(III) Ciclos de Miércoles III Ciclo de música española del siglo XX

(III)

  1. Este acto tuvo lugar el
Trío Ciudad de Barcelona . Josep María Alpiste, violín. Ángel Soler Renales, piano. Pere Busquets, violonchelo
Salvador Gratacós, flauta. Josep Casasus, viola

NOTAS AL PROGRAMA

Por Antonio Fernández-Cid de Temes

    Tres compositores de personalidad muy distinta y no frecuente presencia en los programas dan relieve al de este ciclo, que la Fundación Juan March dedica al paisaje musical de España y que se ciñe hoy al mundo atrayente de la de cámara, con el particular interés que determina el hecho de que las combinaciones son desusadas: flauta, violín, viola, violoncello y piano en la «Música concertante», de Angulo; flauta y piano en la «Sonatina»,- de Martín Pompey; piano, violín, viola y violoncello en el «Cuarteto», de Jesús García Leoz. Este, fallecido en 1953. Angulo y Pompey figuras del presente, al que, sin la muerte prematura, Leoz estaría adscrito en la vida como con pleno derecho lo está en la obra.

MANUEL ANGULO

El más joven, nació en Campo de Criptana el año 1931. Es elemento muy activo en el ambiente musical madrileño. En su Conservatorio realizó con brillantez estudios de piano, órgano y composición. En él es profesor ahora, al tiempo que catedrático de la Escuela Universitaria de Profesorado de Madrid. Desde el presente curso desempeña en el primero de los centros citados la Cátedra de Pedagogía Musical.
Venecia, Siena, Salzburgo y Niza fueron fondo propicio para la ampliación de estudios.
Ya desde la coronación de los básicos son muchos los premios extraordinarios que jalonan su carrera. Son muchas también las obras y múltiples las galardonadas y brindadas por solistas, grupos y orquestas nacionales y extranjeras. Desde la «Tocata» se abre con fortuna la producción. «Cuatro móviles», «Dos contrastes para orquesta», «Canciones sefardíes», «Partita», «Invenciones para quinteto de viento», «Siglas», para grupo de cámara, pueden re- presentar bien el catálogo variado y rico. Por lo que se refiere a la estética, no se adscribe a zonas de vanguardia, pero dista de encasillarse en moldes conservadores invariables. He aquí su lema: «Estar atento a las nuevas corrientes, vivir en relación con las actividades artísticas, no sólo musicales, responder a la propia manera de sentir, sin cohibirme, ni proponerme fórmulas forzadas, en culpable afán de originalidad a ultranza.»
Y a todo ello responde su «Música concertante», escrita en 1962 y cuyo planteamiento es próximo al de la sonata-concierto, con una construcción muy flexible en relación con los moldes tradicionales de di- cha forma y un lenguaje que cabe ligar a las últimas consecuencias tonales y en algunos momentos con resultados plenamente atonales.
La obra está realizada en tres tiempos. Se inicia con un «Allegro deciso», que surge desde dos ideas contrastadas y antagónicas: una muy ágil y otra más serena, pero que se aglutinan y originan un discurso sonoro a través de una esencia intencional única «Lentamente», de signo expresivo, se estructura sobre el tradicional esquema tripartito: la fórmula A-B-A.
Por fin, el «Allegro marcato» se ve basado en una célula melódico-rítmica principal, que origina una trama sonora con criterio de variación-improvisación.
La «Música concertante» obtuvo accésit en el Con- curso Internacional de Música de Cámara de la «Societá dell Quartteto», de Vercelli. Ha sido tocada por el Clásico de RTVE y el «Pasquier», en el Festival Internacional de Verano de Niza.

