Homenaje a Samuel Rubio Ciclos de Miércoles Musicología hispánica tres maestros

Homenaje a Samuel Rubio

  1. Este acto tuvo lugar el
Miguel del Barco, órgano. Pablo Cano, clave

Samuel Rubio Calzón nació en Posada de Omaña (León) el 20 de agosto de 1912. Estudia humanidades, con especial dedicación al latín, en la Preceptoría de Vegarienza (León). En 1927, a los quince años, ingresa en el Noviciado de los agustinos del Escorial. En la casa de Leganés, recién inaugurada entonces, hace los estudios de Filosofía escolástica. Cursa Teología en el Monasterio del Escorial de 1932 a 1936. Los alterna con los musicales. Sus primeros maestros de solfeo, piano y armonía, fueron los agustinos Juan Múgica, Pedro de la Varga y Eusebio Arámburu. Este último, cercano a los 90 años, sigue en plena actividad.
Profesó de votos solemnes el 27 de septiembre de 1939. El año 1936 termina la carrera eclesiástica. Sobrevino la guerra civil y fue llevado preso a Madrid con todos los agustinos escurialenses. Pertenece al escaso número de los que sobrevivieron, pero pasó los tres años de guerra en las cárceles de Madrid y Alicante.
Fue ordenado de sacerdote el 14 de febrero de 1940 y permaneció en el Monasterio del Escorial con el cargo de organista de la Basílica. Era Maestro de Capilla el P. Eusebio Arámburu. En enero de 1943 le sustituye en este puesto, en el que permanecería hasta 1959 sin interrupción. Durante bastante tiempo siguió ejerciendo también el cargo de organista.
Los estudios musicales de Rubio no fueron en un principio, y durante muchos años, ni académicos ni oficiales. Sin embargo, los años que van de 1940 a 1952, fecha en la que se matricula en el Instituto Pontificio de Música Sagrada de Roma, son los que han hecho posible su indudable magisterio en la musicología actual. Fueron años de estudio intensísimo y dedicación total a la música viva. Estudia armonía y composición con D. Benito García de la Parra y recibe también clases de Don Francisco Fúster y del P. Nemesio Otaño. Inicia el estudio de órgano con Bernardo Gabiola y lo prosigue con Ramón González de Amezua.
Perfecciona sus estudios de canto gregoriano en diversas épocas y con los más cualificados maestros. En Montserrat, con los benedictinos Gregorio María Sunyol, David Pujol e Ildefonso Pinell. En Silos, con Germán Prado, y en Solesmes, paleografía musical con Dom Gajard y Dom Cardine.
No obstante, la preferencia de sus trabajo estaría siempre en la polifonía clásica. Horas y horas sobre manuscritos y antiguos libros durante muchos años le convertirían en un conocedor privilegiado de nuestra herencia musical.
Colabora activamente en la Escuela Superior de Música Sagrada, dirigida entonces por el P. Tomás de Manzárraga con gran eficacia.
En 1950 estudia musicología en Ratisbona con Fernando Haberl. En 1952 se matricula en el Instituto Pontificio de Música Sagrada de Roma. Obtiene la Licencia en Canto Gregoriano con la calificación de Magna cum laude probatus. La tesina para el Magisterio versó sobre las «Melodías gregorianas de los Libros Corales». Desde 1942, año en el que aparece su primera trascripción de un motete de Tafalla, monje jerónimo del Escorial, siguen ininterrumpidamente transcripciones y estudios hasta nuestros días.
En 1967 obtiene el Doctorado de Música Sagrada, Sección de Musicología en el mismo Instituto romano con la calificación de «Summa cum laudeprobatus». Fue el 18 de febrero de 1967. La tesis doctoral, bajo la dirección de Mons. Anglés, versó sobre «Técnica, estilo y expresión de la polifonía de Cristóbal de Morales». Anglés pidió al General de la Orden de San Agustín: «Haga publicar cuanto antes esta maravillosa tesis y permita la dedicación exclusiva del P. Rubio a la investigación musical».
