(I) Ciclos de Miércoles El recuerdo de la infancia

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Julián López Gimeno, piano

PRIMER CONCIERTO _________________________________________________

Es en el piano alemán de la primera mitad del siglo XIX, y con él en las grandes figuras de Mendelssohn y Schumann, donde encontramos la quintaesencia del más intimista sentimiento romántico: la pieza corta como sutil expresión de la emoción más profunda, la forma subordinada al motivo, el gran anhelo del todo poético. No es de extrañar que sean precisamente estos dos autores quienes inicien, den consistencia y perpetúen los ciclos poéticos, las agrupaciones de piezas bajo una idea común, caleidoscopios sonoros con los que se hallaban absolutamente identificados.
Tampoco debe extrañarnos que sea entonces cuando surja una auténtica necesidad de acercamiento al mundo de la infancia. Los miedos, las angustias, la ingenuidad, los temores, la impaciencia, la fragilidad de los niños removerán profundamente las más sensibles fibras de los artistas románticos exhortándoles a escribir magníficas y originalísimas músicas.
La evocación delicada y dulcemente nostálgica de paraísos ya perdidos que encierran las Escenas infantiles, Op. 15, las miradas hacia atrás, a un tiempo de inocencia, los recuerdos bañados de poesía que inspira en el adulto un mundo infantil imaginario, serán los puntos de partida de toda una serie ininterrumpida de músicas cuyos autores, sin perder esta referencia schumanniana, explorarán para nosotros nuevas maneras de aproximación a la edad dorada de Novalis.
Schumann reveló la naturaleza poética de su lirismo instrumental encabezando con títulos sugestivos sus piezas para piano. Entre las Escenas infantiles y el Album de la juventud contamos con 56 exquisitas páginas de la mejor música para piano de su tiempo, que conforman todo un corpus sentimental: ¡Pobre huérfano!, Junto a la chimenea, El campesino alegre, Ensueño, El primer disgusto, Súplica infantil, El escondite, Invernal... Estos títulos no son sino testimonios de las pinceladas poéticas de su música. Aunque parezca a primera vista que nos encontramos ante una obra descriptiva, no es así. Lo que queda de ella en nosotros es el alto valor artístico de su vehemencia romántica.
El mismo Schumann decía: Me ha parecido vulgar y pedestre lo que H. Rellstab dice de mis Escenas infantiles. Parece que cree que me he rodeado de un griterío de chiquillos y he escrito las notas así. Es precisamente todo lo contrario, aunque no niego que una visión de cabecillas infantiles parecía rodearme mientras las escribía. Los títulos surgieron después y no son, en realidad, más que indicaciones para establecer mi pensamiento y para guiar al intérprete.
Hay quien piensa que si Mendelssohn hubiera puesto títulos pintorescos a sus Piezas para niños, Op. 72 -que en algunas ediciones figuran con el nombre de Piezas de Navidad-, hubieran sido sin duda tan conocidas como las de Schumann. En cualquier caso, Romanzas sin palabras son, y como tales genuinas transposiciones de canciones abreviadas al piano, condensaciones de íntima poesía que surgen con suma naturalidad, evitando los comentarios y desarrollos. Las melodías no tienen la amplitud de las de Schumann, son finas cantinelas realizadas con espíritu de miniaturista y con acompañamientos muy expresivos.
Al igual que el Album de la juventud, estas Piezas para niños son didácticas: tratan aspectos concretos de la técnica elemental del piano (distintos ataques, legato melódico, planos dinámicos diferenciados, etc.) pero, y de ahí su valor, siempre como recursos para conseguir la expresión de una idea musical. Ideas, por ende, de tan alto interés que sobrepasan el estricto objetivo didáctico de las obras..
Otro caso bien distinto es el de los ciclos Amor de los niños, de Theodor Kullak, y Días de juventud, de Richard Krentzlin. Ambos, más herederos del piano de Mendelssohn que del de Schumann, están formados por diminutas construcciones perfectamente resueltas, sin duda, desde el punto de vista pianístico, si bien son enormemente académicas. Efectivamente, están compuestas sin pretensión alguna y destinadas a conformar un variado repertorio didáctico para el piano elemental -no en vano Kullak, y en menor medida Krentzlin, fueron grandes profesores de dicho instrumento-. En los dos casos, el mundo de los niños está visto desde fuera, sin compromiso, desde el lugar del maestro -no del compositor- que atiende más a resolver dificultades que a encerrar nuevas expresividades en su música.
