(IV) La canción en Castilla Ciclos de Miércoles Canción española del siglo XX

(IV) La canción en Castilla

  1. Este acto tuvo lugar el
María Aragón, soprano. Miguel Zanetti, piano

CUARTO CONCIERTO

La canción en Castilla

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Aun sin contar con la región cántabra, hoy desgajada de Castilla en el nuevo Estado de las comunidades autónomas, las dos Castillas y León poseen un nutrido acervo folklórico, el cual ha sido objeto de importantes recopilaciones y trabajos. En ese folklore inciden, como es natural, los cantos populares de las regiones circundantes.

En lo que a estas últimas se refiere recordaremos aquí, sin el menor ánimo de ser exhaustivos, los cuatro volúmenes de Sixto Córdoba y Oña y los cantos populares de Gómez Calleja para Santander; la formidable Línca popular de la Alta Extremadura del llorado García Matos, o el Cancionero popular de Extremadura de Bonifacio Gil. Respecto a Asturias, tan ligada a la región leonesa, las canciones recogidas por Baldomero Fernández y el gran cancionero de Eduardo Martínez Tomer. Referente a Aragón, la colección de cantos turolenses de Miguel Arnaudas o el cancionero zaragozano de Angel Mingote.

En la vastísima zona que nos ocupa (sólo Castilla-León tienen una extensión territorial superior a cualquier otra comunidad autónoma), o sea, la de las comunidades de Castilla-León, de Madrid, y de Castilla-La Mancha, los cancioneros abundan, y poseen numerosas melodías y danzas.

Citemos aquí los trabajos de García Matos (3 volúmenes para Madrid), Venancio Blanco, Manuel Fernández Núñez y Rogelio del Villar (León), Esteban de la Puente (El Bierzo), Dámaso Ledesma y Aníbal Sánchez Fraile (Salamanca), Federico Olmeda y AntonioJosé (Burgos), Joaquín Díaz y Luis Díaz Viana (Valladolid y Palencia), Agapito Marazuela (Segovia), Pedro Echeverría Bravo y José Cabañero (La Mancha), Miguel Angel Palacios (Castilla la Vieja), Miguel Manzano (Zamora), etc.

El primer compositor incluido en el programa que representa la canción de concierto en Castilla es el madrileño Julio Gómez, de quien conmemoramos este año el primer centenario de su nacimiento. Julio Gómez fue discípulo de Bretón, de Emilio Serrano y de Pedrell, y su música debe inscribirse entre la de los grandes maestros del primer nacionalismo español. Hombre de amplia cultura literaria, su obra manifiesta un cultivo apreciable de la música vocal, bien a través de piezas para coro, de la ópera o de la canción de concierto. Su interés por el folklore castellano-leonés es evidente en composiciones tan interpretadas como el Cuarteto plateresco o las Variaciones sobre un tema salmantino, para piano. Hoy escuchamos un Villancico con texto de Lope de Vega y dos de los Seis poemas líricos para canto y piano, escritos por la poetisa uruguaya Juana de lbarbouru (1895-1979).

Nacido también en Madrid, Ernesto Halffter llegará a ser, en plena juventud, el discípulo predilecto del gran Manuel de Falla, a cuya estética y legado se mantendrá fiel toda su vida.

Además de la Seguidilla calesera, obra que refleja bien el talento y el garbo españolista del compositor madrileño (en la música cinematográfica ha dejado muestras cabales de su vena castiza), hoy escuchamos Tres canciones portuguesas (1943) de la época lisboeta del maestro. Ernesto Halffter se instaló en Lisboa a raíz de la guerra civil española (se casó con la pianista Alicia da Camara, a la que está dedicada la espléndida Rapsodia portuguesa para piano y orquesta) y llegó a gozar de extraordinaria reputación en el país vecino. La canción Ai, che linda moça con su saudosa introducción pianística, figura entre las predilectas dentro del repertorio de los cantantes españoles.

