(III) Ciclos de Miércoles Música española contemporánea

(III)

  1. Este acto tuvo lugar el
Jose Mª Franco Gil, dirección
Lola Muñoz, actuación. Esperanza Abad, soprano. Lola Muñoz
Conjunto Instrumental de Madrid

Tratando de música, de cualquiera de las otras artes o, en general, de algo que, por ser humano, se desarrolla en la Historia, hay que andarse con mucho cuidado en lo que se refiere a la terminología. A uno le puede pasar fácilmente lo que a aquellos hombres, llenos de buena intención científica y de anhelos renovadores, que crearon un nuevo calendario en la Revolución Francesa sin tener en cuenta la existencia del Hemisferio Sur en nuestra vieja Tierra. Para ellos Francia era el centro del mundo y si al mes en que hacia más frío le llamaron "nivoso", ese nombre debía servir también en aquellos sitios donde, en la misma época, se suda con abundancia.

Esta ingenuidad, dígase lo que se quiera, es propia del hombre, hasta de los más sesudos. ¿Qué otra cosa representa la clásica división histórica en edades? Tenemos una Edad Antigua, una Media -dividida en Alta y Baja por mala traducción del alemán-, una Moderna con su final y todo, y otra Contemporánea, que lleva camino de ser larguísima, como los historiadores no inventen otra cosa. Sí, el hombre es ingenuo y siempre parece creer que puede parar el tiempo, como Josué paró el Sol, o lo que parase, según las ideas de la verdadera Astronomía. Tendemos a clasificar hasta nuestra época sin darnos cuenta de que, a pesar de las catástrofes que se nos anuncian, o de que nos rompamos por el "progreso indefinido", pueden nuestros descendientes asistir, como actores o espectadores, a muchas épocas más.

Todo esto viene a cuento porque, en música, la confusión terminológica puede llegar a extremos exasperantes. Dejemos a un lado a los que discuten, por ejemplo, si el término "música clásica" se debe aplicar a la de una determinada época -gran final del siglo XVIII y pequeño principio del XIX- o, más de acuerdo con el lenguaje normal, a la música permanente, seria, culta, etc., etc., escrita en cualquier época. Estas y otras muchas son cuestiones que no vamos a esclarecer aquí. Conviene, sin embargo, que fijemos nuestra atención en dos términos que, muchas veces, se utilizan sin el suficiente rigor. Me refiero a "contemporáneo" y "vanguardia". Lo contemporáneo es, siempre, relativo, pues ha de resultar contemporáneo de "algo", de aquello con lo que coexiste en el tiempo, por ejemplo, nuestra pobre y corta vida. En cuanto a la vanguardia, la punta de su lanza se va quedando roma, y de vez en cuando hay que sustituirla. No se puede ser siempre vanguardista, aunque se quiera -y se pueda- permanecer en la avanzada, con los sentidos bien abiertos a todo cuanto ocurre a nuestro alrededor.

Hechas las correspondientes salvedades -muchas otras consideraciones se podrían hacer sobre estas cuestiones, que van desde la estética al propio ritmo vital-, permítaseme considerar a Tomás Marco como un músico contemporáneo de vanguardia. Que sea contemporáneo, nadie puede dudarlo. Es verdad de Pero Grullo, que son las más acreditadas. De vanguardia, también lo es, y no sólo por ese efímero regalo del cielo que es la juventud. Lo del espíritu joven no pasa de ser una manida frase literaria para consuelo de valetudinarios. Tomás Marco es joven de verdad y todavía no ha entrado en lo que yo he llamado "vanguardia estabilizada", pues uno también se permite el lujo de las clasificaciones. Siempre espiritualmente inquieto, busca y busca sin dejarse adormecer en el columpio de los propios hallazgos. Aunque haya encontrado un camino en su temprana madurez, sigue afilando sus armas para sus pequeñas guerras. Sí, Tomás Marco es joven, y no sólo porque vivamos en un país donde puede ser uno llamado "el joven compositor" hasta la edad de la jubilación administrativa, sino porque, en relación con la vida media que nos han proporcionado nuestros sabios, un tercio de siglo es realmente muy poco. Si repasamos la historia de la música, y aún la de muchas otras cosas, comprobaremos que, a esos años, existen muchas figuras que habían hecho ya mucho y bueno antes de la llegada de la Parca, mucho más diligente que ahora. Quedamos pues en que Tomás Marco es un músico de vanguardia.

