(I) Ciclos de Miércoles Schumann-Brahms: cuartetos y quintetos con piano

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Kennedy Moretti, piano. Ana Comesaña y Yulia Iglinova, violín. José Manuel Román, viola. Ángel García-Jermann, violonchelo

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NOTAS AL PROGRAMA
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PRIMER CONCIERTO
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Schumann: Cuarteto Op. 47

Muy joven todavía, con 18 años, Robert Schumann comenzó a sentir que la música era su única vocación. Hallándose en Heildelberg estudiando derecho compuso un Cuarteto con piano en Do menor incluido en su catálogo al principio como Op. 5, lugar que ocuparían después los Diez Impromptus sobre un tema de Clara Wieck, para piano, del año 1833. Tampoco entraron en su catálogo un Cuarteto con piano en Si mayor, inacabado, y otros cuartetos de cuerda que se perdieron o quedaron solo abocetados. Sin embargo, Schumann sentía la necesidad de ocuparse más a fondo en la música de cámara. Tras cinco años de noviazgo con Clara Wieck, entregado a la composición de obras para piano en su mayor parte formas breves, insistió el año 1840, el de su matrimonio, en la creación de preciosas miniaturas y así nacieron las colecciones de Lieder Op. 24, 25, 27, 29, 30, 31, 34, 35, 36, 37, 39, 40, 42, 43, 45, 48, 49, 51 y algunas canciones más, publicadas tardíamente. Entre esos números dedicados al lied encontramos ciclos de tanta importancia como Mirthen, Liederkreis, Op.39, Frauenliebe und leben (Amor y vida de una mujer) y Dichterliebe (Amor de poeta).
Pero Schumann, que ya había reprochado a Chopin que se dedicara en exclusiva a las piezas de corta duración, se centró en 1841 en la composición de su primera gran Sinfonía, la llamada "Primavera", en Si bemol mayor, y en otra pieza sinfónica de importancia, la Obertura, Scherzo y Final, Op. 52, de la que terminó los dos primeros movimientos.
Por fin, al año siguiente, 1842, pudo acometer las anheladas obras de cámara y en una etapa ciertamente milagrosa por la inventiva y capacidad de trabajo, logró poner fin a cinco grandes composiciones de cámara: los tres Cuartetos de cuerda, Op. 41, en La menor, Fa mayor y La mayor, respectivamente, finalizados en los primeros meses de aquel verano con febril y al tiempo dichosa entrega. Para contrastar con el mundo dulcemente y nostálgico de su vertiente Eusebius, Schumann pasará a ser el vivaz e impulsivo Florestán al contar con el piano en las dos obras restantes: el Quinteto con piano, trazado entre septiembre y octubre, y el Cuarteto con piano que abre este el ciclo.
El Cuarteto con piano, Op. 47 nos obliga a reconocer el esfuerzo realizado por Schumann para consolidar unos conocimientos de armonía y contrapunto que solo poseía de modo precario, pues sus estudios de música se habían mezclado con los jurídicos en los años de Leipzig y de Heildelberg. Poco después de su matrimonio comenzó a sentir un fuerte deseo de entrar en terrenos musicales más ricos y complejos. La carrera como concertista de Clara le obligaba. No quería convertirse en el marido de una pianista célebre sino en el gran compositor de Alemania, para lo cual necesitaba huir de los estímulos externos -literarios, filosóficos, sentimentales, paisajísticos- que, por otra parte, tantas pequeñas maravillas habían generado. Necesitaba centrarse en el estudio concienzudo de las ciencias de la Música, sobre todo en el contrapunto, que había desdeñado por ser un arma peligrosa para su fantasía, traducida por una capacidad de respuesta a cada pequeña sensación y una intuición armónica realmente prodigiosa. Se puso por ello a estudiar la gran música de cámara de Haydn, Mozart y, sobre todo, Beethoven, cuyos últimos cuartetos eran páginas sagradas para él.
