad que se ponen en evidencia aun en una obra breve como la Tirana; en la expresión que permite el contrapunto y el trabajo particular de la tonalidad desvirtuada no por el planteamiento vienés sino por los recursos politonales. Entre los manuscritos de este autor hay otras muestras de su interés por este género de la tonadilla.
Al componer estas obras Remacha ya está instalado en su ciudad natal de Tudela, donde había nacido en 1898. Aún sin culminar sus estudios de composición en el Conservatorio de Madrid en la clase de Conrado del Campo, a la que asistía conjuntamente con sus amigos Salvador Bacarisse y Julián Bautista, Remacha compuso La maja vestida, un ballet sobre argumento del escritor Mauricio Bacarisse, primo del músico Salvador. Esta obra en un acto, escrita en 1919 -según el inventario de Antonio Baciero- fue estrenada en París en 1937 durante la Guerra Civil española, un año después de la muerte de la que fuera gran impulsora de este género entre los jóvenes compositores, la excepcional bailarina Antonia Mercé. El aire goyesco se enmarca nuevamente dentro de las temáticas al uso, y en la danza que escucharemos en versión pianística se manifiesta -al igual que en toda la obra- la opción estética de Remacha al no incursionar en la tendencia neorromántica que marcaba su maestro Conrado del Campo.
Otra serie de piezas de carácter lúdico aparecen agrupadas bajo el título de Cartel de fiestas que recibió, también en su versión para orquesta hecha a partir de la suite de piano, el premio Príncipe de Viana de composición en 1947. «Chupinazos», «Procesión», «Señoritas a los toros» y «Jotas» mezclan una visión intelectual de la fuente popular y la distancia que genera el tratamiento y la versión en cierto modo irónica característica de la generación.
Las Tres piezas, editadas en 1924 por Unión Musical Española, fueron escritas durante la estancia de Remacha en la Academia Española en Roma, ciudad en la que permaneció como pensionado de dicha institución durante cinco años. Allí estudió con Francesco Malipiero, y de esta época son la Sinfonía a tres tiempos (1925), obra breve pana orquesta que no sigue los planteamientos de la forma clásica; el motete instrumental Quam pulchri sunt, (1927), y del mismo año su colaboración a la conmemoración gongorina organizada en Madrid por Gerardo Diego, Alberti y otros poetas, el Homenaje a Góngora, para orquesta. En las Tres piezas incursiona -cobra de juventud- con una declarada intención de modernidad, matizada con ejercicios de politonalidad, y el segundo movimiento -rasgo hispanisante- incluye un «tiempo de habanera».
Parte de la música para piano de la segunda etapa de la vida de Remacha tiene matices que coinciden con la obra que compuso Joaquín Turina en su largo catálogo para este instrumento, y reconociendo su lugar magistral en este proceso, al cumplirse el centenario del nacimiento del músico sevillano, le dedica Epitafio, que el Ministerio de Cultura editó en facsímil en 1983. Obra breve (una característica de Remacha), que presenta numerosos cambios de compás, técnica también frecuente. «Con esta obrita, escribe Remacha, no he pretendido otra cosa que contribuir con sencillez y con el lenguaje que mejor entendió Turina, el lenguaje de la Música, al homenaje que como músico le debo a uno de los compositores españoles más perdurables de nuestro siglo. No es otra cosa que los sentimientos de un músico a un gran maestro.»
El día y la muerte, para dos pianos, es obra inédita que Remacha legó como muestra de afecto a Pedro Espinosa cuando dejó Pamplona, donde había pasado fecundos años como profesor del Conservatorio que creara y dirigiera Don Fernando. Es obra enigmática pues no se sabe nada del significado que tiene el título ni la fecha de su composición. Estrenada en Tudela por los intérpretes de este concierto el 21 de Diciembre de 1990, Espinosa nos habla de la "valoración muy especial" que el compositor sentía por ella y deduce, dada la cercanía estilística expresionista con el Epitafio dedicado a Turina, que pertenece a su último período creativo, muy diferente y más avanzado que los anteriores, anunciado ya en su cantata Jesucristo en la Cruz para las Semanas de Música Religiosa de Cuenca (1964).

      1. Fernando Remacha (1898-1984)
      1. Sonata a la italiana
      2. Tirana. Homenaje a Blas de Laserna
      3. Sonatina
      4. Preludio en La menor
      5. La maja vestida: Danza
      6. Cartel de Fiestas
      7. Tres piezas para piano
      8. Epitafio
      9. El día y la muerte, para dos pianos *
  1. * Estreno en Madrid