Si hablamos con la persona típica del público medio, con el buen aficionado, con Juan Filarmónico, descubriremos al punto que su ámbito histórico, en lo que se refiere al gusto personal, es limitadísimo. Esto tiene que ver con la aparente juventud de la música como gran arte. Lo que pasa en realidad es que la música, en su más complicada contextura, que da paso a su Siglo de Oro, depende en muchos aspectos de diversas y variadas técnicas. En cuanto se descubre la manera de fijar un color sobre una superficie, ha nacido la pintura. La arquitectura del Partenón nace directamente de los simples pies derechos sosteniendo unas vigas, y del arco, con su cálculo de tensiones, viene todo lo demás. En el primer modelado de arcilla con los dedos, está ya la escultura. y cuando alguien contó a un semejante cualquier hecho, intentando que lo entendiera, inventó, probablemente, no sólo la forma, sino el estilo literario. El fresco, el óleo, la cúpula, el arbotante, el cincelado, la fundición, la escritura o la imprenta, no son sino perfeccionamientos. En cambio la música, durante muchos siglos, no cuenta más que con la voz humana -instrumento divino pero en verdad muy perfeccionable- y con instrumentos naturales o artefactos primitivos que están muy lejos de poder reflejar la prodigiosa fuerza del espíritu. Para construir un buen violín, el hombre ha debido estudiar y experimentar mucho sobre el trabajo de la madera, las colas o los barnices, la preparación de las cuerdas de tripa y muchas otras cosas más, sin contar con la acústica, que además de ser en esto lo principal, es toda una ciencia. Una flauta, un clarinete, tal como hoy los conocemos, son producto de cálculos extraordinariamente precisos y cuidadosos. La Música como arte bella parangonable a sus compañeras, no puede desarrollarse hasta muy tarde. No creo que nadie pueda poner en duda que el siglo de oro musical es el XIX que, si no tenemos muy en cuenta las fechas exactas, que no suelen servir más que para celebrar efemérides y poner máximas en las hojas de los calendarios, marcha desde Beethoven hasta Schonberg ¡con todo lo que hay en el mundo entre uno y otro!

Así pues, la historia de la gran música es muy corta. No solamente porque empiece tarde, sino porque termina pronto. Dejemos a un lado la palabra "superación" que en arte no nos sirve para nada. Cuando se dice que algo está "superado" no es realmente así: es que era una cosa "de moda", de ciclo corto, ligada fuertemente a la sensibilidad medía de unos años determinados, y por tanto caduca, que cae por sí misma, como una hoja otoñal a la que ya no llega la savia. En otro lugar he dicho ya que el reloj de las artes no es tan exacto como el de las ciencias. Si Copérnico desplaza a Ptolomeo, Beethoven no desplaza a Palestrina. Ambos hacen obra que sigue subsistiendo y que, de algún modo, es siempre actual, pues los intérpretes han de recrearla para que viva en nosotros, y de otra forma no seria más que "nota muerta".

Aquí viene a pelo un conocido tópico, el de la perspectiva. Sólo con la perspectiva histórica podemos juzgar, acertando o equivocándonos a gusto. Sólo el tiempo poda lo que hay que podar, bien sea dentro de la producción de un artista, dejando sólo las ramas fuertes, o bien haciendo desaparecer aquello que era inferior. Cualquiera puede citar el hecho de que, en su tiempo, Telemann era considerado un gran compositor, mientras Juan Sebastián Bach sólo parecía un excelente organista y un buen profesor, o el de que Hanslick acertaba con Brahms para errar caudalosamente con Wagner. Pero esto no nos debe servir de biombo, y menos de aguamanil para salvar nuestra conciencia de los hechos que ocurren entre nosotros. Hay que juzgar en el momento en que nos toca. Pensemos que, mientras al creador se le recuerda por sus aciertos, el nombre del critico queda muchas veces en la historia por sus errores. Es triste, pero adelante.