Seis meses después del nacimiento de su primera hija, en febrero de 1842, Clara inició una gira de conciertos que la llevaría a Hamburgo y Copenhague. Robert le acompañó hasta la ciudad alemana, pero regresó a Leipzig para continuar estudiando y trabajando en unos cuartetos de cuerda que le bullían en la cabeza. Había pasado mal los dos primeros meses del año, melancólico, deprimido, bebiendo más de la cuenta. Los preparativos de Clara para la gira le trastornaban. Clara continuó sola el viaje a Dinamarca, donde haría amistad con Hans Christian Andersen. Pasó dos meses en Copenhague, donde fue muy agasajada. Mientras, en su casa de Leipzig, Schumann anotaba en el diario: "He cometido una gran tontería dejándote alejarte de mí, cada vez me doy más cuenta de ello. ¡Que Dios te devuelva felizmente a mí! Esperándote cuidaré de nuestra hijita. La separación me hace sentir de nuevo la rara anomalía de nuestra situación. ¿Debo descuidar mi talento para acompañarte en tu viaje? Y tú, por otro lado, ¿debes abandonar lo tuyo porque yo esté encadenado a mi revista y a mi piano? Hemos hallado una solución: que lleves una compañera de viaje, mientras yo regreso a mi trabajo junto a nuestra niña. Pero, ¿qué dirá la gente? Estos pensamientos me atormentan. Hace falta que hallemos un medio de desarrollar nuestros dos talentos. Sueño con América. ¡Horrible decisión!".
En ese estado de ánimo, Schumann inicia la composición de sus tres magníficos Cuartetos de cuerda, Op.41. Los resultados le convencen y entra en un período de euforia que le conduce a un trabajo agotador, gracias al cual pone fin a estas obras magníficas, en especial el Cuarteto número 3 en La mayor, tras el que asoma la figura tan querida de Clara, la esposa "amante y dulce". Cuando ella está lejos, "la casa parece silenciosa y como muerta ...", apunta en su diario.
En agosto se tomaron unas cortas vacaciones y viajaron hasta Bohemia donde Clara, gracias a su prestigio y amigos vieneses, consiguió que Metternich los recibiese en su castillo. Se dice que Schumann se sintió tan intimidado ante el personaje del príncipe, que cuando este le tendió la mano al despedirse, no fue capaz de responder. Pensamos si el Schumann revolucionario rehusó el aparentemente cordial apretón de manos a quien había reprimido sin contemplaciones los movimientos democráticos de diferentes naciones europeas, entre ellas España. Poco tiempo le quedaba al duro ministro imperial para gozar de su gran castillo. La revolución de 1848 le enviaría al exilio en Gran Bretaña.
Al regreso de las vacaciones Schumann, sin dejar la música de cámara, decidió volver a su instrumento favorito. Inició la composición de un Quinteto para piano y cuerdas que estaba inspirado por Clara y a ella dedicado. Era como un pequeño concierto para piano que Clara podría tocar en casa con amigos músicos de la orquesta de la Gewandhaus. Pero antes de poner fin a esta obra maestra, empezó a sentirse inquieto y triste. No dormía apenas y la causa era que otra obra iba tomando cuerpo en su mente. Arrebatado por un impulso desbordante comenzó el 24 de octubre su composición y puso fin a la partitura la última semana de noviembre. La tonalidad es la misma del Quinteto, Mi bemol mayor, pero ahora optó por eliminar un violín y convertirlo en cuarteto con piano. La crítica ha comparado ambas obras con frecuencia, siempre en detrimento del Cuarteto, Op. 47, considerando que le falta la espontaneidad del Quinteto, Op. 44 y el piano es demasiado predominante en el curso del Cuarteto. Sin embargo ya somos muchos a quienes el Cuarteto nos parece una obra tan importante y conseguida como aquel, incluso más honda y ambiciosa.
El primer movimiento se inicia con un breve y muy delicado "Sostenuto assai" que da paso a un "Allegro ma non troppo", en forma sonata, muy brillante y un poco mendelssohniano, aunque el primer pasaje lento rememora el clima más profundo de los últimos cuartetos de Beethoven.
El segundo movimiento es un "Scherzo" con el sello ágil y gracioso de Mendelssohn, evocador de gnomos y trasgos del bosque. Pero tiene dos tríos donde el estilo de Schumann, su melodismo o, como se aprecia en el segundo trío, sus armonías irisadas, afloran.
La más nostálgica de las sensaciones nos invade en el tercero, un sencillo y bellísimo "Andante cantabile" que debe contarse entre las melodías más tristes e inolvidables del Romanticismo. El acompañamiento, por instantes protagonista, del piano, arropa la melodía en disonancias que no están lejos del arte de Fauré.
Magnífico es también el "Vivace" final, en Mi bemol mayor, cuyo tema recuerda al del "Allegro ma non troppo" inicial de la obra. El segundo tema, expuesto por el violonchelo, tiene el inequívoco sello de la casa. El movimiento, amplio y de rara disposición formal, libre y abierta, pone en evidencia los progresos de Schumann en el contrapunto y su mayor capacidad para los desarrollos a la manera de Beethoven en movimientos similares. La coda es exultante, como la del Quinteto, acabándose la obra con el segundo tema del movimiento.

