(II) Ciclos de Miércoles El recuerdo de la infancia

(II)

  1. Este acto tuvo lugar el
María Aragón, soprano

SEGUNDO CONCIERTO _________________________________________________

Con el acertado programa de este concierto vamos a tener la oportunidad -desde luego infrecuente- de obtener una clara idea del importantísimo papel que representan en el mundo de las canciones aquellas que han sido inspiradas, de una u otra forma, por la infancia. En primer lugar por su atinada selección, que incluye tres ciclos fundamentales -muy contrastados y, a su vez, enormemente complementarios: un esmerado ramillete de canciones de cuna hispanas; cuatro compositores españoles de nuestro siglo; y, por fin, al gran Mozart, cuya presencia siempre es recibida con regocijo-. Y en segundo lugar, porque las variadas músicas y textos que vamos a poder seguir y escuchar muestran distantes puntos de vista desde los que han partido poetas y músicos, enfocando la imagen de la infancia con mayor o menor distancia, distorsión o realismo.
Por otra parte, para ser plenamente disfrutado, este amplio panorama de canciones exige de nosotros, más que nunca, que nos situemos ante él con una fina y ágil sintonía que nos permita pasar, como ocurre con los niños, de un estado de ánimo a otro en brevísimos instantes: de las primaverales canciones de Mozart (publicadas por Ignaz Alberti, uno de los hermanos masones de Mozart, en 1791 dentro de su Colección de canciones para niños) a las sonrientes de Poulenc para, de súbito, encontrarnos con la muerte en Mahler; del descarnamiento moussorgskiano a la delicadeza de las nanas y a acabar tarareando sencillas melodías con García Abril. Toda una vuelta al mundo de la infancia en 28 piezas musicales.
De entre los ciclos de canciones compuestos hasta la fecha, el que sin duda aporta mayores novedades en cuanto a su relación con el tema que nos ocupa es El cuarto de los niños, de Moussorgsky. En estos siete auténticos dramas en miniatura, Moussorgsky capta con milagrosa exactitud la sustancia infantil, su espontaneidad, sus reacciones peculiares, tantas veces inesperadas, y nos la muestra a través de las aventuras y emociones del cotidiano existir de Michenka con la más absoluta sencillez libertad y economía de procedimientos, lo que no le impide alcanzar una intensa expresión en todo momento. De esta manera, con suma naturalidad, entramos de lleno en la vida del niño, vivimos sus ruegos hacia el aya para que le cuente historias, sus castigos y lloros, el encuentro con el insecto, el acunamiento de la muñeca... Con una novedosísima manera de declamar, con cortos fragmentos melódicos que se adaptan como un guante al ritmo de las palabras, con inflexiones vocales transcritas con enorme realismo, Moussorgsky -que se encontraba por entonces enfrascado en su Boris Godunov- consigue un magistral ciclo de canciones que, sin ser en absoluto intelectual, pasará a ser imprescindible en la evolución de la canción.
Bien poco infantiles son, sin embargo, las escritas por Rükert y musicadas por Mahler Canciones para los niños muertos. Las circunstancias que envuelven esta creación son muy especiales: el poeta había perdido dos hijos, cuya muerte le inspiró una buena colección de versos; y Mahler, no se sabe si movido por un recuerdo de cuando era pequeño (dos hermanos suyos también habían fallecido a temprana edad), seleccionó los cinco mejores poemas, sobre los que se puso a trabajar en 1901. El resultado, una música pesarosa, de una fúnebre gravedad, de un resignado dolor que muestra lacónicas melodías impregnadas de lirismo. Mientras componía la última de estas canciones, Alma, su mujer, mostraba su disentimiento: Lo que no puedo comprender es que se llore la muerte de hijos que gozan de perfecta salud y vida, apenas una hora después de haberlos besado y acariciado. Por favor, no tientes a la Providencia. Cinco años después moría la hija mayor de ambos de difteria: curiosa y macabra premonición de ese mundo mahleriano que sólo incorporó la infancia para hablar de la muerte o del Paraíso.