ANGEL MARTIN POMPEY

Es de 1902, de Montejo de la Sierra. También formado en el Conservatorio de Madrid, alumno calificadísimo en armonía y composición del maestro Conrado del Campo, de cuya cátedra salieron tantos músicos relevantes y de signos muy eclécticos. Martín Pompey, compositor fecundo, tiene tras sí un largo historial enriquecido también por su magnífica labor pedagógica en el Colegio de Nuestra Señora del Pilar y por las revisiones de clásicos españoles de la polifonía, realizadas con tacto y acierto grandes.
Las Orquestas Sinfónica y Filarmónica de Madrid, la Agrupación Nacional de Música de Cámara y el Cuarteto Clásico, los éxitos de estrenos en Berlín, Francia y América, la concesión de una de las becas de creación musical de la Fundación Juan March por su obra «Variaciones sobre un tema original para coro mixto, solistas y gran orquesta», son muestras sobre la notable jerarquía musical de Martín Pompey. Su producción es muy variada y recoge canciones y ciclos vocales; veinticinco canciones líricas y otras tantas sobre poesías populares, canciones infantiles, la «Suite en estilo antiguo», para pequeña orquesta, como la «Obertura optimista», tríos, cuartetos...
El propio Pompey afirma que su escuela «pertenece a la técnica moderna vista desde un lado completamente opuesto a muchas de las corrientes que hoy están en curso». Es una particular, pero indudable forma de valentía: sostener propias convicciones, sin temor a ser calificado de retrógrado por quienes buscan la innovación forzada, incluso.
Para situar su «Sonatina», el autor nos envía los párrafos que transcribimos «Históricamente la sonatina aparece como la hermana menor de la sonata. Su temática, el carácter, el ambiente y su forma son completamente dispares. La sonata, tal y como hoy es considerada y comprendida, es una forma de composición llena de vigor, arte y elocuencia, profundidad de pensamiento, desarrollo temático, división de los tiempos, valor artístico, dificultades técnicas de composición... Una obra donde el artista puede expansionar toda su técnica y toda su inspiración.
La sonatina, por el contrario, es una obra que suele tener un carácter un tanto gracioso y alegre. Su temática suele tener cierto sabor lírico en unos casos y cierto ambiente grotesco en otros. Su división, más reducida que la sonata, hace que esta clase de composición, aún teniendo grandes valores artísticos, no alcance la profundidad e importancia artística de una sonata. Tanto una forma de composición como la otra, a pesar de las grandes evoluciones experimentadas en el campo de la música, se mantienen hoy en todo su vigor. Son innumerables los maestros de la llamada escuela moderna, que con ligeras variantes vienen practicando esta clase de composición. Podemos recordar como signo característico la «Sonatina», de Ravel.
La de Martín Pompey, para flauta y piano, está dividida en tres tiempos: un «Moderato», un «Andante» y de nuevo un «Moderato». Su curso es claro y no precisa de particulares apostillas. Dentro del respeto a la forma tradicional. Pompey construye con técnica muy propia, lejos de adherirse a estilos u orientaciones concretos, fiel a su creencia de que el compositor debe ser libre y su obra obedecer al ímpetu interior que brota de manera espontánea.

