(y III) Ciclos de Miércoles Violín moderno español

(y III)

  1. Este acto tuvo lugar el
Pedro León, violín. Julián López Gimeno, piano

___________________________TERCER CONCIERTO__________________________

    La aportación de Turina al repertorio violinístico español se distribuye a lo largo de toda su etapa creativa. En 1908 estrenó en la Schola Cantorum de París, con Armand Parent al violín, una Sonata española que rehusó publicar, pero que ha sido recuperada en tiempos recientes. En un período álgido de su carrera (1924) vio la luz el espléndido Poema de una sanluqueña, a la que seguirían la Sonata núm. 1 -presentada en este ciclo de conciertos-, las Variaciones clásicas (1932), la segunda Sonata y Euterpe, que ahora vamos a comentar, y, finalmente, el Homenaje a Navarra (1945), nacido de los ecos del centenario de Sarasate.

    La Sonata Op. 82, subtitulada «Sonata española» como aquella de su primera época, está fechada en enero de 1934 y dedicada al compositor vasco-cubano Pedro Sanjuán, que fue discípulo y amigo del maestro sevillano. A partir de un tema muy sugestivo, las tres variaciones que presenta el primer tiempo responden la primera a un aire de petenera y la tercera -acaso una alusión al origen donostiarra del dedicatario- de zortzico, enmarcando una segunda variación de lirismo más abstracto. El segundo tiempo es una sencilla forma tripartita y el final, lleno de alusiones españolistas, recapitula el Lento introductorio del primer movimiento, según los procedimientos cíclicos tan caros al autor.

    Euterpe es la segunda pieza de la serie de nueve que Joaquín Turina compuso, entre abril y el 9 de octubre de 1942, bajo el título genérico de Musas de Andalucía, y que responden a variadas formaciones camerísticas. Euterpe se subtitula «En plena fiesta» y propone el tradicional esquema tripartito, con la sección principal en aire de sevillanas. Está dedicada a Regino Sainz de la Maza (y aquí no puede verse tan fácilmente la alusión al dedicatario, un grave castellano donde los hubiera). Fue muy señalado el estreno conjunto de las Musas de Andalucía en los estudios que por entonces tenía Radio Nacional en la calle Martínez de la Rosa de Madrid, donde intervinieron él mismo y Enrique Aroca como pianistas, la cantante Lola Rodríguez de Aragón, los violinistas Enrique Iniesta y Luis Antón, Pedro Meroño (viola) y Juan Ruiz-Casaux (violonchelo). Don Joaquín leyó ante el micrófono unas notas en las que comentaba su voluntad de vestir de andaluzas a las musas griegas, como Galdós cuenta que en una representación teatral en el Madrid castizo, el decorado goyesco las había convertido en manolas.

    Las composiciones para violín de Joaquín Rodrigo (1901) no son abundantes pero constituyen un apartado significativo de su catálogo. En los comienzos del mismo ya encontramos los tempranos Dos esbozos para violín y piano y una Cançoneta para violín y orquesta de cuerdas, ambas de 1923. En 1943, fresco aún el éxito clamoroso del Concierto de Aranjuez y recientísimo el Premio Nacional de Música conseguido por el Concierto Heroico, Rodrigo compuso el Concierto de estío para violín y orquesta, así como la Rumaniana que motiva este comentario. Al año siguiente, en que se conmemoraba el centenario del nacimiento de Pablo Sarasate, compuso un Capriccio para violín solo en homenaje al gran violinista-compositor navarro. De 1966 es la célebre Sonata pimpante para violín y piano, y tras ella llegamos ya al último tramo del catálogo de Joaquín Rodrigo para encontrar la Serenata para el alba del día para flauta (o violín) y guitarra (1982-1983) y las Set cançons valencianes (1981-1984) para violín y piano.

