(III) Ciclos de Miércoles II Ciclo de música española del siglo XX

(III)

  1. Este acto tuvo lugar el
Francisco Guerrero Marín, órgano

NOTAS AL PROGRAMA

Por Fernando Ruiz Coca


JESUS GURIDI

Tres piezas: Preludio, Pastorela, Villancico
Ya, al trazar el recuerdo de Tomás Garbizu, hemos encontrado el marco sociológico que, en buena parte, da razón de su personalidad artística. A Jesús Guridi le hallamos, también, encuadrado en sus orígenes en estas coordenadas. Resumamos, en una rápida mirada, su vida, comenzada en Vitoria en 1886. Con una primera y ya seria formación en España, la amplía y enriquece, primero en la «Schola Cantorum», de París, con D'Indy, y, más tarde, en Bruselas y Colonia. Cuando, a los 22 años vuelve a España para instalarse en Bilbao, comienza una actividad profesional que comprende, prácticamente, todas las facetas de lo musical. De entonces data su primera composición importante: el poema sinfónico para voz y orquesta, «La siembra», a la que seguirían páginas de todos los géneros, iniciadas sintomáticamente por dos títulos que señalan dos de sus grandes preferencias: el ciclo coral, «Así cantan los chicos» que, mucho más tarde, ofrecería, enriquecida, a la Academia de Bellas Artes en ocasión de su ingreso en 1956, y la «Fantasía», para órgano. Luego iría llegando una larga serie orquestal, desde « Una aventura de D. Quijote», de 1915, hasta las famosas «Diez Melodías Vascas», de 1941, o la «Sinfonía Pirenaica», de 1946, sin olvidar el «Homenaje a Walt Disney», para piano y orquesta, ya en 1956. Junto a ellas, las partituras que más ancha popularidad le proporcionaron: las zarzuelas «Mrentxu», «El Caserío», «La meiga», «Mandolinata», «Peña Mariana»; la ópera «Amaya», y la comedia lírica «La condesa de la aguja y el dedal». Y, siempre, como una constante, los pentagramas corales y los organísticos: «Estampas Vascas», «Ator, ator, mutil», o «Amatxo», como ejemplo de los primeros, y el «Tríptico del Buen Pastor», que ganó el concurso nacional convocado en 1953, para solemnizar la inauguración del órgano de la catedral de esta advocación, en San Sebastián, en cuanto a los otros. Música de cámara, la gran «Misa de San Gabriel», y una multitud de canciones y páginas pianísticas completan el variadísimo y rico panorama de la producción de Guridi, que va surgiendo paralelamente a su trabajo docente como catedrático de órgano en el Conservatorio de Madrid, del que desde 1956 hasta su muerte, en 1961, fue director.
Su estilo creador estuvo siempre condicionado por sus estudios que sintetizaban las corrientes francesas y las germánicas tomadas en sus fuentes postrománticas academizadas, a las que aportó una permanente atención, dominadora en su numen, a las músicas naturales del País Vasco, que supo hacer, comprender y amar por auditorios de todo el mundo.
Hoy escuchamos tres piececitas cortas en las que su doble vocación, la docente y la del creador de espacios sonoros, se juntan y confluyen en el instrumento a que dedicara su mejor amor: el órgano. Están elegidas entre las que comprende la «Escuela Española de Organo, colección de veinte composiciones breves, fáciles y de mediana dificultad para el estudio del órgano», fechada en 1950. Es decir, se trata, una vez más, de «Estudios», ese género, siempre cultivado por los grandes maestros, en los que tantas veces dejan muestra espléndida de su ingenio. Los nombres de Chopin o Debussy bastan para justificar esta afirmación. La primera de estas pequeñas páginas se titula «Preludio» y está dedicada a Mario Viani. Su tono es el de Re mayor y su aire «Andantino». La forma es muy simple y, en ella, encontramos un breve episodio modulatorio. Quizá lo que distinga este «Estudio» sea su inestabilidad métrica, por el frecuente uso de anacrusas y la elusión de acentuaciones en las partes fuertes del compás. «Pastorela», dedicada a Pablo Bilbao Aristegui, es la segunda. En Fa mayor, sus comienzos se presentan como un «Allegretto mosso», al que sigue un «poco piu animato», en que alternan compases de dos por cuatro y tres por cuatro, en clara evocación de ritmos vascos. Por último está un «Villancico», dedicado al P. Nemesio Otaño. Está escrito en Do mayor, en un «Quasi allegretto». El compás de seis por ocho le otorga el aire de una ingenua pastoral.


