(II) Ciclos de Miércoles Joaquín Turina (1994)

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el
Víctor Martín, violín. Miguel Zanetti, piano

SEGUNDO CONCIERTO_________________________________________________

Sonata para violín y piano nº 1, Op. 51
    Compuesta en 1929 (terminada el 20 de septiembre), la obra fue estrenada por J. Zuccone y F. Lavandrier en el Conservatorio de Lyon el 15 de mayo de 1930, hecho que sorprendió al autor y a la dedicataria, la violinista Jeanne Gautier, que pensaba haber hecho el estreno en París. En Madrid se dio a conocer en el Teatro de la Comedia, el 25 de noviembre de 1930, por Albina Madinabeitia y Pilar Cavero.

  En sus apuntes de 1946, don Joaquín comentaba: «Es obra muy simple de líneas, con tres tiempos: Allegro en forma de sonata, casi sin desarrollo; Aria, con episodio dramático de tipo popular y Rondó en ritmo de farruca». El movimiento inicial presenta una introducción lenta, en los modos andaluces, con anuncio del primer tema de los dos que propone el Allegro molto, separados éstos por una transición pianística en tresillos; paréntesis central con una evocación de La oración del torero, reexposición variada y coda. El segundo tiempo es de ambiente cantable muy intenso y presenta diversos motivos relacionados entre sí y, a su vez, con el segundo tema del movimiento anterior. El rondó final propone, como episodios intercalados entre las apariciones del estribillo, un recuerdo de los motivos previamente utilizados, construyéndose la coda sobre el primer terna del Allegro molto inicial.


Poema de una sanluqueña, Op. 28
   «Este poema», escribía Turina, «está inspirado en la siguiente frase que oí decir a una muchacha de Sanlúcar: «Las sanluqueñas no se casan y los sanluqueños se casan con forasteras». A fuer de sanluqueño adoptivo quise romper una lanza en favor de mis paisanas, estas bellas andaluzas que viven en triste y perpetuo ensueño». Semejante motivación supone, en la música, un planteamiento expresivo interiorizado, emotivo, al margen de los pintoresquismos o de las descripciones de otras obras turinianas.

    La composición ocupó a Turina desde agosto hasta el 2 octubre de 1923, y el estreno tuvo lugar, naturalmente, en Sánlucar de Barrameda: Teatro Victoria, 20 de julio de 1924, a cargo de Manuel Romero con el compositor al piano. Luego, el maestro sevillano presentó la obra en París y en Madrid con la violinista Lydia Dermigian. Pensando en la Orquesta Bética fundada por Falla, Joaquín Turina orquestó la parte pianística en 1925, pero limitándose a los dos primeros movimientos. Entre los actos musicales del centenario de Turina (1982) se interpretó el Poema, para violín y orquesta, tras el trabajo de su nieto José Luis para orquestar los movimientos tercero y cuarto.

    En el Poema de una sanluqueña se funden los planteamientos formales de la sonata y el sentido cíclico tan arraigado en Turina. El primer tiempo es en tres secciones: Andante de carácter melancólico con dos amplias frases; un Allegretto de mayor vitalismo, y vuelta al Andante para dar cabida a un hermoso tema al que Turina llama Himno a la belleza y que será elemento básico en toda la obra. El segundo tiempo, conciso y equilibrado, hace la función de scherzo: alusiones guitarrísticas, aliento de copla andaluza, gracejo en la expresión de la coquetería femenina. Con armónicos violinísticos se abre el movimiento lento, pasaje donde asistimos a una recreación del Himno a la belleza que es llevado a su cima de intensidad; cinco compases ulteriores sirven para descargar la tensión. El movimiento cuarto y último sugiere tañido de campanas e interioriza el Himno antes de que emerja un virtuosístico tema en dobles cuerdas que luego será recapitulado, así como el Himno y motivos del tercer tiempo. Los compases finales son de gran recogimiento, música refinada y evocadora que desemboca en la plenitud tonal del Do mayor.