La gran lucha de los compositores jóvenes es la lucha con la forma. Tradicionalmente -en la corta tradición de la música grande- la armonía, la melodía, el contrapunto, el llamado "discurso musical", han sido como los elementos de los que se vale un arquitecto, que en el fondo son muy semejantes aunque el resultado pueda aparecer nuevo. Sí se rompen estos elementos, el artista quema sus naves y se encuentra ante una tierra desconocida, que ha de conquistar sin brújula siquiera. Pocos son los que han hecho eso realmente. Muchos, ya, los simples epígonos o los que se amaneran en unas nuevas formas de hacer. Pero distingamos bien entre lo que es experiencia y lo que es obra de arte.

Dejando bien sentada la gran verdad de que el público suele equivocarse menos que la critica, aunque se crea lo contrario, es cierto que ese Juan Filarmónico del que he hablado, el oyente ingenuo en fin, puede calificar las obras de Tomás, Marco -o cualquier otra producción de vanguardia- de "experiencias". Pero éstas son "obras de arte" y corresponden a nuestro contorno espiritual. No son páginas creadas para unos pocos iniciados, sino para todo el mundo. El creador que se lanza a expresar lo que cree o siente -ojo a otro asunto: la música, como se ha repetido sin eco aparente, no es para "entenderla", sino para "sentirla". ¿Se "entiende" una sinfonía de Brahms, un nocturno de Chopin?-, no intenta desplazar, sustituir ni superar a los que escribieron antes que él. Simplemente, continúa marchando. Alguien -el oyente ingenuo- se podrá escandalizar si se asegura que un compositor de extrema vanguardia hace algo "bello". Pero, tal como diría Sócrates, se "engendran" cosas bellas por el amor espiritual a la verdad. La belleza no se puede limitar a un estilo ni a una época. Es siempre lo que el arte persigue, pues, tal como debe ser entendida, resulta una cualidad superior a la del simple y estrecho goce estético. No, no podemos prescindir de la palabra belleza, sobre todo en un país como el nuestro, donde un hombre la creó pintando enanos deformes y otro jugando a su capricho con los elementos del cuerpo humano. La belleza, considerada con amplitud socrática, resulta ser la verdad artística. Y el arte será tanto más humano -¡nada de deshumanización!- cuanto menos imite las cosas "bellas" de la Naturaleza, cuanto menos "bonito" sea, porque quizá la mayor gloria de los hombres es ser capaces de crear algo que antes no "estaba" en la materia o en el espíritu. Hay que dar el gran salto, creando a "contraimagen" y a "desemejanza".

Ya hace tiempo que los compositores renunciaron al último conjunto de reglas. el serial o dodecafónico. Era como salir de las cárceles de Málaga para encerrarse en las celdas de Malagón. Es curioso que quienes se consideran vanguardistas sigan conservando todo su gran respeto y admiración por Arnold Schonberg -unos globalmente, otros distinguiendo entre la labor teórica y la creación artística- y su adoración por Anton Webern, del que proceden más directamente, mientras los que están fuera de los movimientos más avanzados -ha habido y hay "retrógrados" muy respetables- no puedan sustraerse en su mayoría a una influencia del expresionismo de Alban Berg. De esta manera, la moderna escuela vienesa parece haber marcado su sello en toda la música de nuestra época. Con más o menos convencimiento, los que cultivan el arte sonoro marchan por caminos que esa escuela abrió. Así resulta en cierto modo justificado el identificar esa música o sus derivados con la "música de nuestro tiempo". Sin embargo, yo creo que no hay que olvidar a los antedichos "retrógrados", pues la variedad, en arte, es una conquista que no debe perderse. A mi, particularmente, me molesta no distinguir a veces entre la obra de un japonés, un finlandés o un español y siento añoranza "retrospectiva" por aquellos tiempos en que cada uno escribía como le daba la gana, sin preocuparse tanto, de una forma u otra, por eso de "estar al día". Y digo "de una forma u otra" porque ahora hay que tener más valor para ser tradicional que para ser avanzado. Hay muchísima gente que juzga el arte fijándose demasiado en las hojas del calendario. hace poco tiempo un espectador muy de vanguardia en música, pero retrasado quizá en algo más importante, increpó a Strawinsky por "viejo". Hay gente para todo. Los huesos del gran Igor -"Qué inútil esperar la Primavera -para saber después que entre sus manos -el dios Igor la estaba destruyendo", dijo el poeta Diego Navarro-, temblarían en su tumba veneciana si alguna vez le hubieran tenido con cuidado las opiniones de los tontos.