    La Rumaniana es obra de muy concreta motivación: la compuso Rodrigo en unos días de junio de 1944, a petición del Conservatorio de Madrid, para que sirviera como pieza de concurso. De ella comenta Victoria Kamhi en el libro De la mano de Joaquín Rodrigo. Historia de nuestra vida, que «está escrita sobre temas de danzas populares de Rumania que yo había oído en mi infancia». El concurso impuso el virtuosismo de la escritura violinística y la fuente popular el carácter; Rodrigo pondría la musicalidad que la eleva por encima de la mera «música de circunstancia». Como curiosidad añadamos que un rumano, el maestro George Enesco, excelente violinista a la sazón, dirigió a Christian Ferras en la primera grabación discográfica del Concierto de estío de nuestro compositor.

    Nacido en Cádiz en 1864 y fallecido en Villaviciosa de Odón en 1933, José del Hierro fue un destacadísimo maestro del violín de cuya labor artística y docente se benefició el Madrid de las primeras décadas de nuestro siglo. Aunque en tono menor, cabría establecer un paralelo entre las carreras de Monasterio y Del Hierro: virtuosos del violín tempranamente manifestados y formados en el prestigioso Conservatorio de Bruselas; carreras concertísticas europeas muy brillantes; recalados en Madrid para llevar a cabo una excelente labor docente y artística en los años del despertar del sinfonismo madrileño; compositores episódicos cuyas obras, fruto del dominio de su instrumento y asimiladas a determinados momento y ambiente, han caído en el olvido... a excepción de una en ambos casos.

    José del Hierro fue excelente discípulo de Leonard (ver Introducción) y, tras su etapa como concertista solista, formó en los primeros atriles de la Orquesta de la Sociedad de Conciertos de Madrid, así como en la Orquesta del Teatro Real, colaborando con la Sociedad de Cuartetos y en el seno de grupos camerísticos como el Cuarteto Francés o el Cuarteto de Madrid. Tomó parte activa en la formación de la Orquesta Sinfónica de Madrid, siendo concertino de su primera plantilla, la que se presentó en público bajo la dirección del maestro Cordelás el 7 de febrero de 1904. Aquel trascendental concierto fue también muy discutido, pues se puso en tela de juicio la capacidad de Cordelás para tan importante labor, incluso medió una rigurosa descalificación firmada por Cecilio de Roda. Tras la discusión de los músicos, se prescindió de tal director y se acudió a Arbós, acierto pleno que no impidió la dimisión, por solidaridad, de nuestro José del Hierro, lo que llevó a Julio Francés al puesto de concertino para iniciar en 1905 la siguiente y definitiva etapa de la Sinfónica, luego «Orquesta Arbós». Pues bien, en aquella primera Sinfónica de admirable nivel interpretativo, los discípulos de Del Hierro menudeaban, como Abelardo Corvino (violín) y el más tarde excelente compositor Fernando Remacha, entonces instrumentista de viola. La docencia oficial la había empezado a ejercer José del Hierro precisamente en aquel año de 1904, poco después de la muerte de Monasterio, cuando fue nombrado profesor de violín y viola del Conservatorio madrileño.

   La obra a la que más arriba nos referíamos es, naturalmente, esta Jota de concierto («La jota de Hierro», como era nombrada en el ambiente musical, identificando título y autor), prototípica pieza de compositor-intérprete que acude a uno de los aires más definidos de nuestra música popular para dar una muestra, muy del gusto de principios de siglo, de bravura virtuosística y filiación estética nacionalista.

    Andrés Gaos nació en La Coruña en 1874 y murió en Mar del Plata (Argentina) en 1959. Tras formarse en Galicia con Canuto Berea, recibió enseñanza violinística en Madrid con don Jesús de Monasterio, que amplió luego en París y Bruselas, aquí con Ysaye y Gevaert. Durante su estancia en París recibió lecciones en la Schola Cantorum, lo que parece marcó en buena medida el aspecto formal de sus obras más ambiciosas. La huella de Monasterio, en cambio, habita en la titulada Crepúsculo en la Alhambra.

