(I) Ciclos de Miércoles Violín moderno español

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Víctor Martín, violín. Miguel Zanetti, piano

PRIMER CONCIERTO
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    El cántabro Jesús de Monasterio y el navarro Pablo Sarasate constituyen, con sus muy diferentes tipos de carrera, la cima del arte violinístico español durante el siglo XIX. Monasterio se volcó en actividades docentes, organizadoras y promotoras dentro de su país; Sarasate optó por la carrera a la usanza del divo, individual y viajera. Monasterio es un nombre más entrañable para cuantos buceamos en nuestro pasado musical; Sarasate es más «sumúsica», que sigue presente en los recitales violinísticos. Así lo refleja este programa, con una buena muestra de la música del navarro y «la pieza» de Monasterio que dará pie para un nuevo recuerdo de lo importante que su figura fue.

    Don Jesús de Monasterio, nacido en Potes en 1836, niño prodigio tempranamente huérfano, bien aconsejado por su tutor viajó a Bruselas después de haber deslumbrado en Madrid, y recibió sólida formación de los maestros Lemens, Fétis, Gevaert y el mismísimo Bériot. En 1852, a los dieciséis años, recibió el Premio de Honor del prestigioso Conservatorio de Bruselas. Vuelto a España y tras una triunfal gira por Inglaterra y Escocia, ingresa con todos los honores en la Orquesta de la Real Capilla y es nombrado profesor de violín del Conservatorio madrileño (1857). En 1861 es sucesivamente aclamado en los principales centros musicales de Bélgica, Holanda y Alemania: en este país, después de señaladas actuaciones en la Gewandhaus de Leipzig y en la corte de Weimar, es seriamente tentado para establecerse como primer violín de cámara y director de los conciertos del Gran Duque de Sajonia-Weimar, puesto desde el que se hubiera codeado con Joachim y Liszt, pero pudo más la atracción de su país, donde casi todo estaba por hacer. Instalado en Madrid, Monasterio fundó óptima escuela de violín (ver la introducción a estas notas), publicó sus Estudios Artísticos, que fueron texto de los conservatorios de Madrid y Bruselas, fundó la Sociedad de Cuartetos (1863), que posibilitó la llegada a España de la mejor música de cámara romántica europea, y dirigió la Orquesta de la Sociedad de Conciertos (1869-1876) prosiguiendo e intensificando las labores pioneras de Barbieri y Gaztambide y aportando un rigor y disciplina interpretativas en la sección de cuerdas que, a buen seguro, transfiguró el nivel interpretativo del conjunto. Embebido en su multifacética labor, tuvo nueva ocasión para la renuncia de un interesantísimo cargo, pues el ilustre Fétis le propuso suceder a su antiguo maestro Bériot, fallecido en 1870, como catedrático de violín del Conservatorio de Bruselas. Don Jesús de Monasterio ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando al instituirse su sección de Música en 1873, fue nombrado director del Conservatorio madrileño en 1894 y condecorado con la Cruz de Carlos III y como Comendador de Isabel la Católica. Falleció en 1903.

    Su olvidada música -¿para cuándo la comprobación de si ello es o no justo procurando la escucha, por ejemplo, de su Concierto para violín y orquesta, que tanta admiración despertó en Centroeuropa?- está tímidamente representada por el nostálgico Adiós a la Alhambra, un adiós que, por cierto, fue punto de partida para la moda del «alhambrismo», que fue uno de los capítulos de las miradas un tanto exóticas hacia lo español desde Europa e incluso una práctica de algunos de nuestros compositores. Es anécdota significativa la admiración hacia esta página de Meyerbeer, quien acompañó como pianista a Monasterio cuando la dio a conocer en Berlín. Su perfecta escritura violinística y lo que tiene de testimonio de una época mantienen hoy esta música, que tantos oídos regaló en los salones románticos, a la espera de poder conocer lo que intuimos «otro» Monasterio, al menos de mayores ambiciones formales.


    La trascendencia de la aportación pianística de Enrique Granados (1867-1916) no permite establecer parangón con lo que supusieron sus incursiones, esporádicas aunque no tan escasas, en la composición teatral, vocal y camerística. En los primeros años del siglo, en aquella Barcelona del modernismo pujante y abierta, el gran pianista que Granados fue llevó a cabo colaboraciones artísticas importantes de cuyas vivencias se derivaron seguramente composiciones como las que hoy se presentan abriendo este concierto. Granados formó dúo coyunturalmente con violinistas de la talla de Juan Manén o Jacques Thibaud; preludiando lo que sería poco después un trío «estable» con Cortot, Granados hizo trío de cámara con el mencionado Thibaud y con Casals, y es importante recordar, a la hora de acercarnos a la olvidada música violinística de nuestro compositor, que estuvo vinculado también al gran violinista belga Mathieu Crickboom durante la etapa en que este discípulo de Ysaye trabajó en Barcelona como solista de la Sociedad Filarmónica y profesor del Conservatorio (1896-1905).