Del 69 al 71, siendo Director del Colegio Mayor Elías Ahuja, desarrolla una extraordinaria labor musical entre los alumnos. Vuelve nuevamente al Escorial, pero en 1972 es nombrado Catedrático interino de Musicología y Canto Gregoriano en el Real Conservatorio de Música de Madrid. En mayo de 1980 se le designa como Catedrático extraordinario a petición unánime del claustro de profesores, de la Academia de San Fernando y del Consejo de Educación, trámites requeridos en estos casos.
En estos últimos diez años su actividad se acrecienta y llega a ser sorprendente. Aparecen sin parar libros, artículos y transcripciones. Su presencia es solicitada de continuo. Con un espíritu juvenil increíble, viaja, da conferencias, preside tribunales. Ha participado como presidente o como miembro de distintos jurados musicales. Ha impartido cursillos sobre polifonía en diversas ciudades de España y del extranjero (Universidad de Méjico, Conservatorio de Pamplona, Universidad de Salamanca, San Sebastián, Bilbao, Cuenca, El Escorial, etc.). Fue profesor de musicología en los cursos de Santiago de Compostela.
En 1977 se crea la Sociedad Española de Musicología y es elegido en la Asamblea General Presidente de la misma. En este cargo, para el que ha sido reelegido dos veces consecutivas, ha desarrollado una gran actividad. También fue elegido Presidente de la Sociedad para la Defensa y Fomento del Organo español, creada en 1978, Fundó la Revista de Musicología,dirigiendo sus dos primeros números, Ha creado también tres secciones de publicaciones: 1) Catálogo de archivos musicales; 2) Ediciones de Música antigua; 3) Estudios,
Ha organizado el Primer Congreso de Musicología que tuvo lugar en Zaragoza durante la segunda semana de septiembre de 1979.
Es miembro de distintas Academias e instituciones: San Dámaso, de Madrid, Institución Duque de Alba, Santa Isabel de Hungría, de Sevilla... El 5 de julio de 1981, recibió de manos del Rey don Juan Carlos I la medalla de oro de Bellas Artes.
Desde 1975 reside en el Colegio mayor Méndel de Madrid y está totalmente dedicado a sus quehaceres didácticos y científicos.
Contribución de Samuel Rubio a la musicología
Dos son fundamentalmente los campos de la musicología en los que la aportación de Samuel Rubio es importante e incluso definitiva: la polifonía clásica española, en particular la del siglo XVI, de la que tiene un conocimiento profundo, no igualado quizá hoy día, y la música del Escorial, sobre todo la del P. Antonio Soler.
Son anchos los cauces abiertos por Rubio para el estudio de nuestra música. Su magisterio y su influencia no se limitan a los últimos años, desde su cátedra en el Conservatorio de Música de Madrid. De un modo más bien sencillo y humilde, como corresponde a un hombre cabal que vive fielmente su principal vocación de agustino y sacerdote, va dejando en el camino innumerables publicaciones llenas de sabiduría y ciencia, sin otra compensación buscada que la del trabajo bien hecho.
Los círculos en los que Rubio se movió durante bastantes años de su actividad musicológica fueron los de la música sagrada, y en ambientes preferentemente eclesiásticos, que no beatos. Lo cual no deja de ser lógico, pues sólo en este estudio, salvo excepciones brillantes, el viejo contrapunto dejaba de ser arqueología para convertirse en vida y actualidad orante. Generalmente, los músicos de iglesia han mostrado mayor entusiasmo por unos estudios que tan escasas satisfacciones económicas proporcionan. A este revivir de la música antigua, al gozo actual de la perenne y bello, van dirigidos en buena parte los desvelos de Rubio. Gracias a sus magníficas antologías * (nº 10, 12, 16), la castellana sobre todo, la polifonía española se convirtió en algo normal en las actuaciones de muchos coros. Incluso ciertos nombres se hicieron populares.
Al hablar de la labor musicológica de Rubio, hay que tener muy presente que durante la mayor parte de su vida ha sido músico en activo: ha dirigido coros, ha cantado, ha interpretado en el órgano, ha estado al servicio del culto con plena dedicación y maestría. Si es cierto que esta práctica no es esencialmente necesaria para una investigación de archivo, la sensibilidad que supone y proporciona, el juicio contrastado, serán como el alma que anime los viejos papeles renacidos.