TOMAS GARBIZU

Tríptico

Nacido en Lezo, Guipúzcoa, en 1901, Tomás Garbizu forma parte de esa inmensa pléyade de músicos que, en el País Vasco, cultivan su arte en contacto directo con el pueblo al que, con tanta eficacia y profesionalidad como modestia, vienen sirviendo en las dos grandes corrientes allí tan arraigadas: la coral y la organística, que funden y confunden la inspiración religiosa la del folklore del país. Si recordamos algunos datos, tendremos la clave mejor para entender la personalidad del músico que hoy escuchamos. Por un lado, las agrupaciones corales numerosísimas que, en cada población o aldea, surgen con la naturalidad espontánea de una afición por todos compartida. Grupos que utilizan, junto al gran repertorio habitual en los conciertos, una gran cantidad de composiciones, constantemente renovadas, que recogen las tradiciones populares. Por otro, y como parte de la vida diaria, las músicas eclesiásticas para el órgano, instrumento al que se concede la mayor atención. La impresionante colección de órganos que poseen las iglesias vascas -probablemente la mayor concentración y la más amorosamente conservada de España- es una consecuencia lógica de esta atención respetuosa y eficaz a estas músicas que cumplen una función inseparable de la religiosidad de aquellas gentes. Organos magníficos, construidos la mayoría durante el siglo XIX partiendo de un concepto romántico del instrumento. Recordamos, entre otros, los firmados por Cavaille-Coll en los santuarios de Nª Señora de Begoña, en Bilbao, el de la Basílica de Lozoya, el que es ornato envidiable de la parroquia de Azcoitia, el del templo de Nª Señora del Juncal, en Irún, o el de Santa María del Coro, de San Sebastián. Y, en estrecha y lógica relación con ellos, las generaciones sucesivas de maestros organistas que pueblan las historias de la música en una floración espléndida, pero nada sorprendente si tenemos en cuenta el favorable ambiente en que desarrollaron y desarrollan su hermoso trabajo. Son los Zubizarreta, Urteaga, Gabiola, Martín Rodríguez, Otaño, Mocoroa, Guridi, Donosti, Trueba, Busca de Sagastizábal y un larguísimo etcétera, a los que siguen, hoy, los Azcue, Pildain, Elizalde o Taberna que, compositores o intérpretes, crean o utilizan pentagramas, casi todos nacidos en la mejor tradición escolástica del postromanticismo. Garbizu es uno de ellos, y con ello tenemos su definición técnico-estética, que ya es un primer elogio.
No limita Garbizu su catálogo de obras a lo organístico. En él encontramos un concierto para violín y orquesta, el «ballet» «Kresala» y muchas otras páginas corales y sinfónico-corales, como la «Misa benedicta», que, inspirada en la devoción que rodea el santuario de Aranzazu, fue estrenada con toda solemnidad en la parroquia de Santa María de San Sebastián, por el Orfeón Donostiarra dirigido por Juna Gorostidi, en 1961, y que constituyó un acontecimiento musical de primer orden.
«Tríptico», sobre un tema gregoriano, es una pieza característica del estilo de este autor encuadrado, como queda dicho, en la larga prolongación romanticista, presente en tantos pentagramas organísticos. Las modulaciones, el cromatismo, enriquecen el campo tonal en que fundamentalmente se mueve. La partitura obtuvo el primer premio y la insignia de oro de Avila en el concurso de órgano convocado en 1971 por el Ayuntamiento de la ciudad para solemnizar las fiestas de Santa Teresa, en el mes de octubre, certamen que, a partir del año siguiente, se integró en las Semanas de Polifonía de Avila organizadas por la Comisaría de la Música.
El tema elegido es el comienzo de un ,«Kyrie» gregoriano cuyas notas extremas -La, Reforman un intervalo de quinta invertida. En torno a este intervalo nace la obra, cuyo tiempo más importante, el final, es una ,«Tocata con diapente», término musical este último obsoleto, de origen griego, que significa, precisamente, intervalo de quinta. Consta la obra, respondiendo a su título, de tres partes en las que no aparecen indicaciones para la registración. La primera, «Introito» (poco libre, pero movido) expone y glosa el tema brevemente. .Es de señalar la constante alternancia de compases binarios y ternarios, lo que nos recuerda ritmos de danzas vascas. Sigue «Prefacio», con dos fases: un tiempo «tranquilo», en que el tema se va descomponiendo en sus células presentadas modulantemente con imitaciones, no pocas en movimiento contrario. Una cierta inestabilidad rítmica es introducida por anacrusas en la voz principal, que dejan al aire las partes fuertes del comienzo del compás. Después de un «clímax» llega un «Andante moderato» relajante, siempre en estilo imitativo y modulante, que concluye con una cadencia en el tono inicial, por enharmonía. Por último, encontramos la «Tocata con diapente», ya señalada, de mucha mayor duración que los tiempos anteriores, que se divide en tres momentos, «Allegro», «Poco tranquilo», «Allegro», cuyos extremos se desarrollan en acordes arpegiados ascendentes, de los que las notas superiores son siempre intervalos de quinta. Con gran brillantez llega en un «crescendo» a su «clímax». Una corta -transición lleva al momento central en una figuración continua en corcheas, subrayada con acordes espaciados. Volvemos a encontrar la alternancia entre ritmos binarios y ternarios, mientras el intervalo de quinta se hace constantemente presente. Un final brillantísimo pone fin al tiempo ya la partitura.


