(y III) Enrique Granados Ciclos de Miércoles Goya grabador

(y III) Enrique Granados

  1. Este acto tuvo lugar el
José Francisco Alonso Rodriguez, piano

TERCER CONCIERTO ___________________________________________________
ENRIQUE GRANADOS

Goyescas
El Pelele
Enrique Granados (1867-1916) tuvo clara idea de que con Goyescas había encontrado algo importante. El mismo lo dejó anotado en su libreta roja de apuntes en 1910: «He tenido la dicha por fin de encontrar algo grande, «las goyescas», «los majos enamorados», llevan ya mucho andado». No se equivocaba. La crítica posterior le ha dado la razón reconociendo en esta obra la más alta cota de su labor compositiva y una de las más grandes aportaciones del piano español de todos los tiempos.
Goyescas, en su versión para piano, fue estrenada en sus dos partes por el propio Granados en el Palau de la Música catalana en 1911 y 1913, respectivamente. Poco tiempo después Granados tenía compuesta una ópera con el mismo nombre, con texto de Fernando Periquet, para ser estrenada en París, pero la Primera Guerra Mundial impidió el estreno y la primicia de la puesta en escena recayó en el Metropolitan de Nueva York, donde se estrenó en 1916.
A la suite Goyescas, que consta de dos cuadernos, con cuatro y dos piezas, se le añade El Pelele (titulada «Goyescas» por Granados) y escrita probablemente en 1913, porque esta obra se incorporó al primer e importantísimo cuadro de Goyescas ópera junto a las otras obras de la música para piano. No existe una sucesión idéntica en Goyescas de piano y ópera, como tampoco hay una sucesión cronológica en el orden de publicación en que aparecen aquéllas. La unidad dramática de la ópera junto a sus personajes perfectamente ambientados y definidos dentro de la época de Goya, nos describen con rasgos muy fuertes lo que se ha dado en llamar el «madrileñismo» popular de los reinados de Carlos III y Carlos IV.
Aunque Goyescas para piano es anterior a la ópera, es siempre importante tener presente el argumento dramático de ésta para huir y, en su caso, interpretar la obra pianística. Este mundo de majos, requiebros, desdenes, fandangos, coloquios en la reja, espectros en «dies irae», es la culminación del gran entusiasmo que Granados sentía por esta época, tan extraordinariamente reflejada en el teatro de Don Ramón de la Cruz y en la pintura de Goya. Y se dice culminación por el mismo juicio de Granados y porque este ambiente sonoro había sido ya, en efecto, muy trabajado por él en las Tonadillas, también con letra de Periquet -no la tonadilla dramática sino la semejante a los lieder, pero escritas en estilo antiguo- algunas de cuyas melodías aparecen luego comentadas en Goyescas. Bastaría recordar algún título suelto de las tonadillas para darnos cuenta de ello: «el majo olvidado», «la maja de Goya», «los currutacos y modistas», «si al retiro me llevas». Dígase lo mismo de las Danzas españolas.
La atmósfera tonadillesca del XVIII y comienzos del XIX es una referencia continua en Goyescas, pero una referencia quintaesenciada, adaptada a su época y -al ser gran obra de arte- a la de todos los tiempos. Con Granados, y también Albéniz, se da el gran paso que hace resurgir a la música española que, en una época de nacionalismos musicales, acudirá a las fuentes de la música del pueblo para incorporarla y hacerla sustancia de la música culta intentando atrapar su espíritu. El cúlmen de este proceso sería Falla, que busca más el espíritu que la letra en el canto popular y nos habla del profundo misterio armónico de la melodía popular. La obra de Granados fue importante porque está dentro de este espíritu que indica Falla, que en modo alguno había estado presente en ninguno de los géneros de zarzuela, dominada por lo italiano en un principio y, luego, por lo alemán.
El aire fresco lo trae Granados, como no podía ser de otra manera, de manos de un piano romántico en que Chopin, Liszt y Schumann tienen mucho que ver, aunque con apuntes de impresionismo, tal como se ha señalado en alguna ocasión.
La forma musical en Goyescas hay que buscarla o entreverla pensando en su gran capacidad de improvisación a la que Granados era muy aficionado. Fantasía libre, pero natural, más que la sujeción a una forma. No obstante siempre es muy preciso, e incluso meticuloso, en sus indicaciones. La obra requiere una audición atenta en su conjunto para ver las alusiones a giros o temas que unas piezas hacen a otras, por ejemplo, las que se hacen en El amor y la muerte al Coloquio en la reja y Quejas o las que hay en el Epílogo referidas a El amor y la muerte. Esta atención debe dirigirse también al ambiente extraordinariamente rítmico del Fandango de Candil, que está colocado entre las dos piezas más expresivas de Goyescas: Coloquio, muy romántica, y Quejas o la maja y el ruiseñor; de gran delicadeza. Atención que también debe dirigirse a detectar en Los requiebros «La tirana del Trípili», tomada del gran tonadillero Blas de Laserna, o al Fandango de Candil, en que subyace la descripción de una escena madrileña del gran costumbrista Mesonero Romanos, que tiene ocasión en lugar cerrado a la luz de un candil.
En cualquier caso, las indicaciones dramáticas y de situación de Goyescas ópera nos ayudarán a ver y oír esta música. He aquí la descripción del decorado para la escena primera de la ópera: «Pradera de la Florida. En lontananza la silueta de la Iglesia de San Antonio. A la izquierda, lejos, el río Manzanares. También a la izquierda en primer término, un merendero practicable con encañizado. Día espléndido. Manolas y chisperos mantean un pelele. Recuerda la escena del famoso tapiz de Goya. Entre los hombres está Paquiro, mozo gallardo y decididor, que piropea a las hembras allí presentes».
Esta festiva y cálida escena se va enrareciendo poco a poco en un claroscuro que va del requiebro al celo pasando por el desafío y la muerte. Unos cuadros que Granados reflejó en su música y también en su pintura, a la que era más que un buen aficionado.

      1. Enrique Granados (1867-1916)
      1. Goyescas o los majos enamorados (volumen I)
      2. Goyescas o los majos enamorados (volumen II)
      3. El Pelele. Escena goyesca