Las 12 piezas de Kullak -autor de una buena colección de obras didácticas para el piano, así como de unas Escenas de la vida de un niño, Op. 62, de un corte similar a la que comentamos- destilan ese inconfundible ambiente de polvorientas músicas de otra época que se hallan ancladas en ella. Evidentemente, lo dicho no impide que podamos saborear con sumo gusto los delicados arpegios de Sueño de ángeles, la finura tradicional de Apertura de baile e incluso nos pongamos risueños con los trinos de Ruiseñor en el arbusto o los dúos de trompas de Los pequeños cazadores.
Las Diez piezas características del que fuera discípulo de Kullak, Richard Krentzlin, son todavía más elementales tanto en su ejecución como en su fondo estético. La ausencia de sorpresas nos instiga, casi sin quererlo, a adivinar lo que ocurrirá una vez oídas las primeras notas de cada una de las piezas. No son sino inocentes cancioncillas infantiles que, traspasadas al piano directamente, poseen el encanto de ser hermanas de las agradables -cuando menos- músicas de salón, de haber sido miles de veces ejecutadas por una infinidad de niños en cálidos ambientes familiares. Poco importa que el tipo de modulación sea siempre idéntico, que se repita la forma melódica...: la carga musical que entra en juego en estas páginas es bien distinta al resto de las obras de este concierto. En éstas se trata solamente de enseñar agradando.
En el polo opuesto se sitúan las piezas pertenecientes a los cuatro volúmenes del ciclo Mi diario, de Max Reger, compuesto entre 1904 y 1912. Aquí el compositor no sólo tiene muchas cosas que contarnos, sino que además, como consecuencia de su voluntad de esquematizar el lenguaje, la música gana en ligereza, la armonía queda más insinuada, menos evidente, y las melodías no pierden un ápice de frescura pese a que atraviesen lejanas tonalidades. Todo ello sin dejar en ningún momento de ser el mejor Reger, tanto en el saltarín y frágil Moderato, con su fluctuante Gavota central, como en el lírico y chopiniano Andante inocente, ambas seleccionadas para este concierto de entre las 35 piezas que constituyen el ciclo.
Las nuevas atmósferas, las rápidas progresiones armónicas, el gran amor hacia la más pura música de Bach, en suma, el sustancial progreso que Reger infirió a la música de su tiempo, se consumó años después en manos de Schoenberg con propuestas atonales y, fundamentalmente, con su sistema de doce sonidos. Uno de los más preclaros y geniales manipuladores de ambos medios compositivos, el sin par Anton Webern, se encontraba en 1924 a punto de sumergirse en las mencionadas aguas dodecafónicas por primera vez. Justamente en el momento de hacerlo con sus Canciones sobre textos populares, Op. 17, compuso una de sus sublimes miniaturas, Pieza para niños, donde ya utiliza una serie de doce sonidos de carácter cromático. En poco más de un minuto, Webern es capaz en esta piecita de cautivarnos con su aplastante claridad, lógica y brío musical, con su sonido desnudo desafiando al silencio. Un ejemplo de concreción y de arte en estado puro.
El manuscrito de esta obra fue descubierto, junto a otras del propio Webern, en 1965, veinte años después de su muerte. Parece ser que tenía intención de componer todo un ciclo de piezas seriales para piano dedicadas a los niños, cosa que desgraciadamente no ocurrió. Una catástrofe así la consideramos comparable a que Schumann sólo hubiera escrito una de sus trece Escenas infantiles. Somos muy afortunados de que tal cosa no sucediera.

      1. Felix Mendelssohn (1809-1847)
      1. Kinderstücke, Op. 72
      1. Richard Krentzlin (1864-1956)
      1. Aus dem Jugendlande (10 piezas características)
      1. Theodor Kullak (1818-1882)
      1. Kinderleben Op. 81
      1. Robert Schumann (1810-1856)
      1. Álbum para la juventud, Op. 68 (selección 4 piezas)
      2. Kinderszenen Op. 15
      1. Anton von Webern (1883-1945)
      1. Kinderstück (1924)
      1. Max Reger (1873-1916)
      1. Aus meinem Tagebuch (Páginas de mi diario), Op. 82