FRANCISCO LLACER PLA

Liturgia I (Responsorio por Daniel de Nueda)

Una de las figuras más interesantes y representativas de la música levantina es la de Francisco Llácer Plá (Valencia, 1918). y lo es tanto por su valor intrínseco, bien demostrado en sus polifacéticas actividades artísticas, como por ser puente entre la tradición escolástica y las «nuevas músicas» de la vanguardia española. Hace sus muy completos estudios en el Conservatorio de su ciudad y se aconseja de maestros como Machancoses, Báguena y Palau. Daniel de Nueda fue su mentor y amigo. En cuanto a las corrientes contemporáneas, seguidas con curiosidad y apasionado interés -no sólo limitado a la música, sino abierto a todas las manifestaciones del pensamiento y las artes- las estudia y asume como autodidacta, al modo que tantos músicos españoles de su edad hubieron de adoptar. He indicado lo polifacético de sus trabajos. Veamos: reorganiza y dirige el orfeón ,«El Micalet»; es crítico musical de la revista «Pentagrama»; dirige coros y forma parte del claustro de profesores del Conservatorio valenciano. Pero, sobre todo, escribe música. Una música pensada «al servicio del hombre, cuando éste está al servicio de Dios». y lo hace, como hombre ligado a su tiempo, del que quiere dar testimonio en un lenguaje actual. La atonalidad, el dodecafonismo, incluso, en alguna etapa, van conformando su personalidad, que, a lo largo de años, días y trabajos, se perfila encuadrada en un estilo neoexpresionista muy propio, transparente, agudo, hiriente, pero sin amargura. Como el de un hombre -hombre antes que músico- abierto, pese a todo, a la irrenunciable esperanza.
Todo ello va quedando plasmado en su catálogo de obras que intentan todos los géneros, desde la canción o el piano a la gran orquesta. Precisamente en esta temporada la Nacional ha llevado a sus atriles el «Rondo Mirmidón». Recordaremos algunos de los títulos más significativos: Dos «lieder» amatorios, «Preludio» para piano y «El bosque de Opta», para orquesta; varias sonatas pianísticas: «Sincreción devertimento», para orquesta de cuerda, «Invenciones para seis instrumentos», «Trova Heptafónica», para cuerda. «Migraciones», para soprano y orquesta. «Episodios concertantes», para guitarra, doble cuarteto y percusión; numerosas páginas corales y otras para arpa, guitarra u órgano. Una de estas últimas «Liturgia I», fechada en 1977, es la que hoy escuchamos.
«Liturgia I» (Responsorio por Daniel de Nueda), «in memoriam» del ilustre músico, director que fue del Conservatorio valenciano, está presentada en una escritura polifónicamente clara. La dificultad está en su fondo. El tema original está tomado de cadencias gregorianas, y utiliza, como motivo secundario, un fragmento del Coral 72 de «La Pasión según San Mateo», de Bach. El contenido de la partitura se fundamenta según el autor, en la segunda lección de la liturgia del Jueves Santo, «sin que ello suponga supeditación al texto». La métrica utilizada fluctúa frecuentemente en figuraciones variadas asimétricas. irreversibles, lo que asegura su temporalización. El atonalismo expresionista encuadra la página. Los continuos desarrollos imitativos, tan propios del órgano, dan carácter. El autor opina de su obra de esta manera: «El tema y el motivo que se utilizan horizontal y verticalmente en los períodos de la obra se tratan como imitaciones y transposiciones del contrapunto atonal. Existe una célula rítmica y serie dinámica que se desarrollan en el transcurso. La agógica reúne, junto a secuencias mesuradas, otras con rotura de la simetría y periodicidad rítmica, utilizando, también módulos con duración segundal en diversas combinaciones. La obra empieza con la nota La bemol y termina con un acorde en Fa menor en segunda inversión, nivel sonoro que, al abrir y cerrar la obra, esperamos le con- fiera la atmósfera que deseamos conseguir».