Ciñéndonos aquí estrictamente a su actividad musicológica y para poder dar en líneas generales un panorama fiel aunque no exhaustivo de la misma, dividimos su obra en dos grandes apartados: 1. Polifonía clásica;2. Música del Escorial. ElP. Antonio Soler.
(*) Los números entre paréntesis remiten al Apéndice Bibliográfico.

1. La polifonía clásica

La aportación de Rubio al conocimiento de la polifonía española del período clásico es decisiva. Aparte de los numerosos artículos que sobre este tema ha escrito y los largos estudios preliminares de sus ediciones, tiene dos libros ya clásicos que justifican la afirmación anterior.
En 1956, en la Biblioteca «La Ciudad de Dios» del Monasterio del Escorial, publica un tratado no muy extenso que titula La polifonía clásica (n. 1). Es muy revelador que, según dice en el prólogo, al escribirlo hayan estado muy especialmente en su mente sus alumnos de los Cursillos del Escorial y Vitoria.
Este librito, de poco más de 200 páginas, es un excelente tratado sobre la notación polifónica del s. XVI, las formas musicales y la interpretación. Detrás de cada línea se ve al músico que se afianza en sus propias pesquisas.
Libro de texto verdaderamente notable. En España, un acontecimiento no festejado entonces como se debiera, pero apreciado hoy como hito en los estudios polifónicos españoles. Hay una buena traducción inglesa del mismo.
Otra publicación cimera es su estudio sobre Cristóbal de Morales (n. 2), verdadera obra maestra de la musicología española y uno de los mejores estudios de estilística que existen, dentro y fuera de España, sobre un autor musical. Publicado también en la Biblioteca «La Ciudad de Dios», fue presentado en Roma como tesis doctoral en el Instituto Pontificio de Música Sagrada, obteniendo la máxima calificación como hemos dicho anteriormente. El gran maestro Mons. Anglés, Presidente entonces del Instituto, elogió en el mismo acto el trabajo, destacando con tino sus cualidades más preclaras. «La originalidad de estudio, la profundidad en el estudio técnico de las obras y riqueza de ejemplos y citas para probar sus asertos».
Después de un capítulo dedicado a la bibliografía, analiza en la primera parte las melodías de Morales, desde los intervalos hasta los diversos procedimientos de ornamentación melódica. Viene después un análisis de las formas y principios de estética. Nuevo e indispensable para el conocimiento de nuestra polifonía, señala una pauta para el análisis estilístico en musicología. Este libro, presentado desde un escaño de alumno, confirma y afianza a Rubio como un verdadero «maestro» en el sentido excelso y más noble de la palabra.
A estas dos obras básicas para el conocimiento de la polifonía clásica española del s. XVI desde un aspecto estrictamente técnico y musical, deben añadirse los magistrales y extensos estudios previos a sus grandes ediciones y la multitud de artículos y transcripciones en diversas revistas, especialmente en «Teroso Sacro Musical», de Madrid, y «La Ciudad de Dios», de los agustinos del Escorial.
Las introducciones a las obras de Victoria, Juan Navarro, Anchieta y Juan Vázquez, son modélicas e iluminan no sólo la obra de un autor, sino el modo de hacer de una época.
Tomás Luis de Victoria fue desde un principio autor predilecto de sus investigaciones. Ya en 1949, prueba fehacientemente, tras un minucioso estudio de crítica interna y externa, que el motete O doctor optime del manuscrito 682 de la Biblioteca Central de Barcelona, pertenece a Victoria (n. 31). Siguen otros muchos artículos sobre nuestro gran polifonista este mismo año y sucesivos que culminan en la edición del «Officium Hebdomadae Sanctae». Hace muchos años y con cadencia de ilusión continuamente rota, intentó Rubio la edición crítica de la Opera omnia de Victoria. La hubiera realizado de un modo perfecto de haber tenido editor para empresa tal. Ojala el regalo de su jubilación fuese, para regocijo de la cultura, esta magna obra en una edición tipográfica a tono con la grandeza de su autor y la altura crítica del editor. O quizá, como nos decía muy recientemente al sugerirle esto, de alguno de los grandes polifonistas hoy prácticamente desconocidos pero de auténtico valor, por ejemplo, Esquivel de Barahona.