    Fue Gaos un notable concertista y profesor que ejerció en el Conservatorio de Buenos Aires, ciudad en la que prácticamente se estableció desde 1895, aunque menudearan sus viajes europeos como intérprete del violín y director. Un compositor tan notable como Saint-Saëns elogió las versiones que Gaos ofrecía de sus obras o de la Sinfonía española de Lalo que él dirigió a Gaos en París.

    Como compositor, Andrés Gaos practicó un nacionalismo que, incidentalmente, hizo incursiones en el folclore argentino, pero que fue esencialmente nostálgico de España y su Galicia natal. Sus obras vinculadas al violín incluyen un Movimiento para violín y orquesta, una Danza argentina y, como pieza más importante, la Sonata para violín y piano, que compuso en 1917 y que supone un buen logro de equilibrio entre las enseñanzas franckianas que recibió en la Schola y su querido españolismo: un caso similar al que caracterizó la música de Joaquín Turina o la de Jesús Guridi. Las dos páginas que presenta este concierto no ofrecen, desde luego, esta perspectiva estética sino que inciden en la línea más leve de las «piezas de salón», tan representativa de una época que bueno es rememorar puesto que a su hilo emergen nombres que para muchos aficionados han sido durante mucho tiempo, y en el mejor de los casos, meras referencias con las que se tropieza en los escritos.

    Nacido en La Línea de la Concepción, José Muñoz Molleda (1905-1988) se formó en Madrid con Cardona, Bretón y Tragó, siendo uno de los abundantes compositores españoles que recibieron la eficaz enseñanza de Conrado del Campo. Apoyado en sus inicios por Turina, la música del maestro sevillano dejó claramente su huella en las partituras de Muñoz Molleda y no solamente en el aspecto más obvio del andalucismo que respira en buena parte de ellas. Premio Roma en 1934, en la capital italiana buscó Muñoz Molleda los consejos de Ottorino Respighi, elección perfectamente sintomática de dónde estaban las miras artísticas del joven compositor. Fue Premio Nacional de Música en 1951, y sus obras orquestales fueron acogidas por las principales orquestas del país. Entre los directores que las presentaron figuran los dos grandes directores-violinistas que fueron Arbós y Toldrá, Fue muy abundante y apreciada la música de Muñoz Molleda para el cine, entre cuyos primeros títulos, por cierto, figura «Sarasate» (1941).

    El pasado 14 de mayo asistíamos a la sesión de la Real Academia de Bellas Artes en la que Luis de Pablo leía su discurso de ingreso en la institución, ocupando precisamente la vacante producida por el reciente fallecimiento del maestro Muñoz Molleda. Pues bien, la obra que ahora presentarnos tiene su origen en la equivalente situación vivida por José Muñoz Molleda el 4 de marzo de 1962, pues se trata de la Sonata para violín y piano escrita en 1961-el año de la muerte de Jesús Guridi- y dedicada a la memoria del gran compositor vasco a quien Muñoz Molleda sucedía en la Academia. En la mencionada fecha, el violinista Jesús Corvino y el propio Muñoz Molleda al piano, estrenaron la obra encabezando el pequeño concierto que siguió a la preceptiva lectura del discurso de ingreso por parte del nuevo académico. Se titulaba aquel discurso De la sinceridad del compositor ante los procedimientos musicales modernos, y la obra que hoy se vuelve a escuchar ejemplificaba muy coherentemente las tesis del mismo, que no son sino el rechazo de cualquier desvío de la música tonal. La forma tampoco se aparta de la tradición romántica.

      1. Joaquín Turina (1882-1949)
      1. Sonata nº 2 Op. 82 (Sonata española)
      2. Las Musas de Andalucía Op. 93: II Euterpe
      1. Joaquín Rodrigo (1901-1999)
      1. Rumaniana
      1. José del Hierro (1865-1933)
      1. Jota de concierto
      1. Andrés Gaos (1874-1959)
      1. Romanza en Do menor, Op. 20
      2. Habanera
      1. José Muñoz Molleda (1905-1988)
      1. Sonata