"La música del verbo" Poética y Poesía José Ramón Ripoll

"La música del verbo"

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José Ramón Ripoll
José Ramón Ripoll, dirección

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  1. José Ramón Ripoll

    Nacido en Cádiz en 1952, es musicógrafo y escritor. Ha venido combinando desde su juventud la dedicación a la música y a la literatura en sus más variados frentes, como estudioso y divulgador de ambas disciplinas en RNE y otras tribunas especializadas. Desde su fundación en 1991 dirige RevistAtlántica de poesía. Como poeta ha publicado, entre otros títulos, El humo de los barcos (Visor, 1984), Las sílabas ocultas (Renacimiento, 1991), Niebla y confín (Visor, 2000), Hoy es niebla (Visor, 2002), Estragos de la guerra (Centro de Arte Moderno, 2011), Piedra rota (Tusquets, 2013) y La lengua de los otros (Visor, 2017). Se le concedió la beca Fulbright para ampliar conocimientos en Estados Unidos, como miembro del Programa Internacional de Escritores de la Universidad de Iowa, de la que es Honorary Fellow. Máster de Arte por la Universidad de New York, ha recibido los premios Rey Juan Carlos I, Tiflos, Ángel García López y el Premio Fundación Loewe en su última edición. Es autor de varias monografías literarias y musicales como El mundo pianístico de Chopin: pasión y poesía; Variaciones sobre una palabra (La poesía, la música, el poema); El son de las palabras; Cuarenta años sonando: la Orquesta Sinfónica RTVE (1965-2005), Dimitri Shostakóvich o Cantar del agua, entre otros.

La poesía no es nada y, al mismo tiempo es todo: esa es su realidad. Es puerta de un espacio desconocido que no es por sí solo, sino a través de la mirada de quien, desposeído de sí mismo, se atreve humildemente a traspasar el umbral, dejando su equipaje en este lado, como hacen los peregrinos al llegar al destino de su viaje, que es quizás el origen del retorno continuo.  He venido creyendo durante cierto tiempo que la poesía era un hecho fortuito, un encuentro azaroso de dos o tres palabras que, reunidas caprichosamente, edificaban una metáfora capaz de iluminar un pensamiento escondido. Con los años he ido cambiando de opinión, quizás por la insistencia de ese aparente encuentro. Presumo entonces que aquello que entendí como un producto casual  es una especie de constante que se esconde y surge de pronto,  pero que siempre está ahí, mostrándonos la puerta abierta, no como un campo de luces coronado, sino como noche infinita, sin estrellas, esperando que quien acuda la ilumine con sus propias palabras. No la juzgo como un destino, pues ni creo en profecías, ni en oficios, ni en misterios.

Convencido de que es un juego verbal, otorgo a ese verbo, sin embargo, una condición originaria, un papel conductor en el laberinto, un filamento de la memoria que nos permite discernir la realidad más allá de sus vestimentas y motivos episódicos. Es un sabor, una mirada, un silencio también y una manera de aprehender esa realidad desde otros ángulos vedados. El poeta es entonces un buscador de estrellas, de esos puntos escondidos en la negrura de la noche, de esos signos disimulados en el bosque que nos señalan el camino de la experiencia verdadera.