(III) Ciclos de Miércoles El recuerdo de la infancia

(III)

  1. Este acto tuvo lugar el
Guillermo González, piano

TERCER CONCIERTO ___________________________________________________

La aparición de la figura de Claude Debussy significa un impulso fundamental para la renovación sonora del piano después de la decisiva que, décadas antes, había llevado a cabo Franz Liszt, desarrollada en distintas corrientes por Johannes Brahms y César Franck, Los nuevos recursos tímbricos, el misterio, la vaguedad, la disolución lineal y la imprecisión debussyana van a imprimir un sello inconfundible a la nueva música pianística a partir de ese momento crucial del devenir musical.
Es en París donde se encuentra el motor que estimula gran parte de la mejor música que por entonces se compone, y es allí, y no a otro lugar, adonde acuden jóvenes músicos para constatarlo e impregnarse de las nuevas corrientes estéticas que se fraguan -como es el caso de Federico Mompou, intermitentemente entre 1911 y 1941, y de Heitor Villalobos, de 1923 a 1927-, La influencia que Debussy tiene en todos ellos es innegable; su música abre renovados y exóticos caminos a todos aquellos que van en busca de un lenguaje personal a través del estudio de obras de los nuevos maestros.
Medio siglo después es todo muy distinto: la escuela de Viena ha marcado grandes giros en el lenguaje musical, y Bartok, entre otros, ha cambiado de base la relación entre el compositor y la música popular e infantil -por poner sólo dos casos-. Ambas corrientes entrarán en nuestro país con cuentagotas después de la guerra civil para explotar a partir de la década de los sesenta, y se decantarán en las obras de un conjunto de compositores entre los que se encuentran los dos que figuran, junto a los anteriormente mencionados, en el programa de hoy: Xavier Montsalvatge y Ángel Oliver,
Si en el siglo XIX fueron primero el piano de las Escenas infantiles, de Schumann, y después la voz en el Rincón de los niños, de Moussorgsky, los modelos de estudio para los que se propusieron afrontar una composición en relación con los niños, en la primera década del XX surgen dos obras de muy distinto signo que con el paso del tiempo se convertirán en auténticos clásicos del género: el Rincón de los niños, de Debussy, y Para los niños, de Bartok, Si ésta es una obra netamente didáctica -Bartok jamás pensó que este ciclo se llegaría a interpretar en concierto- aquélla no es música sobre niños, ni música para niños, sino música de niños (V. Jankelevitch), Debussy, que naturalmente tenía adoración por su única hija, nacida en 1906, compuso un grupo de piezas para piano con esta dedicatoria: Para mi querida pequeña Chouchou, con las tiernas excusas de su padre por lo que sigue. El título general y el de cada uno de los encabezamientos está en inglés, pues la niña tenía una institutriz inglesa, según la moda parisina de entonces. En esta música, Debussy no deja de ser el irónico articulista Sr. Corchea, y se encuentra tan a gusto componiendo, instalado en la habitación de su hija, que es capaz de parodiar los eternos ejercicios de Czerny y Clementi (Doctor Gradus ad Parnassum), de jugar con los elefantitos de Chouchou (Jimbo's Lullaby), con la muñeca (Serenade for the Dolly) e incluso llegar a reírse irreverentemente del comienzo del Tristán de Wagner (Golliwogg's Cake-walk), pieza esta última, por cierto, en la que además aparece por primera vez en la música culta un eco del ragtime, tan en boga por aquellos años en Norteamérica. Música, pues, a caballo entre ensueño y realismo, movida por la curiosidad y el cariño y resuelta con gran simplificación de medios.