Es difícil, sin más asideros que los que uno mismo pueda fabricarse, encontrar un personal lenguaje en el que expresar las mil y una oscuridades, también los mil y un relámpagos del espíritu. Difícil es encontrarse cara a cara, así, como quien no quiere la cosa, con la libertad. La igualdad y la fraternidad son más fáciles de lidiar y todos podemos darles un capotazo. La libertad es un toro demasiado negro y con demasiada casta para encontrárselo de frente. Siempre tienen que hacernos el quite Confucio, Platón, San Agustín, Kant, Hegel, Marx, Lenin, Mao y tantos otros... pero sobre todos, Jesús el Carpintero.

Mientras algunos músicos han encontrado en la línea bergiana la manera de continuar un mundo romántico a la moderna, los que partieron de Webern han sufrido varias fiebres, que casi todas provienen de la excesiva preocupación por el timbre: la fiebre de la percusión... la de utilizar los instrumentos en forma distinta a la tradicional... Parece que ahora todo se remansa y los músicos encuentran su camino mediante un sencillísimo huevo de Colón: la utilización de varios elementos tradicionales a los que se ha despreciado durante años. Se logra así una síntesis realmente fecunda. He dicho que la historia de lo que consideramos gran música había sido corta, pero no he añadido que lo era demasiado. Con excesiva precipitación se defenestraron cosas que estaban muy bien guardadas en los armarios para cuando hicieran falta. Esta afortunada síntesis, más una natural mayor aceptación de los nuevos estilos por parte del público, pues el tiempo nunca pasa en vano, están produciendo, a mi modo de ver, un afortunado acercamiento entre la música de "ahora" y la "de antes". Hay mucho camino por recorrer y se puede decir, con razón, que el público no está preparado para ciertas formas. Pero también se puede proclamar ya, con la frente todo lo alta que se quiera, que se nos ha hecho soportar unos latazos tremendos en nombre de las "nuevas ideas", que se nos han querido hacer tragar ruedas de molino de diámetro excesivo y que, todavía en muchas ocasiones, se nos presentan gatos disfrazados con unas largas orejas. Antes hablaba de la perspectiva. Pues bien, han pasado años suficientes para que la perspectiva actúe.

Es fácil para un artista seguir caminos trillados. Pero también lo es deslumbrarse con el último que se conoce, con lo que han hecho otros en cualquier sitio, y emprender esa senda, sin pensarlo, sólo por no "quedarse atrás". En ambos casos el peligro es evidente: si no se hace más que imitar la labor que otros comenzaron, lo más probable es que resulte una especie de fantasma, una sombra artística sin nada dentro, pues es muy difícil expresar ideas nuevas en una lengua vieja. Por otra parte, los que reflejan simplemente lo recién llegado, nos cuentan muchas veces cosas viejas en ese idioma nuevo. El resultado será igual o peor, pues aquí habrá como un brillante ropaje puesto, no sobre una persona, sino sobre un carcomido maniquí. Sólo el artista verdadero puede tener ideas propias, sólo él es capaz de un lenguaje para comunicarlas. De esa manera, la discutida cuestión de forma y contenido pierde todo significado. Contenido y forma se funden en una unidad indivisible, Creo que Tomás Marco, partiendo en sus principios de otras cosas -nada nace de la nada- es un artista auténtico, un creador, y por ello, un hombre de su época. Resulta vano hablar de los que hacen "arte del futuro". Hasta el artista más colocado en la vanguardia no puede hacer sino obra de su tiempo. Luego, esa obra estará en el futuro en cuanto posea un valor de supervivencia. Si Wagner realmente hacía "música del porvenir" también la estaba escribiendo Brahms al mismo tiempo, aunque muchos creyesen lo contrario.