Variaciones clásicas, Op. 72
    En dos semanas de junio de 1932, el músico sevillano escribió estas Variaciones clásicas que estrenaría el violinista Manuel Pérez Díaz en el Ateneo de Madrid. La obra está dedicada a Lola Palatín, intérprete de la música violinística turiniana y, sobre todo, entrañable amiga de Turina que, al igual que su esposo el escultor Jacinto Higueras, dieron fraternal apoyo al compositor en momentos delicados de su biografía.

    Obra que probablemente merece mayor presencia en los conciertos de la que ha tenido, de ella dejó Joaquin Turina una justa descripción en la conferencia sobre «El canto andaluz en el arte de la música» que pronunció en Madrid el 10 de junio de 1936:

   «En las Variaciones clásicas, un tema, casi lamento, de expresión triste, toma diferentes aspectos, según el curso del desarrollo. La primera variación significa un balance lánguido y perezoso, que parece «guajira» en el sentimiento, aunque no lleva la combinación de compases propia de la canción cubana. En la segunda variación es un tango, rítmico y rígido, que prepara la cuarta, evocación melódica de sonoridad muy tenue que canta el violín con sordina. Terminan las variaciones con un final alegre y rápido, en ritmo de "zapateado"».
Sonata para violín y
piano nº 2, Op. 82
    Es, en rigor, la tercera Sonata que con este título (es decir, sin contabilizar el Poema de una sanluqueña que también podría considerarse «sonata») compuso Turina para violín y piano. La numeración como 1 y 2 de las sonatas op. 51 y op. 82 se debe a que el compositor no consideró digna de ser catalogada la que escribió en 1908, titulada Sonata española, obra que durante muchos años se dio por perdida (yo mismo lo hice en mi libro de 1980), pero que, en la admirable operación de «busca y captura» que con motivo del centenario del compositor llevó a cabo la familia Turina, encabezada por Alfredo Morán, apareció y pudo ser recuperada. El desinterés de Turina hacia aquella partitura juvenil se confirmó con el título de Sonata española dado también a esta Sonata op. 82: sin duda, el compositor no contaba con que hubiera posibilidad de confusión.

    La obra está dedicada al compositor, amigo y discípulo de Turina, Pedro Sanjuán y fue escrita entre el 25 de septiembre de 1933 y el 17 de enero siguiente. Después de su estreno absoluto en Londres, a cargo de Angel Grande y María Lavinskaya, se ofreció en Madrid en solemne ocasión: un homenaje al maestro Turina promovido por la Asociación de Cultura Musical y la Dirección Gral. de Bellas Artes, que tuvo lugar en el Teatro María Guerrero, el 21 de mayo de 1941, y en el que intervinieron Federico Sopeña como presentador y conferenciante, la Orquesta Nacional dirigida por José Mª Franco que interpretaron el Canto a Sevilla y la Sinfonía sevillana, Lola Rodríguez de Aragón y Enrique Iniesta quien, acompañado por el propio autor, abrió el concierto con esta Sonata op. 82 que fue distinguida por entonces con el Premio del Sindicato Nacional del Espectáculo.

    Turina la consideraba desde luego, muy superior a la primera por sus materiales y por su desarrollo. Se compone de unas variaciones muy libres, basadas en ritmos españoles; de una zambra gitana como scherzo y de un final en forma de sonata que resuelve en un fandango. El tema del primer tiempo es sujeto de tres variaciones antes de la preceptiva recapitulación: la primera en aire de petenera, la segunda es la culminación expresiva de la página y la tercera juega con el compás del zortzico. El segundo, en clara y concisa forma tripartita vivo-andante-vivo, es, en efecto, de un andalucismo que mira hacia la «gitanería». La forma no es tan esquemática en el movimiento final, donde se suceden motivos de copla y ritmos de danza en una elaboración básicamente sonatística que incluye referencia cíclica a la introducción lenta del primer movimiento.

      1. Joaquín Turina (1882-1949)
      1. Sonata en Re nº 1 para violín y piano Op. 51
      2. El poema de una sanluqueña Op. 28
      3. Variaciones clásicas, Op. 72
      4. Sonata nº 2 Op. 82 (Sonata española)