FRANCISCO ESCUDERO

Toccata para órgano
En la mejor tradición de músicos vascos está Francisco Escudero (San Sebastián, 1913), que hizo sus primeros estudios en el Conservatorio y Academia Municipal de Música de su ciudad natal, y que, en Madrid, los completaría con Conrado del Campo. Después, varias becas del Ayuntamiento donostiarra, de la Diputación de Guipúzcoa y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, le permitirían proseguir su formación, enriqueciendo sus horizontes cerca de Dukas, Le Flen y Wolff, en Francia y Alemania, sucesivamente. Ya, de regreso a su país, en el que viene desarrollando su carrera, se dedica fundamentalmente a la enseñanza y a la composición. Profesor de Música en la Casa de Misericordia de Bilbao, director de la Sociedad Coral bilbaina, pronto se hace cargo de una cátedra y, más tarde, de la dirección del Conservatorio de San Sebastián. En 1947 obtuvo el premio nacional por su «Concierto Vasco». También gana el concurso convocado por la Diputación de Guipúzcoa en 1952, para conmemorar a Iparraguirre con su oratorio, «meta». Estas notables partituras figuran en su catálogo junto a un concierto para «cello y orquesta», .«Sinfonía Sacra» (estrenada en 1972, en la Semana de Música Religiosa de Cuenca), «Sinfonía en Si bemol», «Chimboriana», la «Toccata para órgano», escrita para inaugurar con obras de compositores españoles contemporáneos el del Palau de la Música de Barcelona, en 1973, «Cuarteto en Sol» y numerosas páginas para piano, voz, canto coral y órgano.
Una de sus más importantes creaciones es «Zigor», (Castigo), una gran ópera compuesta sobre textos en vascuence a petición de la Asociación de Amigos de la Opera de Bilbao, en 1961, que fue estrenada por la Orquesta Nacional en versión de concierto, en 1967 , representada con gran éxito al año siguiente, en el festival de ópera madrileño, y grabada íntegramente en una colección de discos.
Escudero estuvo en sus primeros años muy vinculado a las estéticas europeas, que supo resumir desde su propia personalidad. Lo francés y lo germánico se hermanaban en esta síntesis. Sin embargo, a partir de su bello «Concierto Vasco» para piano y orquesta, de 1947, adopta un sistema estético que busca en las músicas populares un punto de partida para elaborar sus partituras.
La ,«Toccata para órgano», fechada, ya está dicho, en 1973, y ejecutada por vez primera en Barcelona un año después por Montserrat Torrent, consta de tres tiempos que se ofrecen sin interrupción. Primero está un «Allegro libero sciolto», en el que una figuración mantenida (cuatro semicorcheas) se presenta en imitaciones y combinaciones rítmicas para las que el orden binario deja paso con frecuencia a compases irregulares. El contrapunto estructura esta polifonía típica del género «Toccata». Muy lírico, con bellas, tendidas melodías, es el tiempo segundo, «Molto tranquilo e ben cantato», para volver a una organización pariente de la del primer tiempo, en el tercero, «Animato». Todo termina en un «Lento con tutta la forza», con una serie de brillantes acordes. El autor comentó así su obra en ocasión del estreno: «De forma libre, responde, sin embargo, a su título. Está compuesta a base de un solo diseño cuya interválica organiza la música como en un espejo, adquiriendo, a la vez, una presencia más objetiva en el tiempo. Lleva tres secciones cuya corriente musical se desliza en un todo. Su estilo organístico es de singular virtuosismo y fantasía. A) Dibujo fundamental cuya dinámica da forma a ritmos y estructuras. B) Expresivo desarrollo horizontal y vertical en trazos abiertos que dan relieve e incisión a toda la sección. Reexposición variada. C) Deducción simultánea, en tiempo más lento, de ritmo y melodía que convergen en un nuevo desarrollo de los distintos aspectos del diseño y tensa cadencia. Una traca final desarrolla el dinamismo del dibujo inicial abocando a la tirantez de unos acordes que perdiendo paulatinamente su rigidez se resuelven en Do sostenido mayor, mientras que el pedalier, buscando una nueva dimensión, se desvía y cae al tono de Do natural».