    La pequeña parcela violinística del catálogo de Enrique Granados la integran piezas breves en el espíritu del salón romántico: un Andante, una Romanza, la Serenata para dos violines y piano, más las dos obras con las que arranca este ciclo de conciertos. Los Tres Preludios no son ya piezas breves, sino auténticas miniaturas que responden a la evocación poética -o descriptiva en el caso del segundo- que confiesan los títulos; es música plenamente romántica que parece enlazar con concretos modelos del pasado, como el Album de la juventud de Schumann.

    Otro carácter presenta la Sonata o, mejor, el movimiento de Sonata que, con buen criterio, se dio a la edición (revisada y digitada por Luis Antón, como los Preludios). Buen criterio porque la escasez de música de cámara romántica «suficientemente» española y de suficiente calidad, no aconseja el exceso de rigor crítico ante páginas como ésta que, si bien no aportan nada sustancial al género, revelan la mano de un buen músico y no poca dosis de originalidad en cuanto a la inspiración melódica. Como ocurre con el Quinteto o con el Trío recientemente recuperado, esta Sonata incompleta de Granados es fruto de la postura estética de un compositor que sólo en su última etapa creativa y sólo en el ámbito del piano encontró una línea personal que tradujo en música perdurable y «exportable» el innegable talento que albergaba.


    Contemporáneo de Monasterio, Martín Melitón de Sarasate, quien se inmortalizaría con el más eufónico nombre de Pablo que adoptó, vivió entre 1844 y 1908. También niño prodigio, el navarro selló su formación en París con otro de los grandes maestros del violín europeo, Delphin Alard. Como ya se ha apuntado, Sarasate optó por una carrera con menos de «apostolado» y mayor fulgor concertístico, encandilando a los públicos europeos con su sonido purísimo, su intachable afinación y virtuosismo. Inserto plenamente en los usos de los grandes divos románticos de la interpretación, el maestro navarro regalaba con generosidad los fuegos de artificio que se le requerían y todo el encanto superficial de una España alejada, pero afortunadamente dio mucho más que eso. Como intérprete ofreció en multitud de ocasiones el bellísimo Concierto de Mendelssohn, acaso el que mejor cuadraba con sus maneras interpretativas de entre los grandes del repertorio, pero asimismo tocó con profusión el de Beethoven; no así el de Brahms, del cual, como se sabe, detestaba el coprotagonismo del oboe en el tiempo lento (¡!). Menos conocida es su actividad camerística (recordada por Gómez Amat en su libro sobre el siglo XIX de la Historia de la Música Española de Alianza Musical), que incluyó obras básicas de Schumann, Schubert y el propio Brahms. Y bien significativo resulta constatar la cantidad y calidad de obras contemporáneas que le fueron destinadas: para Sarasate compuso Max Bruch la Fantasía Escocesa y el Concierto núm. 1; Lalo, el Concierto en Fa menor y la Sinfonía Española; Saint-Saens, los Conciertos núms. 1 y 3 y la Introducción y Rondó caprichoso; Wieniawski, el Concierto núm. 2; Joachim, las Variaciones para violín y orquesta; Dvorak, la Mazurek Op. 49 para violín y orquesta... Sin duda es éste el mejor certificado de la musicalidad de buena ley que Pablo Sarasate poseía.

    Con ser notable la calidad de sus numerosas composiciones, siempre protagonizadas por el violín hasta relegar al acompañamiento a discreto segundo plano, la influencia de la música de Sarasate y de su propia figura de intérprete fue algo más allá de lo que albergan las propias partituras, pues la moda de las alusiones españolistas en tanta música europea de la segunda mitad del siglo tuvo en el genial violinista navarro un foco importante: Enrique Franco lo expresó de manera categórica al escribir que, en bastantes ocasiones, más que «españolismo» algunos compositores foráneos lo que hicieron fue «sarasatismo».

    Desde los ecos andaluces «jondos» de la Playera hasta el fulgor virtuosístico y arrebatada inspiración del Zapateado, este concierto culminará con lo más personal y representativo que posee el repertorio violinístico español de la primera etapa nacionalista.    

      1. Jesús de Monasterio (1836-1903)
      1. Adiós a la Alhambra, cántiga morisca
      1. Enrique Granados (1867-1916)
      1. Tres preludios
      2. Sonata en La mayor
      1. Pablo Sarasate (1844-1908)
      1. Danzas españolas nº 5, Op. 23: nº 1 Playera
      2. Danzas españolas nº 3, Op. 22: nº 1 Romanza andaluza
      3. Introducción y Tarantela, Op. 43
      4. Zapateado de Danzas españolas Op. 23, nº 2