(y V) La canción en Andalucía Ciclos de Miércoles Canción española del siglo XX

(y V) La canción en Andalucía

  1. Este acto tuvo lugar el
Paloma Pérez-Íñigo, soprano. Miguel Zanetti, piano

QUINTO CONCIERTO

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La canción en Andalucía

La melodía define los caracteres geográficos y la línea histórica de una región y señala de manera aguda momentos definidos de un perfil que el tiempo ha borrado.

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        Federico García Lorca

Al llegar al tema de la canción en Andalucía es inevitable contar con un elemento nuevo, de importancia sustancial en la ex- presión cantada de esa extensa región española: el llamado cante jondo o flamenco, que ha impregnado con sus peculiaridades interválicas, sus inflexiones y portamentos característicos, buena parte de la música andaluza.

No es cosa de hacer aquí una larga disquisición acerca del misterioso origen de este canto y de la misma palabra flamenco que lo designa, de sus inimitables giros y cadencias, de esa huella oriental que se aprecia hasta en la forma de emitir la voz, algo que no puede aprenderse y parece corresponderse a una cualidad telúrica de quienes lo practican.

Antonio Machado y Alvarez, Demófilo, el insigne folklorista andaluz, ya indicó en su Colección de cantos flamencos que los gitanos llaman gachós a los andaluces payos, y los andaluces no gitanos, o sea, los payos, llaman flamencos a los gitanos. Todo parece apuntar hacia un origen calé de este canto, del cual se conocen muchas variantes desde el siglo XVIII hasta hoy, y cuya forma de producirse y de bailarse, con guitarras, palmas, taconeo, hasta con panderetas y castañuelas, es tan ruidosa y animada.

Se ha afirmado que al igual que la música zíngara de los gitanos de Hungría es algo muy diferente al verdadero folklore magiar, así el flamenco no es una expresión musical autóctona del pueblo andaluz y no debe confundirse con su verdadero folklore.
  
Sin embargo, autores tan fiables como Federico García Lorca aseguran que fueron los gitanos quienes fijaron las distintas formas del actual cante flamenco, pero éste subyacía en el pueblo andaluz antes de que ellos se instalaran en Andalucía.

Entrando ya en el tema de la canción andaluza de concierto, digamos que la música de Andalucía ha sido fuente de inspiración de numerosos compositores -españoles y extranjeros- desde fines del siglo XVIII. El musicólogo malagueño Rafael Mitjana afirma que las canciones sueltas de la etapa que Subirá ha llamado de ocaso y olvido de la tonadilla escénica, las de los Sor, Manuel García, Alvarez Acero, Carnicer, los León, Abril,

étcétera, es la única manifestación de interés de la producción musical netamente española durante el triste periodo que siguió a la Guerra de la Independencia.

Esas canciones, de títulos castizos como El serení, El julepe, El chairo, La caramba, La currilla, adoptaron ritmos y formas populares de origen andaluz, de aquella Andalucía pintoresca que iba a entusiasmar a Mérimée, a Gautier, y a Jorgito el inglés (George Borrow).

Polos, cañas, boleros, fandangos... desempeñaron un papel insustituible en el resurgir del género zarzuelístico a mediados del siglo XIX. y por ello tuvieron defensores de la talla de Estébanez Calderón, que nos ha transmitido descripciones llenas de sabor de aquella música. Música que, por su carácter popular y menor, se hubiera perdido irremediable-mente si no hubiese tenido recopiladores.
  
En este sentido, todos los estudios de la música española están de acuerdo en valorar la obra Cantos españoles: colección de aires populares y nacionales, formada e ilustrada con notas explicativas y biográficas, de la que es autor el compositor malagueño Eduardo Ocón (1834-1901). Fue traducida al alemán y publicada por Breitkopf y Hartel de Leipzig. En esos Cantos españoles se recogen deliciosas muestras de la canción española, emanación de la España goyesca en el tránsito entre los siglos XVIII y XIX Una España a caballo entre la galantería de la ilustración, más la majeza, la chispa castiza del popularismo dieciochesco y el romanticismo primerizo de signo italianizante y tintes nacionales, que desembocará en el resurgimiento de la zarzuela.