JORDI ALCARAZ

Invenciones
De los compositores reunidos en este programa, Jordi Alcaraz (San Feliú de Llobregat, Barcelona, 1943) es el más joven. Sus estudios se orientaron desde el principio al órgano ya la composición. Díscípulo de Montserrat Torrent, primero, más tarde trabajó con Rilling (Stuttgart), Germani (Siena), Reinberger (Praga) y Peeters (Malinas). Está en posesión del Título Superior de Organo por el Conservatorio Municipal de Barcelona, del que, actualmente es profesor. En cuanto a la Composición, fue alumno del Hochschulinstitut für Musik de Trossingen, en la clase de Rovenstruck. En 1972, asistió a los cursos internacionales de Darmstadt, y en 1976, al Semínario de Salzburgo sobre música contemporánea.
Su carrera está jalonada de premios, desde los obtenidos en los centros en que desarrolló sus estudios hasta el de la Fundación Española de la Vocación, el Extraordinario de Organo instituido por el Ayuntamiento de Barcelona o el dotado por el Ministerio de Información y Turismo para el Concurso Internacional de Composición de Avila, que fue concedido, precisamente, a la página que hoy escuchamos. Además, en dos ocasiones, ha sido finalista en los concursos anuales de composición «Arpa de Oro», de la Confederación Española de Cajas de Ahorro. Sus obras son programadas regularmente en varios festivales internacionales. En Barcelona han sido incluidas en el Festival Internacional y en las Semanas de Nueva Música.
Su catálogo, aún no muy numeroso, se distingue por la ambición constructiva y la coherencia del lenguaje: es patente su preocupación por la forma. Todo ello, en cierta manera, otorga una cierta objetividad a sus creaciones, más propias de la contemplación que de la conmoción de los oyentes. Entre sus composiciones citaremos: «Recyclage», «Tres contrapuntos» (cuarteto de cuerda), «Fantasía», para cuerda y percusión, «Spiral for harpsicord».. «Invenciones» lleva fecha de 1975. Una serie de breves piezas va desarrollando ideas diversas que responden a los títulos «Intento», «Retablo», «Continuo», «Risoluto», y «Dobles». El autor comenta así esta partitura: «La palabra latina «Inventio» significa «Hallazgo», «Ocurrencia»,. En su proyección musical se trata de una fórmula que, una vez hallada, se desarrolla... El lenguaje musical es atonal y exige del instrumento una amplia gama de color sonoro».