En plena juventud, Tomás Marco es un claro elemento en la evolución del arte sonoro español. El movimiento del arte, como antes he indicado, no puede detenerse ni siquiera un minuto. El paso del tiempo puede variar una valoración estética. No por "superación" sino por "sustitución" de ideas, pero lo que no puede cambiar es un puesto en la historia, en ese continuo devenir en el que las raíces dan lugar a ramas, que serán a su vez raíces para otras ramas nuevas.

Por ser quien más ha escrito sobre Tomás Marco me es forzoso repetir conceptos ya expuestos en otros lugares.

He hablado antes de la pavorosa libertad y del hombre que se encuentra inerme ante ella, cuando de verdad se da cuenta de lo que significa. En un mundo en que la libertad anda tan traída y llevada, es bueno encontrar a alguien que la practica sin hablar apenas de ella. Ni en los textos escogidos para sus obras, ni en declaraciones, ni en sus numerosos artículos y escritos, reclama Tomás Marco nada que no tenga ya plenamente en su interior. Por eso se expresa de verdad libremente, pero a través del fruto de su trabajo, un trabajo penoso por su volumen, sólo comprensible en un hombre de una capacidad grandísima. Lejos de esa absurda idea -no por absurda menos generalizada en todos los tiempos- de "escribir para sí mismo", el compositor busca lo que debe, es decir, "escribir para los demás". Aquí están sus mayores preocupaciones, pues a partir de la comunicabilidad se plantea una serie de problemas psicológicos y sociales que trata de resolver como puede. Su estética está basada en fundamentos éticos, pues su pensamiento socio-psicológico no es en el fondo otra cosa sino un comportamiento ante la sociedad.

No es creíble que lo que llamamos "estilo" cambie de forma fundamental en el futuro de Tomás Marco, pues el artista ha entrado ya en su primera madurez. Además, esa forma de hacer no está relacionada sólo con problemas técnicos. El autor plantea su obra desde una hondura sociológica que está plenamente de acuerdo con el tiempo en que vivimos. Sí trata el tema de la comunicación no es sólo para denunciarlo, como han podido hacer ciertos dramaturgos, unos con humor y otros con amargura, sino para tratar de ahondar en su misterio, en este caso las relaciones poco explicables entre el autor, los intérpretes y el público. La lógica, medio natural medio adquirida, que caracteriza al espíritu de Tomás Marco, se rebela ante toda carencia de explicación. Aunque yo estoy convencido de que en toda manifestación artística hay algo de surrealismo -procuremos no tratar de que un artista nos "explique" su obra, pues ésta puede haber nacido del subconsciente, apoyándose sólo en el trampolín consciente de la técnica-, Marco intenta siempre que su producción "tenga sus razones" aunque éstas hayan de hacer equilibrios entre el mundo de la percepción sensorial y la intelectual.

Se puede llamar siempre la atención del público por el sistema de la sorpresa, tal como el viejo Haydn practicó en la famosa sinfonía que lleva ese sobrenombre. También se ha utilizado el recurso, que algunos llamarían truco, de la repulsa, es decir, la intencionada provocación de una reacción contraria. Me parece que Tomás Marco ha estado siempre tan lejos de lo uno como de lo otro, y lo que es más significativo, ha ido prescindiendo cada vez más de elementos extramusicales. No es que no los necesite o que no los vaya a utilizar cuando así lo considere necesario, pero es muy sintomático que las últimas obras de Marco sean "musicales" en el sentido más puro de la palabra, es decir, son producto de una arquitectura sonora que no nace más que de sí misma y, desde luego, del pensamiento estético-psicológico del autor. Hemos de confesar que quizá Marco nos llamó la atención al principio por el uso feliz, imaginativo y fantástico de elementos visuales: actores, movimiento, objetos luminosos... El que todo esto sea de más difícil montaje no es probablemente fundamental en la evolución, aunque sea un factor más a tomar en cuenta. La base del asunto está en que Tomás Marco ha ido concentrándose más y más en la "música", en los puros valores sonoros de su obra. He dicho otras veces que algunas de sus composiciones pensadas en principio como audiovisuales no pierden absolutamente nada si se ofrecen en concierto o en disco, salvando las distancias naturales entre estas manifestaciones sonoras.