Acabamos de hablar de alguna de sus ediciones. Conviene recordar que Rubio ha sido siempre músico activo, es decir, que no se ha limitado a la investigación, sino que ésta es solo una faceta de su dedicación musical. Esto confiere a sus estudios y ediciones una corriente vivificante que hace sumamente atractivo cuanto sale de sus manos. Al encanto de lo honesto, de lo bien hecho, de la bella sobriedad, se añade un sensible tacto para la elección y para convertir el no usado documento en materia actual y viva.
Las ediciones de Rubio tienden casi siempre a ser utilizadas de inmediato. Así, las numerosas transcripciones publicadas en «Tesoro Sacro Musical y en «Suplemento Polifónico» de esta misma revista. En ellas ha publicado obras de los siguientes autores: Pedro Tafalla (nn. 74, 106), Manuel de León (n. 74), Juan de Torres (n. 76), Francisco Guerrero (nn. 78, 84, 92, 93), Tomás Luis de Victoria (nn. 79, 80, 81, 82), Juan Navarro (n. 83), Palestrina (nn. 85, 102), Juan Esquivel de Barahona (n. 86), Fray Martín de Villanueva (n. 88), Cristóbal de Morales (n. 89), Antonio de Cabezón (n. 95), Diego Torrijos (nn. 95, 106), Fray Cristóbal de San Jerónimo (n. 106), Sebastián Aguilera de Heredia (n. 95), José Lidón (nn. 97, 98, 99), Pablo Bruna (n. 95), José Jiménez(n. 95), José Perandreu (n. 95), P. Antonio Soler (nn. 77, 96, 100, 101, 103, 104, 105), Anónimos (nn. 87, 90, 91, 94, 95).
«Tesoro Sacro Musical», con su «Suplemento», tuvo como finalidad proporcionar repertorio a coros y « scholas». Dirigida por los PP. Claretianos, desapareció no hace mucho por el motivo de siempre, la economía. El P. Samuel ha colaborado en ella desde su primer estudio de 1944. Su destino práctico no impidió nunca el más acendrado rigor científico. Las colaboraciones de Rubio fueron honor para la revista, y ésta, durante muchos años, vehículo imprescindible para sus trabajos e investigaciones. Posiblemente esta publicación excelente, que ojalá encontrase las condiciones propicias para aparecer de nuevo, hizo posible que la enorme ilusión y saber de Rubio, al encontrar un cauce apropiado, no naufragase por las dificultades casi insalvables para publicar en aquellos años de penuria.
También van dedicadas a inmediato uso, diversas antologías que se han hecho ya clásicas. En 1954 y 1956 aparece la Antología Polifónica Sacra (n. 10), en dos tomos, tamaño manual, editada por Coculsa, la Ed. de «Tesoro Sacro Musical», con gran abundancia de material inédito. «Conjugar lo clásico con lo sencillamente bello» fue el fin propuesto y ciertamente logrado. En ella se publicaría una obra de Victoria: Ego sum panis vivus.
Semejante a ésta pero con polifonía en castellano, siguiendo también los tiempos litúrgicos, es su Polifonía Española (n. 12). También en dos tomos de tamaño partitura. Delicioso libro. Los más preciosos recuerdos de una música intensamente vivida, hecha fruición, van ligados a estos cuadernos.
En 1964 hace una edición de los Motetes de Victoria en cuatro tomos, a los que incorpora sus propios descubrimientos (n. 16). Es sociedad editora, Unión Musical Española.En esta editorial publicaría Rubio algunas de sus transcripciones más populares, como las de Soler.
En años más recientes aparecen grandes ediciones del período clásico de nuestra polifonía no dirigidas ya directamente a los templos, debido a sus condiciones tipográficas, aparato crítico e introducciones. Así la monumental del Officium Hebdomadae Sanctae de Victoria, publicado por el benemérito Instituto de Música Religiosa de Cuenca; la «Opera Omnia» de Juan de Anchieta, por la Caja de Ahorro Provincialde Guipúzcoa, y «Juan Navarro» por la Biblioteca de la Ciudad de Dios, del Escorial.