CARLOS CRUZ DE CASTRO

Registros
Carlos Cruz de Castro es uno de nuestros compositores que llegan a la música desde la Universidad. Esto supone una visión exigente de su arte no fácilmente compatible con la tradición hecha tópico en tantos de sus aspectos. Aún lo que acepta es, previamente, sometido a un proceso de revisión que asegura autenticidad para su vigencia. y esto es fundamental en unos momentos en que la música atraviesa una de las más decisivas crisis de su historia, lo que supone para los creadores actuales, en su búsqueda de nuevos caminos, la necesidad de ideas claras sobre las esencias de su arte. Cruz de Castro tantea el incierto futuro partiendo de serios criterios sobre el pasado.
Nacido en Madrid, en 1941, se dedica algún tiempo al estudio del Derecho, y, muy particularmente, al de la Sociología. y este último tema, aunque semiabandonado para una más completa dedicación a la música, sigue informando sus preocupaciones en torno a la creación artística. Baste citar, como ejemplo relevante, las dudas que abriga respecto al mañana de la institución del concierto como medio habitual para la recepción de la música por el público, su lógico destinatario. Su muy completa formación escolástica la obtiene en el Conservatorio de Madrid de la mano de Calés Otero, Gerardo Gombau y García Asensio. Más tarde, la ampliaría en Düsseldorf con Milko Kelemen. y ha escuchado los consejos de Günther Becker, Dúo Vital, Manuel Carra, Cristóbal Halffter o Luis de Pablo, entre otros músicos de nuestros días. Sus deseos de renovación, inconformismo en tantas ocasiones, le llevan, en plena adolescencia, a fundar con otros jóvenes artistas el grupo «Problemática 63» y a integrarse en «Nueva Generación», de las Juventudes Musicales de Madrid. Esta actitud se revela, lógicamente, en sus obras, en las que ha ido abordando desde la aleatoriedad, «Ajedrez» (1969), hasta las fuentes de producción del sonido, como en «Menaje» (1970), el teatro musical, «Apertura», «para un actor y público asistente», las nuevas formas de escritura o la articulación de los sonidos.
Su catálogo comprende gran número de partituras la mayor parte compuestas para pequeños conjuntos. Recordemos, con las ya citadas, «Algo para guitarra», «B:4», «Capricornio», «C-3», «Cuarteto II», «De Nativitate Domini», «10+1», «Disección», «Igualaciones», «Incomunicación», «Llámalo como quieras», etc. Es, por otra parte, creador y coordinador del Festival Hispano-Mejicano de Música Contemporánea, ya en su V edición.
«Registros», para órgano, está dedicado al organista de la Neenderkirche, de Düsseldorf, Oskar Gottlieb Blarr, y ha sido escrita para un instrumento de tres teclados y pedal. En una métrica libre, la obra cobra su sentido para el oyente en una serie de diseños melódicos indeterminados que van apareciendo sucesivamente, en un proceso de imitaciones en los diferentes registros. Paulatinamente se van superponiendo, creando una textura cada vez más densa, cerrada, hasta llegar a un «clímax» clausurado con un «cluster». El autor describe así la partitura: «Como base estructural posee una célula rítmica que genera su desarrollo por adición a sí misma, llevando consigo dicha adición al "estrechamiento" paulatino de tres elementos, que, lógicamente, conducen a una fusión final: el "silencio", en tres teclados; el pedal, a manera de continuo, y la sucesión de células. Es así como la estructura se presenta íntimamente unida a la forma, en la que el "concretismo" lleva a considerar la obra en sí misma, excluyendo cuanto pueda serle accesorio, superfluo o gratuito, ayudada por la carencia de momentaneidades y la economía de medios paramétricos que favorecen la coherencia.»

      1. Jesús Guridi (1886-1961)
      1. Escuela española de órgano (3)
      1. Tomás Garbizu (1901-1989)
      1. Tríptico
      1. Francisco Llácer Plá (1918-2002)
      1. Liturgia I (responsorio por Daniel de Nueda)
      1. Francisco Escudero (1913-2002)
      1. Toccata para órgano
      1. Jordi Alcaraz (1943-1985)
      1. Invenciones
      1. Carlos Cruz de Castro (1941)
      1. Registros