Brahms: Quinteto Op. 34a
Johannes Brahms cultivó la música de cámara, con piano y sin piano, durante toda su vida. El magnífico Trío en Si mayor, Op. 8 lo compuso con veinte años y Schumann pudo disfrutar de él antes de ingresar en el asilo de Endenich. Pues bien, dos años antes de su muerte publicaba, en 1895, las dos Sonatas para clarinete (o viola) y piano, tesoros para los buenos aficionados. Habían transcurrido más de cuarenta años desde el Trío, Op. 8, pero el gran lírico del post-romanticismo alemán seguía dictando sus lecciones de humanidad y poética belleza. Las tres sonatas de violín, las dos de violonchelo, los tres tríos con piano, los tres cuartetos, dos quintetos y dos sextetos de cuerda, los Cuartetos con piano, el Quinteto de clarinete y el Quinteto con piano, son buena prueba de una incansable actividad camerística, sobre todo si tenemos en cuenta la tremenda criba a la cual sometía este tipo de composiciones. Se sabe que destruyó muchas partituras de cámara y en el origen mismo del Quinteto en Fa menor, Op. 34 encontramos una de ellas.

En efecto, el Quinteto Op. 34 pasó por diversas vicisitudes antes de llegar a ser lo que es. En su forma definitiva tuvo una decisiva intervención Clara Schumann, convencida de la necesidad de que un Quinteto de cuerda en Fa menor que Brahms le había enviado exigía, en muchos momentos, la participación del piano. Brahms utilizó el material de su Quinteto para crear la conocida "Sonata para dos pianos en Fa menor", Op. 34b. Una errónea designación porque, al haber destruido el Quinteto años después, la "Sonata" tendría que haber llevado el núm. 34 de opus y no el 34b. Es correcto, sin embargo, el núm. 34a para el Quinteto con piano en Fa menor que cierra el programa de hoy, ya que Brahms lo elaboró después de haber completado la Sonata y, como hemos dicho, a instancias de Clara Schumann. Una vez acabada esta última versión, Hermann Levi, el célebre director de orquesta que actuó en Madrid a fines del siglo XIX, dijo: "El Quinteto es enormemente bello; quien no lo conozca en sus formas anteriores de quinteto de cuerda y de sonata, no creerá que fuese pensado y escrito para otras combinaciones instrumentales".
El primitivo quinteto de cuerda, hoy desaparecido, causó el entusiasmo de Clara cuando recibió de Brahms (siempre impaciente por conocer su opinión) los tres primeros movimientos: "No sé como reflejar toda la alegría que me causó tu quinteto. Lo he tocado una y otra vez. Tengo lleno el corazón. Cada vez lo encuentro más bello, más maravilloso. ¡Qué fuerza interior, qué riqueza!".
Sin embargo, Richard Specht aseguró que la obra albergaba alguna de la "música más sombría que Brahms haya escrito jamás", posiblemente pensando en los dos movimientos iniciales. El primero es un "Allegro non troppo" en forma sonata, construido con gran solidez sobre tres temas. El juego dialéctico de cuerdas y piano puede parecer trágico, un tanto beethoveniano, pero no deja de tener brillo y energía, apaciguada en los parajes líricos. El primer tema es presentado al unísono y se impone dentro del conjunto del movimiento. El segundo tema es más extenso y melódico, mientras el tercero destaca con su ritmo.
El "Andante, un poco adagio" posee un lirismo casi schubertiano. Brahms nos traslada al mundo oscuro y onírico del Mar del Norte a través de un tema largo y único, con varias ramificaciones secundarias. El primer violín, la viola y el piano son los encargados de exponerlo sobre los "pizzicati" del violonchelo. La textura es densa, con su intercambio de ritmo y melodía, pero la expresividad que se alcanza es intensa. El tercer motivo secundario es el que introduce la coda.
Sigue un "Scherzo" durante el cual se mantiene el clima sombrío del "Andante". El constante cambio rítmico le otorga un aire fantástico, así como lo extraño y caprichoso de sus tres temas, según Claude Rostand misterioso y jadeante el primero, de carácter heroico el segundo e intrépido y triunfal el tercero. El trío se inicia con el tema, muy noble y de carácter popular. El episodio central, lírico y meditativo, da paso de nuevo al tema que inicia el movimiento.
El final se presenta en tres secciones. Una primera "Poco sostenuto", a modo de introducción, a la que sigue el "Allegro non troppo" meollo del extenso movimiento (casi tan largo como el primero) y que es una mezcla de sonata y rondo. Una especie de intermedio nos lleva al pasaje conducente a la sección final, "Presto non troppo", sobre dos temas que parecen relacionarse con los del "Allegro" precedente. El dramatismo, ya anunciado por el enigmático arranque del movimiento, antes de llegar al tema del "Poco sostenuto", va en aumento, pero desemboca en una coda enérgica y alegre, un final ciertamente grandioso por su impulso y cuyo contrapuntismo sitúa la partitura del Quinteto entre las más importantes del siglo XIX. La primera audición del Quinteto en Fa menor tuvo lugar en Baden Baden ante su dedicataria, la princesa Anna de Hesse, en 1864.

      1. Robert Schumann (1810-1856)
      1. Cuarteto en Mi bemol mayor para piano, violín, viola y violonchelo, Op. 47
      1. Johannes Brahms (1833-1897)
      1. Quinteto en Fa menor para piano, 2 violines, viola y violonchelo, Op. 34a