JESUS GARCIA LEOZ

El 22 de marzo de 1953 se truncó dramáticamente la vida de Jesús García Leoz. Fui testigo doloroso del adiós, viví con él sus últimas horas, ligado por amistad y admiración profundas al hombre y el artista. Había nacido en Olite el 10 de enero de 1904. A los cuarenta y nueve años, en plena madurez, la vida le sonreía y con toda legitimidad podía llamarse triunfador en su profesión, en una labor de artesano artista, músico desde siempre, trabajador infatigable, que en la misma fecha de la muerte, en la mañana del último domingo de su vida, pudo asistir a la proyección privada de «Bienvenido, Mr. Marshall», una de tantas películas animadas por su partitura.
Era el momento, sin duda, ya trascendente, aureolado el artista por un prestigio cada vez mayor y de más amplio varillaje. En los meses anteriores una revisión, la actual, del «Cuarteto con piano», la obra más sólida en el campo de la música de cámara, los estrenos del retablo navideño admirable «Primavera del portal», de las más f1oridas muestras de su inspiración vocal, las «Seis canciones sobre versos de Antonio Machado» , seguidas estas audiciones por las póstumas de la «Sonatina», en versión orquestal y de los fragmentos concluidos de su opera «Barataria», señalaban bien el período de plenitud creadora. Leoz había nacido músico. Niño de coro, miembro del Orfeón de Pamplona, mientras realiza sus primeros pinitos creadores, tales hechos marcan la etapa en la patria chica. El piano es su instrumento, que le permite vivir en períodos bonaerenses, hasta que en el retorno a España se propone ampliar estudios en el Conservatorio madrileño de la mano de Balsa, Conrado del Campo y sobre todo Joaquín Turina, de quien es discípulo predilecto y al que admira y quiere hasta el punto de ser como su continuador, con las variantes lógicas del origen geográfico y cronológico.
Leoz lo hará todo en música: maestro de coros concertador, pianista de cine mudo y de café, colaborador en sesiones de «lieder», director de orquesta compositor... Su afición sensible, insobornable, le Impulsan a conocerlo todo. Su ideal creador es el de un lirismo español entroncado en el pretérito y con la mirada puesta en el mañana.
La producción es copiosa, con ramificaciones en los más diversos géneros. El cinematográfico es el que permite una vida holgada, hasta el punto de que, soy buen testigo directo, el artista pensaba en obtenidos ya todos los premios y galardones posibles limitar esa actividad profesional a lo imprescindible para una subsistencia digna y entregarse de lleno a la producción más ambiciosa.
Leoz, fácil, rápido, agudo, inquieto buceador del arte, la literatura, la vida, se convirtió en elemento primerísimo en ese quehacer de glosar, subrayar en música los guiones cinematográficos más diversos. «El abanderado», «Eugenia de Montijo», «Botón de Ancla», «Balarrasa», «Surcos», «Un hombre va por el camino», «El huésped de las tinieblas», el ya citado «Bienvenido, Mr. Marshall», pueden servir de representación a docenas de títulos, algunos bien populares, a partir de que en 1934 aborda su primer largometraje en «Sierra de Ronda».
Una sinfonía, varias canciones, entre ellas «O meu corazón che mando», que dedicó a quien firma sobre versos de Rosalía de Castro, una zarzuela galardonada, «La duquesa del Candil», con texto de los hermanos Fernández-Shaw, varios «ballets», completan el paisaje creador del músico.
En él, como precedentes históricos en el campo camerístico, aparecen la «Sonatina de violín y piano» y el «Cuarteto de cuerda». Eran como los ejercicios previos para la obra madura que hoy se interpreta: el «Cuarteto con piano».
Se advierte en éste un espíritu juvenil indudable y una ejemplar pulcritud de trazo. Cabría decir que pasado y presente se funden, muy venturosamente, en sus pentagramas.
Hay como un deliberado respeto a la tradición, más de admirar en un músico dueño de todos los recursos de la técnica moderna. Se podría muy bien hablar de la raíz y el vuelo que se atestiguan, de la sutileza del fondo y el máximo respeto a la forma.
Leoz, lo dijo siempre, consideraba por igual inadmisibles a quienes se empeñan en ser modernos, sin tener nada nuevo que decir en busca de una careta que cubra la incuria de sus ideas y quienes se estancan, impermeables a las conquistas de los tiempos, en un pasado cuyas muestras geniales no pueden ser superadas. Por eso cabe decir que Jesús García Leoz es un artista de su momento, sin preocupaciones de serlo: por impulso de su personalidad.
El «Cuarteto con piano» distribuye su curso en tres tiempos: entre dos extremos alados, sonrientes, dinámicos por ritmo y melodía, un «coral» clásico en el que las variaciones denotan la talla del que las concibió.
Impresionismo, por sensibilidad, españolismo, por origen, universalidad, por concepto sin estrecheces, son términos bien aplicables a la obra, con la que el Trío Ciudad de Barcelona y sus colaboradores, cierran este programa.

      1. Manuel Angulo (1930)
      1. Música concertante
      1. Ángel Martín Pompey (1902-2001)
      1. Sonatina para flauta y piano
      1. Jesús García Leoz (1904-1953)
      1. Cuarteto con piano