El Cancionero de Ocón recoge muchas piezas de autores valiosos del primer cuarto del siglo XIX, entre ellos Manuel García (1775-1832), a quien tanto debe la difusión de la ópera en los primeros años del romanticismo, José León, músico de los teatros de Madrid, o Francisco de Borja Tapia, de inspiración garbosa (autor de La panadera, El centinela, El andaluz celoso, El marinero), que poseyó un encanto popular y refinado a la vez, como tantas piezas del Cancionero.

La figura patriarcal de Manuel de Falla abre el programa de hoy con tres canciones de la etapa que Gerardo Diego denominó Premanuel de Antefalla, es decir, la de sus últimos años de estudiante, repartidos entre Madrid y su ciudad natal, Cádiz. Dos de ellas deben situarse entre 1899 y 1901; Preludios está basada en un texto del poeta vizcaíno Antonio de Trueba (1819-1899), autor de cuentos muy leídos el pasado siglo, y de versos dulces y sencillos, por los que mereció el sobrenombre de Antón el de los cantares. No tiene personalidad esta canción, como tampoco la Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos, muy posterior, pues data de 1914, la época de El amor brujo. La Oración, que es un alegato contra la guerra, posee sin embargo un interesante y trabajado acompañamiento pianístico. Fue estrenada por la soprano Josefina Rovillo en la Sociedad Nacional de Música de Madrid el año 1915. Mucho más interesante es la breve canción Pan de Ronda, escrita sobre unas coplas de María Lejárraga (la prolífica escritora, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra), también autora del texto de la Oracion. Pese a ser obra del Falla incipiente, el piano tiene mucho ya del andalucismo fuerte y ceñido del futuro autor de la Fantasía bética. Pan de Ronda fue estrenada por la soprano Montserrat Alavedra y por Manuel Carra e incorporada a un disco de inéditos de Manuel de Falla patrocinado por Radio Nacional de España en 1976. Según Enrique Franco, impulsor de aquella grabación, Pan de Ronda debía formar parte de un ciclo que no llegó a continuarse.

Las Trois mélodies francesas, sobre poemas de Théophile Gautier (1811-1872) son de 1909, es decir, del segundo año de la estancia de Falla en París. Admira su capacidad de asimilación de lo francés y la maestría para fundir texto y música. Una música muy impresionista a lo Debussy para la primera, orientalista según la moda de! momento en la segunda, y deliberada parodia de la españolada a la francesa, la tercera. Esta seguidille está dedicada a Emma Bardac, dedicatoria de La Bonne Chanson de Fauré y segunda esposa de Claude Debussy. Las Trois mélodies fueron estrenadas en 1910, en la Sócieté Musicale In- dépendente de París, por la soprano Ada Adiny, esposa de Paul Milliet, el traductor al francés de la ópera La vida breve.

También Joaquín Turina escribe en París su apasionada Rima Op. 6, basada en la rima de Gustavo Adolfo Bécquer Yo soy ardiente, yo soy morena.
  

Aunque no sea el caso de las canciones incluidas en este recital, Turina ha sido uno de los compositores más preocupados por incorporar a sus creaciones la riqueza de la música popular andaluza, tan entrañable como huidiza.

La Rima Op. 6 del compositor sevillano se estrenó en Burdeos el 5 de diciembre de 1910 durante una conferencia concierto de Paul Benjelot. Cantó la soprano Deflers y el pianista Schenke. Falla al piano y la soprano Berchut la dieron a conocer oficialmente en el Aeolian Hall de Londres en mayo de 1911. Está dedicada a Henri Collet.
  
El Homenaje a Lope de Vega Op. 90 está dedicada a Rosita Hermosilla, que lo estrenó en Madrid a fines de 1935. Los textos proceden respectivamente, de La discreta enamorada, La estrella de Sevilla y Fuenteovejuna. Las tres canciones, muy bien equilibradas en sus diversos pasajes, son breves. Fueron escritas para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Lope de Vega.