De cuantos músicos españoles de la llamada generación del 27 emprendieron el camino del exilio, tal vez sea Rodolfo Halffter el único plenamente asimilado por su país de adopción, México, a la vez que recuperado por su tierra natal. La presencia del ilustre artista madrileño en México, como catedrático del Conservatorio Nacional de la capital mexicana, su labor al frente de Ediciones Mexicanas de Música, o como compositor activo, ha supuesto su total incorporación a la historia del país hermano, reflejada en múltiples homenajes de reconocimiento, y títulos como los de miembro de número y vitalicio de la Academia de Artes de México.

El ciclo de canciones Marinero en tierra, Op. 27, de Rodolfo Halffter, se inició en 1925, poco después de que su autor, Rafael Alberti, ganase con el libro de poesías de ese título el Premio Nacional de Literatura. Eran los años en que los hermanos Halffter frecuentaban la célebre Residencia de Estudiantes de la calle Pinar, donde hicieron amistad con Dalí, Buñuel, Moreno Villa, García Lorca, Pepín Bello y tantos otros intelectuales y artistas de aquella generación, que si en lo poético fue importante, en lo musical supuso la incorporación de España a las corrientes estéticas más avanzadas del momento europeo.

Sobre Marinero en tierra escribieron también canciones Gustavo Durán y el joven hermano de Rodolfo, Ernesto, que había comenzado por entonces su muy precoz cartera como compositor. Recordemos que a los catorce años, Ernesto había dado a conocer con éxito una obra para piano Crepúsculos y, antes de cumplir los veinte, su Sinfonietta había causado sensación y obtenido el Premio Nacional.

En cuanto a los Dos sonetos (1940/46), Op. 15, de Rodolfo Halffter era lógico que el compositor español se sintiese atraído en México por la musa barroca de la gran poetisa mexicana Juana de Asbaje y Ramírez de Cantillana (1651-1695), en religión Sor Juana Inés de la Cruz. La delicadeza y lirismo de la monja jerónima ha hecho de sus villancicos y sonetos piezas excepcionales en la poética amorosa de su tiempo.

Compositor, pianista y director de orquesta, Gerardo Gombau fue una de las personalidades más queridas y atrayentes en el panorama de la composición española de la posguerra. Compositor formado en los moldes del nacionalismo con Conrado del Campo (de un nacionalismo con raíces en lo castellano-leonés), supo en todo momento estar a la altura de las circunstancias evolutivas de la música y convertirse en hermano mayor, como dijo de él Luis de Pablo, y guía de una generación de jóvenes músicos españoles con su enseñanza y con su ejemplo. El inquieto espíritu, abierto a todas las corrientes, del gran músico salmantino, se trasluce en su obra, de enorme calidad y variedad.
  
Desde las Dos canciones castellanas de 1936, para voz y piano, hasta Los invisibles átomos del aire sobre la célebre rima de Bécquer, escrita en 1970 para canto, piano y cinta magnética, Gerardo Gombau ha dedicado a la canción numerosas piezas, algunas de mucho éxito, como las que integran el ciclo Siete claves de Aragón (1955 ), para voz y orquesta de cámara, con poemas de Santiago Galindo Herrero. De 1957 es la Rondella de cantos charros para voz y piano, homenaje a su Salamanca natal, tantas veces presente en su obra.

Al momento final de la prehistoria de la obra de Cristóbal Halffter pertenecen las Cuatro canciones populares leonesas (publicadas por Unión Musical Española en 1957), uno de los raros ejemplos en que el compositor madrileño se vale del dato folklórico. El ilustre autor del Requiem por la1ibertad imaginada había cultivado anteriormente la canción de concierto, pero cuando publica las canciones populares leonesas ya estaba planteándose la necesidad de dar un giro copernicano a su lenguaje. Las Canciones, sin embargo, mantienen la primera manera a la vez brillante y dócil, por decirlo con palabras de Harry Halbreich, de un Cristóbal Halffter heredero de la estética de Manuel de Falla y capaz de moverse con soltura en la tradición de castellanía inculcada por su maestro Conrado del Campo. Recordemos también que Cristóbal Halffter está fuertemente ligado a una región leonesa, el Bierzo, donde reside buena parte del año.
  