Tomás Marco, porque empezó muy joven y por las propias inquietudes de su espíritu, parece estar más cerca de algunos de los que forman la llamada "generación del 51", que le llevan de diez a quince años. que de sus estrictos coetáneos. El compositor se unió al principio a un grupo que ya marchaba. Se ve a Marco como a una figura en cierto modo aislada, como un eslabón suelto en una cadena que, sin embargo, existe y continua. Esto se demuestra no sólo por el parentesco inevitable de algunas obras suyas con otras anteriores, sino también porque su influencia ya se ha dejado sentir en los más jóvenes.

He clasificado la producción de Marco, provisionalmente desde luego, en cuatro etapas, con fronteras a veces difíciles de definir. La primera, "Iniciación", va desde las páginas de extrema juventud, algunas destruidas, y sobre todo desde "Trivium" (1962) hasta lo inmediatamente anterior a "Jabberwocky" (1967). En estos años hay una serie de conquistas instrumentales y formales, por ejemplo en "Roulis-Tangage", pero he creído conveniente titular a la segunda etapa "Hallazgos", desde "Jabberwocky" hasta "Kuche, Kinder, Kirche" (1968). Como se ve, ésta es una época muy corta pero muy apretada en significación, con obras tan importantes como el mismo divertidísimo "Jabberwocky", calificado por el autor "galimatías vocal a 29 partes", "Anna Blume", "Los caprichos" y una obra fundamental: "Cantos del pozo artesiano". La tercera época, "Afirmación estilística", empieza con "Aura" (1968), obra para cuarteto de cuerda que marca un estilo particularisimo, y sigue con "Vitral", "Tea-Party" -curiosísimo estudio sobre la confusión comunicativa- "Anábasis", donde encontraremos ciertos elementos de carácter español que van a señalar también la posterior producción de Marco, y otra cosa: el escribir sin miedo a nada, ni siquiera a la tan combatida tonalidad; "Mysteria", donde Marco plantea por primera vez los problemas históricos que son uno de los fundamentos de su arte, hasta llegar a "Necronomicon" y "Jetztzeit" (1971). El último periodo, por ahora, es el de "Sintesis", donde quizá desaparecen los simples juegos de ingenio y se enriquece la esencia musical. Comienza esta época con "L'invitation au voyage" (1971) y cuenta con títulos como "Angelus novus", personal homenaje a Mahler, "Los mecanismos de la memoria", concierto para violín y orquesta, "Recuerdos del porvenir", donde vuelve a aparecer un dispositivo luminoso, "Escorial", que creo ha de hacer un gran efecto cuando se estrene en España, la ópera "Selene", cuya iniciación es muy anterior y, desde luego, las dos últimas obras estrenadas: "Transfiguración", para coro, homenaje al padre muerto -¿quizá debamos encontrar siempre en alguna ocasión la honda motivación romántica?- y "Concierto Guadiana", para una personal guitarra que no reniega de ser española y dos grupos de cuerda. De las obras interpretadas, "Nuba" corresponde a la última época y nos muestra la preocupación historicista en su fundamental punto de partida: la música arábigo-andaluza. "L'invitation au voyage", página fundamental, nos hace pensar, con sus citas literarias tópicas, en que ese viaje pueda ser al más allá. Los "Cantos del pozo artesiano" representan, dentro de su línea y en la época de los "Hallazgos", quizá la mejor obra de Tomás Marco por lo que se refiere a su estupendo efecto. Los "Cantos" son importantes como posibilidad de un nuevo teatro musical y establecen ya con plena firmeza la personalidad de Tomás Marco, un compositor que jamás se ha dejado tentar por los peligros de monotonía, de mimetismo, de personalidad, de vacío juego sonoro, de amaneramiento formal, que acechan, ágiles, para saltar a la música de nuestro tiempo.

Carlos Gomez Amat


      1. Tomás Marco (1942)
      1. Nuba
      2. Vitral (Música celestial nº 1) *
      3. L'invitation au voyage
      4. Cantos del pozo artesiano
  1. * Estreno en Madrid