(II) Ciclos de Miércoles El piano de Enrique Granados

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el
Antoni Bessés, piano

SEGUNDO CONCIERTO _________________________________________________

Cuentos de juventud
Pertenece por completo a la etapa más romántica, dentro de serlo toda su obra, de Enrique Granados. Puede conducir a engaño la asignación en el catálogo del número 1 de Opus. Se trata, sin duda, de fruto mucho más avanzado en el tiempo, compuesto entre 1902 y 1906, muy afín a los Bocetos, de la misma época, y dedicada al primogénito de los hijos, Eduardo, sobre cuya condición musical ya se habló y al que se debe la melodía del primer número.

Granados titula esta serie, lo mismo que los Bocetos, «colección de obras fáciles para piano». Por encima de que lo sean más o menos, se imponen el atractivo y encanto de unos pentagramas incluso de más entidad que otros posteriores.

Se inicia el ciclo con una Dedicatoria, tiempo «andantino» de espíritu parecido al de las Escenas infantiles, de Schumann, verdadero modelo e ideal.

La mendiga es una miniatura musical de frase doliente que busca para su lento curso el doble contraste de períodos avivados.

Es grande el valor pianístico y de frase, de modulación y línea en la Canción de Mayo. Sería posible encontrar cierta similitud con músicas de un Fauré primitivo.

Vuelve Schumann a estar próximo en Cuento viejo, bello motivo para un coral.
El espíritu fragante del «allegretto tranquilo» que lleva por título Viniendo de la fuente, nos habla de melodismos que podrían ser populares o al menos tienen dicho clima.
Como en las Escenas románticas, emplea Granados unos asteriscos para encabezar un Lento con ternura de melodía muy simple, de sencilla glosa y armonización sobria.

En ritmo «poco lento» desgrana un Granados espiritualmente unido a Schumann en Recuerdos de la infancia.

El fantasma no se nos aparece nada temible, más bien bonachón, pese a los toques de llamada del «allegro enérgico».

Reclama Granados para La huérfana: «poco lento y de una interpretación sencillísima». Teme el músico a todo intento de afectación o drama. En la orfandad no hay tragedias aparentes.

La Marcha de clausura es un «allegro humorístico», saltarín. Apostillaba Granados: «Marcha del rey cojo».

Impromptu
Granados dedica esta obra al discípulo, colega y amigo Frank Marshall hacia 1900. Se trata de un «allegro assai» romántico, pianístico, brillante, muy virtuosista, que se desarrolla con cierto clima de variación.

Tienen particular valor sus acordes y debe resaltarse el interés del «legato».

En la busca de proximidades -afinidades en lo espiritual, que no en la letra- diríamos que Granados se ve influido por Federico Chopin, otro de los músicos a quienes rinde permanente culto.

Dos danzas españolas
Nos reencontramos con la colección de danzas españolas para escuchar dos de ellas, posiblemente de las que figuran con razón entre las más populares: las número cuatro, Villanesca, y siete, Valenciana o Calesera.

La cuarta danza, conocida por Villanesca, en designación aceptada por el autor y aplaudida por Felipe Pedrell, ¿puede conceptuarse como rústica danza de villanos? Sólo si se admite una rusticidad en la que el trámite no carece de importancia, porque el tema, reiteradamente utilizado, tiene siempre una rúbrica galante. Un Re se constituye como el «leit motiv», la cantinela peculiar. Por lo demás, si en la poesía rústica la «villanesca» ve las diversas estrofas cerradas por un estribillo, Granados respeta la costumbre en su música. La canción y el estribillo, escritas en el modo antiguo, rezuman arcaísmo. La pompa del propósito quizá choque un tanto con el espíritu ligero. Un matiz de polifonía con resonancias del pasado nos capta en esta danza, dedicada a T. Tasso.

La dedicatoria de la séptima danza (Valenciana), sin duda la personalmente predilecta y de la que Alicia de Larrocha brinda una hermosa creación, no sólo reza el nombre del destinatario, sino que precisa la voluntad de la ofrenda: «Homenaje a César Cui». Se trata de una jota, la más estilizada de cuantas emplea Granados en sus pentagramas. Alguien apuntaba que el acompañamiento, más que de guitarra parecía de bandurria. Cabe pensar en una sutil rondalla, en un conjunto de instrumentos servidores de la gracia y la suavidad. El adorable dibujo de fondo tiene viveza permanente. La copla se presenta con intermitencia, como entrecortada. Elegancia y unidad, tersa línea y pulcra forma, léxico depurado y gracia de fondo prestan relieve a la obrita, que en sus finales cambia el «allegro airoso» por un tiempo «andante», quizá en busca del mayor detenimiento para la evocación postrera. Granados modificó los últimos compases hecha ya la edición. Por ello es, sin duda, la ortodoxa clausura aquella que, fiel a las indicaciones hechas por Marshall, fuente directa, siguen los pianistas de su Academia, de acuerdo también con una grabación del propio Granados.