El 4 de diciembre del año 1983, con motivo de su recepción como académico electo de la Real de Bellas Artes de San Fernando, Antón García Abril pronunciaba el discurso de rigor en el que hacía historia, entre otras cosas, de su formación al lado de maestros como Manuel Palau, Julio Gómez, Jesús Guridi, Oscar Esplá, Federico Moreno Torroba, y Leopoldo Querol; de su incorporación al grupo madrileño Nueva Música, creado en torno al crítico Enrique Franco para incorporar la joven generación de compositores españoles a las corrientes de vanguardia europeas, su encuentro en Roma, becado por la Fundación Juan March, con el magisterio de Goffredo Petrassi... El discurso de García Abril, hoy catedrático de Composición del Real Conservatorio de Madrid, y compositor sumamente activo, se titula Defensa de la melodía.

En la preceptiva respuesta al nuevo académico, el crítico también académico Antonio Fernández-Cid se refería al afán de Comunicatividad de García Abril, a su deseo de cantar, a su voluntad de belleza, y en aquel mismo acto se pudo comprobar escuchando un recital de canciones, sus hermosas Canciones de Valldemosa en homenaje a Chopin y la popular Coita (Mariñeiros), sobre un poema de Alvaro de las Casas y que formó parte de la colección de canciones gallegas dedicadas por numerosos compositores españoles al citado crítico orensano.

Los asistentes a la solemne sesión pudimos aplaudir, una vez más, en aquellas piezas para voz y piano, como hoy lo haremos con las de la inmortal poetisa gallega Rosalía de Castro, la fluida vena melódica del músico turolense tan inspirado en estos breves lieder españoles como en sus ambiciosas creaciones sinfónicas, concertantes y de cámara, o en sus celebradas partituras para el cine o la televisión.

El madrileño José Luis Turina de Santos, nieto de Joaquín Turina, ha tenido entre sus maestros a José Olmedo, Genoveva Gálvez, Manuel Carra, Francisco Calés, Antón García Abril, Carmelo Bernaola, Rodolfo Halffter y Federico Sopeña. Es uno de los compositores de la joven generación consagrada, que tiene más premios. Ha participado en diversos cursos internacionales -entre ellos uno en Roma con Franco Donatoni- y sus obras han sido escuchadas en importantes festivales europeos y españoles.

En 1979, su obra Crucifixus para orquesta de cuerda y piano (obra reflexiva, interiorizada, como una confesión personal), quedó finalista en el Quinto Concurso de Composición de la Con- federación Española de Cajas de Ahorros.
  
Cuando se hizo el disco con las obras finalistas, José Luis Turina completó el espacio a él asignado en el disco escribiendo la pieza Epílogo del misterio, para mezzosoprano y piano, todavía no estrenada, pero sí grabada en aquel elepé (RCA RL 35335) por Esperanza Abad y el compositor y pianista Francisco Guerrero. El texto del Epílogo es de José Bergamín (1895-1980), con quien el músico se entrevistó mientras componía la obra. Turina, que ha puesto música a otro texto de Bergamín (Requiescat, 1980, para cuarteto vocal y piano a cuatro manos) admira en él esa facilidad para tratar temas sobrecogedores con la más absoluta sencillez. Epílogo del misterio consta de tres secciones: una introducción, un cierre y una sección central, que es la más importante porque en ella encontramos íntegro el poema, un texto de gran musicalidad. La última obra dada a conocer por José Luis Turina ha sido un Concierto para viola y orquesta, estrenado en Santa Cruz de Tenerife el pasado
mes de marzo.  

      1. Julio Gómez (1886-1973)
      1. Villancico (Lope de Vega)
      2. Seis poemas líricos de Juana de Ibarbouru: La Sed
      3. Seis poemas líricos de Juana de Ibarbouru: Descanso
      1. Ernesto Halffter (1905-1989)
      1. Canciones portuguesas (3)
      2. Seguidilla calesera (Popular castellana)
      1. Rodolfo Halffter (1900-1987)
      1. Dos Sonetos Op. 15
      2. Marinero en tierra Op. 27 (R. Alberti)
      1. Gerardo Gombau (1906-1971)
      1. Rondela de cantos charros (Popular)
      1. Cristóbal Halffter (1930)
      1. Cuatro canciones leonesas
      1. Antón García Abril (1933)
      1. Cuatro canciones sobre textos gallegos
      1. José Luis Turina (1952)
      1. Epílogo del Misterio (J. Bergamín)