Distanciado en el tiempo, y más todavía en la manera de enfrentarse a un proyecto creativo, en 1961 compone Francis Poulenc La paja corta, el último de sus más de 20 ciclos de canciones. El canto del cisne de uno de los más grandes compositores de canciones de nuestro siglo no puede ser más optimista, relajado y poético. Hay que cantarlas con cariño, dice Poulenc refiriéndose a este ciclo. En esas palabras parece percibirse un deseo por parte del autor de que tanto el intérprete como nosotros, los oyentes, buceemos entre las onomatopeyas, las rimas cacofónicas, los muchos guiños y detalles de humor que el universo infantil tiene y que están fielmente reflejados en los poemas de Careme, a los que sirvió con la mejor de las músicas.
Como Poulenc, Mozart compuso en la recta final de sus días sus tres últimas canciones profanas -antes de adentrarse en la Flauta mágica- para que figuraran en una recopilación de canciones para niños. Aunque los textos de Sturm y Overbeck hablen de primaveras y juegos, la música que les puso Mozart no es «especialmente» infantil, si bien tampoco deja de serlo. Su sencillez y su deliberada vena popular son características de esa gran paradoja que es Mozart: es precisamente en los últimos meses de su vida cuando podemos encontrar algunas de las músicas más llanas y menos amargas de su carrera. En estas tres preciosidades, compuestas en enero de 1781, descubrimos semillas schubertianas, recuerdos de arias de otras épocas, aromas de inocentes canciones de montaña... servido todo como sólo Mozart sabe hacerlo: ¡perfecto!
La canción de cuna (nana, berceuse, wiegenlied) es, de entre todos los géneros de canciones, el que tiene más honda raíz popular. La canción delicada y amorosa que la madre canta a su niño mientras le acuna es todo un filón de melodías que cada pueblo conserva y mima como un tesoro. El Romanticismo, que, evidente es, no podía dejar pasar por alto una muestra popular tan verídica y acabada de sentimiento puro, proporcionará a la literatura de la canción obras de una perfección incomparable, como son las firmadas por Schubert, Brahms, Moussorgsky y Strauss. En el siglo XX la nana, ya perfectamente ubicada y definida en su forma, destaca con inéditas creaciones de autor que van ampliando y matizando su campo. Un buen ejemplo son las cuatro seleccionadas para este concierto: el encantamiento, la magia, el suave y balanceante acompañamiento, la intuitiva metáfora de Guastavino; el compromiso sui generis ante el colonialismo de Montsalvatge; el auténtico grito desgarrado gitano de García Lorca; y la genial transformación armónico-instrumental de Falla. Cuatro formas distintas, en suma, de entender este tipo de canción intimista y afectiva por antonomasia.
En un recital como el presente no podían faltar unas genuinas canciones infantiles, y ahí están, cerrando el programa, dos de las diez que forman el ciclo de las compuestas por Antón García Abril sobre textos de Federico Muelas. Si éstas no son populares en su tradición, sí lo son en su propósito: tanto la serena En el agua del arroyo como la alegre, casi cómica, Pala y pico pueden ser canturreadas a la primera escucha; cualidad nada despreciable en este género, que precisa de mucho gancho por parte de los autores para atraer la atención de los niños, verdaderos destinatarios de ciclos como éstos.

      1. Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)
      1. Liedersammlung für Kinder und Kinderfreunde am Clavier
      1. Francis Poulenc (1899-1963)
      1. La Courte Paille (Maurice Carème)
      1. Gustav Mahler (1860-1911)
      1. Kindertotenlieder (F. Rückert)
      1. Modest Músorgski (1839-1881)
      1. El cuarto de los niños
      1. Xavier Montsalvatge (1912-2002)
      1. Cinco canciones negras: Canción de cuna para dormir a un negrito (I. Pereda Valdés)
      1. Federico García Lorca (1898-1936)
      1. Nana de Sevilla
      1. Manuel de Falla (1876-1946)
      1. Siete canciones populares españolas: Nana
      1. Antón García Abril (1933)
      1. Colección de canciones infantiles: En el agua del arroyo (Federico Muelas)
      2. Colección de canciones infantiles: Pala y pico (Federico Muelas)