Parecidos comentarios a muchos de los glosados en las respectivas obras de Debussy y Schumann puede suscitar la escucha de no sólo las Escenas de niños sino de toda la música de Mompou: refinamiento y sobriedad, virtudes de encantamiento, intimismo lírico, misticismo musical, sensibilidad, elegancia y distinción, personalidad silenciosa, ternura sin angustia ni queja, poesía del sonido, arte ingrávido y frágil... Ante la severa exigencia de esencializarlo todo, Mompou muestra la mayor concisión de su obra en su Música callada y en los cuadros que titula Escenas de niños. Las cinco páginas que componen esta admirable pequeña suite se proponen, según el autor, eternizar sus paseos de antaño por los alrededores de Barcelona. No se atiene a argumento alguno, son impresiones suscitadas por la observación de juegos infantiles, recuerdos de su infancia, reminiscencias de canciones populares. Gritos en la calle, Juegos y Niñas en el jardín son títulos significativos que, más que inducirnos a escuchar historias concretas, nos insinúan sensaciones revividas, rescatadas del pasado y convertidas en evanescente presente por medio de un arte seguro, desprovisto de artificio, sincero.
En 1918, el mismo año en que Mompou compuso sus Escenas, Villalobos sacó a la luz la primera serie de ocho piezas que, bajo el título de Prole do bebe, completaría con una segunda de diez tres años después. Pero la preocupación por componer música para niños ya la había tenido desde muy joven: a las dos Suites infantiles de 1912 le habían seguido las ocho páginas del Carnaval das crianças brasileiras, y llegaría a su culminación con la publicación de una Guía práctica de armonizaciones de temas infantiles y folklóricos brasileños para coro de niños con y sin acompañamiento, transcritos posteriormente al piano. La singular comparsa de muñecas del primer cuaderno de Prole do bebe -también llamado A familia do bebe- que el autor hace desfilar ante el piano le permite explotar con entera libertad ambientes y atmósferas insólitas e introducir cancioncillas infantiles de muy distinto rango, desde las más elementales a las más líricas. Es curioso observar en estas ocho piezas -que tan famosas llegó a hacer Rubinstein por todo el mundo- el refinado y novedoso lenguaje que ya por entonces Villalobos poseía en su tan amado y recóndito Brasil, pues aún faltaban cuatro años para su viaje a París, donde se familiarizaría con las nuevas músicas.
Montsalvatge, al igual que hiciera Debussy con su hija, dedicó una obra de piano a su hija Ivette. Esta vez no fue un ciclo de piezas con títulos sugestivos -como parece ser lo habitual- sino una clásica sonatina con sus tres tiempos perfectamente definidos: un fluido y cantarín primer movimiento, un circunspecto y expresivo moderato y una especie de rápida y percutiva tocata donde aparece el inevitable e internacional tema infantil que ya utilizara Mozart en sus famosas variaciones. Sonatina para Ivette, ni por su construcción, ni por su estilo se aproxima a lo que denominamos música para niños -sus dificultades de todo orden lo impiden-, pero, por otra parte, su frescura, agilidad e indudable calidad la han convertido en una de las obras pianísticas españolas más difundidas.
Por último, la selección de seis de las doce páginas que componen los dos cuadernos de Piezas sobre temas infantiles, de Angel Oliver, contienen un variado abanico de melodías que todos nosotros hemos cantado repetidas veces de pequeños. De todos modos, no son únicamente piezas infantiles, sino composiciones que, según cada caso, muestran muy distintas elaboraciones. Si sobre Estaba el señor don gato Oliver construye una fantasía, en Morito Pititón el trabajo compositivo es absolutamente libre; en unas está más trabajada la sutileza armónica, en otras aparecen cánones. En el conjunto de las doce piezas creemos advertir una clara pretensión didáctica de la que el autor no puede desprenderse por su condición de apasionado de los niños y de la enseñanza de la música.

      1. Angel Oliver (1937-2005)
      1. Piezas infantiles sobre temas populares españoles Vol. I
      1. Federico Mompou (1893-1987)
      1. Scenes d'enfants
      1. Claude Debussy (1862-1918)
      1. El rincón de los niños
      1. Heitor Villa-Lobos (1887-1959)
      1. Prole do Bebê nº 1 “As Bonecas”
      1. Xavier Montsalvatge (1912-2002)
      1. Sonatine pour Yvette