El Officium Hebdomadae Sanctae de Victoria, con la clara grafía de Rubio, en edición crítica monumental, es quizá lo más conocido de sus últimos trabajos. La introducción, de 134 páginas en gran formato, es verdaderamente magistral. contiene una biografía de Victoria muy completa y el estudio histórico, formal, y estilístico de su obra. De gran ayuda para la comprensión del hacer creativo del músico abulense es el cotejo que realiza entre la versión impresa y el manuscrito 186 del Archivo musical de la Capilla Sixtina de Roma.
De semejantes características, son las ediciones de Anchieta, Navarro y Juan Vázquez.
Rubio se siente especialmente complacido de Opera omnia de Juan de Anchieta. y con razón. Es una cuidadísima edición crítica de un autor prácticamente inédito hasta ahora, compulsados y estudiados todos los manuscritos, cuyas variantes, una vez aceptada la más fidedigna, van a pie de página. El estudio de las fuentes, de las obras, del estilo y técnica, se desarrolla con claridad meridiana hasta la evaluación final. Costumbre ésta muy razonable y práctica de Rubio (n. 27).
El largo estudio de Juan Navarro que precede a la trascripción de parte de sus obras, responde a características semejantes. Las diversas formas utilizadas por el autor (Salmos, Himnos, Magníficat, Antífonas), son objeto de análisis técnico y estilístico (n. 23). La Agenda Defunctorum de Juan Vázquez (n. 21), publicada ahora en el mismo estilo que las obras anteriores, es valiosísima para el conocimiento de una vertiente menos estudiada de este excelente compositor.
También ha dedicado trabajos a la música antigua española de órgano, de cuyo descubrimiento y difusión fue pionero otro maestro de Capilla del Escorial, también agustino y musicólogo de verdadera valía, el P. Luis Villalba. Rubio reedita y pone al día su Antología de organistas clásicos de los ss. XVI-XVII (n. 19), y dos años más tarde, su Organistas de la Real Capilla, s. XVIII (n. 20).
II. La música del Escorial, el P. Antonio Soler
Un dato significativo, el primer estudio que publicó Rubio versaba sobre un músico jerónimo del Escorial, Fray Manuel de León (n. 28). El último libro publicado, aunque antiguo en su composición, se titula «Las melodías gregorianas de los «Libros Corales» del Monasterio del Escorial» (n. 8).
Nada extraño siendo el Escorial el lugar de su formación, de la mayor parte de su vida religiosa, y de los tiempos de una juventud fogosa de entrega musical y litúrgica.
El Archivo de música del Escorial ha sido estudiado por Rubio, día a día, pacientemente. Fruto de este largo laboreo es, entre otras cosas, el soberbio catálogo de 1976, así como numerosos artículos y transcripciones de su caudal. En ésto no ha hecho sino seguir también la tradición inaugurada por el P. Luis Villalba.
De un modo casi continuo van apareciendo estudios sobre jerónimos del Escorial o músicos del Archivo (Torrijos, Tafalla, León, Aguilera de Heredia, Jiménez, Martín de Villanueva, etc.) y ediciones de sus obras. Publica también largos artículos sobre la historia musical del Monasterio: La Capilla de música (n. 37. 58), Los órganos (n. 44, 52), Los libros cantorales (n. 50, 51), que constituyen la bibliografía más fidedigna para la historia de la música escurialense, de tanto significado para conocer la evolución de la música española durante tres siglos.
Pero, como hemos visto, el músico que mereció su más prolongada dedicación fue el P. Antonio Soler. Este autor hoy de encumbrada fama y al que Rubio coloca sabiamente entre los «dii minores», pero al que aprecia en su justo valor, que es grande sin duda, ha sido estudiado, editado, e incluso interpretado desde antiguo en el propio Monasterio.
La primera publicación de una obra de Soler por Rubio data de 1947. Fue el motete Confitebor tíbi, Dómine, a 4 voces mixtas (n. 77).
El año 1957 comienza Rubio en «Unión Musical Española» la edición de las Sonatas de Soler. Colección en siete tomos de 120 sonatas de las cuales sólo un pequeño número, contando la edición de Londres del siglo XVIII, en vida de Soler, habían sido impresas anteriormente (Pedrell, Nin, Kastner, Marvin). Esta colección es una aportación cultural de primer orden y ha hecho posible la divulgación e incluso la popularidad del músico escurialense. La trascripción es crítica. Cada tomo va precedido de un prólogo sobre su trabajo.