El nombre del sevillano Juan Rodríguez Romero, director de la Asociación Coral de Sevilla, no es todavía bien conocido en nuestros medios musicales. Rodríguez Romero ha pasado algunos años en Salzburgo, donde ha sido profesor de la Internationale Sommerakademie del Mozarteum y director titular de la orquesta Musiziergemeinschaft, también del Mozaneum. Las tres canciones fechadas en 1970 por este compositor, pianista y catedrático de Transposición instrumental en el Conservatorio Superior de Música de Sevilla, vienen a rendir homenaje hoy a Federico García Lorca en el cincuentenario de su muerte.
  
Lo vocal tiene clara preponderancia en el catálogo del extremeño Juan Alfonso García, nacido en Los Santos de Maimona (Badajoz), el 4 de agosto de 1935, pero residente desde su juventud en Granada. En esta capital andaluza estudió con Valentín Ruiz Aznar y en Madrid, en la Escuela Superior de Música Sagrada, con Tomás Manzárraga y Samuel Rubio. En 1958 hizo oposiciones a la vacante de organista de la catedral de Granada, puesto que ocupa desde aquella fecha. En 1971 es nombrado director de la cátedra Manuel de Falla de la Universidad de Granada y en 1974 ingresa como miembro numerario de la Academia de Bellas Artes de Granada y en el acto de su recepción académica estrena, sobre un poema de Rafael Guillén, su elegía Campanas para Federico, para soprano, triple cuarteto de voces graves y dos pianos. Las dos canciones que figuran en el programa de hoy forman parte de un grupo de cuatro, escritas en 1969, sobre poemas de Gerardo Rosales.

Desaparecidos Falla y Turina, el sevillano Manuel Castillo, compositor precoz y muy pronto reconocido, se erigió en sucesor del magisterio andaluz de los dos grandes maestros. Castillo ha venido a representar en Andalucía la voz independiente, el sólido oficio de un aventajado discípulo de Norberto Almandoz, Conrado del Campo y Nadia Boulanger. Su obra es extensa en numerosos campos de la creación instrumental. Llamaron mucho la atención sus obras para teclado (es autor de tres conciertos para piano y orquesta) y ha escrito también notables piezas de cámara y hasta un reciente Concierto para violonchelo.

En el campo de la canción de concierto, en este programa puede verse el camino evolutivo recorrido por Manuel Castillo (que recuerda al seguido por Montsalvatge en Cataluña), pues en él oiremos las Dos canciones para la Navidad, con texto de Antonio Trujillo, y el que Tomás Marco ha llamado exquisito ciclo de Cinco poemas de Manuel Machado, escrito en 1974. Queda así cerrado este importante ciclo de canciones españolas que ha evidenciado tantas veces lo dicho por Pedrell: La fina flor de la productividad artística de una personalidad cualquiera hay que buscarla en el lied.

Andrés Ruiz Tarazona

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      1. Manuel de Falla (1876-1946)
      1. Preludios (Antonio de Trueba)
      2. Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos (G. Martínez Sierra)
      3. El pan de Ronda (G. Martínez Sierra)
      4. Trois mélodies (Théophile Gautier)
      5. Trois melodies: Les colombes (Théophile Gautier)
      6. Trois melodies: Chinoiserie (Théophile Gautier)
      7. Trois melodies: Séguidille (Th. Gautier)
      1. Joaquín Turina (1882-1949)
      1. Rima Op. 6 (Gustavo Adolfo Bécquer)
      2. Homenaje a Lope de Vega Op. 90
      1. Juan Rodríguez Romero (1947)
      1. Tres canciones sobre textos de F. García Lorca
      1. Juan Alfonso García (1935)
      1. Elegía a Europa (G. Rosales)
      2. Un hombre (G. Rosales)
      1. Manuel Castillo (1930-2005)
      1. Dos canciones para la Navidad (A. Trujillo)
      2. Cinco poemas de M. Machado