Valse de concert
Su número 35 de Opus coincide con Paisaje, problema, ya se dijo, que se presenta más de una vez con la herencia de Enrique Granados. Nos hallamos ante una obra sin duda menor, algo impersonal, muy unida al recuerdo e influjo de Chopin, de un virtuosismo brillante y un desarrollo un poco extenso en relación al contenido.

Valses poéticos
Catalogados como obra 10 entre las del compositor, se trata de frutos juveniles, puede ser que de 1887. En realidad formaban parte de un todo mucho más amplio -Cartas, Valses de amor- y son el resultado de una selección hecha por Granados para ofrecerlos en dedicatoria «A mi amigo Joaquín Malats». En la primera edición de 1887 constaba otro nombre. Lo borra el autor en el ejemplar que envía al famoso pianista y escribe: «Esta obra va dedicada a ti, Joaquín. El otro nombre no vale».

Músicas al ritmo del 3/4, muy chopinianas al decir de Henri Collet, sin que falten conexiones schubertianas pero tampoco el sello personal, aun tratándose de fruto muy tempranero. Lo que, en cambio, no parece razonable es que se consideren especialmente representativos. El conjunto de los Valses poéticos se integra por un Vivace molto introductor, los siete valses y un Presto final en el que se recuerda expresamente el tema del primero de los citados valses.

Pentagramas de claridad y brevedad sumas, nos limitamos a reproducir las indicaciones que los encabezan: Melódico. Tempo de vals noble. Tempo de vals lento. Allegro humorístico. Allegretto elegante.  Quasi ad libitum.  Sentimental y vivo. Coda: presto y tempo del primer vals.

Goyescas
(I Cuaderno) (El pelele)
De la colección de «Majos enamorados» de estas Goyescas, cumbre del pianismo español, han sido seleccionadas para este programa las dos primeras partes del cuaderno inicial y el apéndice de El pelele. Hablemos sobre ellas con brevedad.

Los requiebros se dedican a Emil Sauer y están construidos sobre dos motivos fundamentales adoptados de la Tirana de Trípili. Las indicaciones son abrumadoras. Nos vemos inmersos en un mundo contrapuntista en cuyo polifonismo pueden llegar a enmarañarse el garbo y donaire que se demanda. Triunfa la tonadilla. La plenitud expresiva se alcanza en el «Allegro con fuoco», en el que utiliza la frase de la Tirana de contagiosa fuerza: «¡Anda, chiquilla!». Los temas son cortos. El ritmo, de jota. Las frases quedan entrelazadas con maestría; la melancolía es sepultada por raudales de optimismo. El final es de gran efecto: como en el comienzo, sentimos la impresión de asistir a un discurso improvisado.

Para el Coloquio en la reja solicita Granados «todos los bajos imitando la guitarra». En el piano, las notas graves han de obtenerse con dulzura, ligadas y expresivas. La copla canta sin trabas su pasión. La maja recibe las frases amorosas del galán. Rasgueos y punteados guitarrísticos dejan paso a la copla. Lo vocal y lo instrumental parecen ya presentes en el piano.

La colección de Goyescas recogida en los dos cuadernos tiene un complemento, coda, en el campo del piano; después, arranque para la ópera El pelele. Sería difícil destacar, en expresiones ayunas del grafismo peculiar de la música misma, lo que supone este maravilloso apunte de garbo y virtuosismo. Cascadas, torrentes cascabeleros, trinos en ambas manos, castañeteo de xilófono, ritmo de impele a sensaciones saltarinas, optimismo permanente, color, brillo, plenitud..., y dificultad. En ocasión del estreno de la ópera en Nueva York, preparaba un recital Granados en su hotel. Enfrascado en el estudio, no se dio cuenta de la entrada de su discípula Paquita Madriguera. Él tocaba y cantaba El pelele con una letra hecha de interjecciones, palabras malsonantes y tacos. Vio, por fin, a la sorprendida discípula: «Pasa, hija, pasa: estos piropos se los dedico al autor de la música por lo difícil que la escribió.»

      1. Enrique Granados (1867-1916)
      1. Cuentos de la juventud, Op. 1
      2. Impromptu, Op. 39
      3. Danzas españolas, Op. 37: Nº 4 Villanesca
      4. Danzas españolas, Op. 37: Nº 7 Valenciana o Calesera
      5. Valse de concert, Op. 35
      6. Valses Poéticos
      7. Goyescas o los majos enamorados (volumen I): Los requiebros
      8. Goyescas o los majos enamorados (volumen I): Coloquio en la reja
      9. El Pelele. Escena goyesca