En 1968 publica los Seis conciertos para dos órganos de Soler. Una buena edición con un prólogo sobre los aspectos críticos de la misma. Estos conciertos habían sido publicados anteriormente por Kastner.
También edita por primera vez en España el famoso Fandango (n. 18) sobre cuya paterniad soleriana Rubio manifiesta últimamente sus dudas. Esta pieza, sumamente sugestiva por su nacionalismo, es hoy gustada y se ha convertido en una de las más populares del músico escurialense.
Aparte de estas grandes publicaciones, tiene otros estudios en revistas y ha pronunciado numerosas conferencias sobre su antecesor en la dirección musical del Escorial.
Su aportación al conocimiento y difusión de Soler y su obra puede considerarse pues, sin lugar a dudas, como muy importante para la música y la cultura españolas.
En el ambiente escurialense Rubio ha buceado en todos sus aspectos musicales. El estudio anteriormente citado sobre los «Libros corales» aparece por primera vez impreso en su totalidad ahora, aunque fue presentado en Roma como tesina de su licenciatura. Su publicación se debe a una sugerencia o ruego de los monjes de Solesmes, interesados en el mismo. Aquí Rubio se adentra en un aspecto musicológico, el canto gregoriano, no habitual en su producción, pero principalísimo en la práctica de sus largos años de Maestro de capilla. No en vano en sus años se cantó en El Escorial el canto gregoriano de un modo casi perfecto.
Y para terminar , dejamos el monumental Catálogo del Archivo de música del Monasterio de San Lorenzo el Real del Escorial (n. 4). Esta publicación meticulosa, científica pero al mismo tiempo cálida, con el pálpito de lo que a menudo se maneja y quiere, es una contribución formidable a la musicología española y uno más en la serie de catálogos realizados en la Real Biblioteca por los agustinos escurialenses. El P. Samuel, cuidador del Archivo durante tan largos años, ha sido el autor de un cambio del lugar tradicional del mismo a otro más asequible junto a la Biblioteca Real, aunque ni pertenece ni haya pertenecido nunca a esta entidad. Los Incipit han sido publicados últimamente, bajo la dirección de Rubio, por José Sierra, promesa y en parte ya realidad de la joven musicología escurialense.
La nueva Escuela de Musicología
Aparte de las publicaciones de Rubio, queda su magisterio. Ultimamente escribía en uno de sus pequeños y sabrosos artículos: «(Es más rico el más generoso: más sabio el menos reservado» (RITMO, 527, noviembre 1982, p. I 29). El P. Samuel lo es plenamente pues sin reservas se dio a la enseñanza, formando discípulos avezados en el bien hacer, en el trabajo serio, creando así lo que Sopeña ha denominado Escuela madrileña de musicología. La labor de Rubio en la Cátedra ha sido verdaderamente ejemplar .Al aceptar la presentación y estudio del Libro de música práctica de Francisco Tovar,lo hace, dice el mismo, «con el pensamiento puesto ante todo en los estudiantes de musicología de esta nueva generación que, si no se malogra por obra de cualquier coyuntura desventurada. puede y debe constituir el punto de partida para la creación de una escuela no improvisada, ni basada, como ha pasado con demasiada frecuencia en España, en la buena intención de sus cultivadores, actitud que si bien es necesaria, no es, ni mucho menos, suficiente para realizar trabajos musicológicos, que deben revestir o ir acompañados de los caracteres de seriedad y probidad científica que se exigen a cualquier disciplina que se precie de tal» (p.17).
Innecesario parece para este lugar la crítica que ha merecido su obra y su persona. Enrique Franco, Sopeña, Tomás Marco, Ruiz Tarazona, Chávarri, etc., manifiestan en sus escritos una opinión ensalzadora e inmejorable; los honores recibidos han sido más bien de última hora. Consciente de valer, pero siempre amigo cuando uno se dirige a él como a maestro, de él podría decirse sencillamente: es un sabio.

Luis Hernández G. Calonge

      1. Antonio Soler (1729-1783)
      1. Concierto nº 1 en Do mayor
      2. Concierto nº 2 en La menor
      3. Concierto nº 3 en Sol mayor
      4. Concierto nº 6 en Re mayor