El mal y la responsabilidad de su espectador conformista Seminarios de filosofía El mal y la responsabilidad de su espectador conformista

El mal y la responsabilidad de su espectador conformista

  1. Este acto tuvo lugar el
Aurelio Arteta
Aurelio Arteta, dirección

Multimedia

  1. Aurelio ArtetaAurelio Arteta

    Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco. De sus ensayos destacan Marx: forma social, valor y alienación (1993), La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha (1996), “La tolerancia como barbarie” (En M. Cruz, comp., Tolerancia o barbarie (1998) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral (2002). En materia de filosofía política ha coeditado el manual universitario Teoría política: poder, moral, democracia (2003) y se encargó de la edición de la obra colectiva El saber del ciudadano. Las nociones capitales de la democracia (2008), destinada al mismo público, y en la que ha redactado también tres capítulos. Acaba de publicar Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente (2010).

    Es colaborador habitual, desde l986, en las páginas de "Opinión" de El País. Más tarde, de El Correo (Bilbao) y Diario de Navarra (Pamplona). Se le ha concedido el Premio de Periodismo "El Correo Español-El Pueblo Vasco" de l990 y el Premio José Mª Pemán de l996.

     

Lo primero será poner en claro la naturaleza del mal o daño al que nos referimos. Pues no se trata del mal natural o necesario, sino del mal social o producto de nuestra libertad, o sea, del mal que nos hacemos los hombres unos a otros. Pero no ya de cualquier mal, que pudiera ser conveniente o merecido, sino del sufrimiento inmerecido. Y más en particular todavía, no ya del mal privado sino del mal público, es decir, de aquel infligido por algún poder político, que se causa en nombre de muchos o de todos los miembros de una comunidad, que invoca razones que pretenden justificarlo   y con vistas a algún estado futuro presuntamente mejor de esa comunidad.

A continuación, conviene no menos hacer algunas aclaraciones sobre ciertas dimensiones o aspectos de ese mal para escoger las que parecen más relevantes. Y así, me inclino a centrarnos en el mal ordinario, más abandonado en la reflexión contemporánea, frente al mal extraodinario, que ya sea en forma del Holocausto nazi o del Gulag soviético ha acaparado la reflexión teórica. Sin descuidar el mal pasado, objeto de la llamada “memoria histórica”, sostengo la primacía del presente para nuestro compromiso político y moral. Y, en fin, toca recordar que junto al mal cometido y el padecido se halla el mal consentido; es decir, que a la figura del agresor y de la víctima les acompaña por lo general la más desatendida del espectador, y que la conducta de esta figura  -que suele ser la de la mayoría-  hace a menudo posible o más fácil la agresión.

 Así es como ese espectador, precisamente por renunciar a ser actor, se convierte en cómplice del mal que está teniendo lugar. No es meramente uno “que pasaba por allí”, sino alguien a quien se le presentaba la opción de intervenir para evitar o al menos reducir el mal perpetrado y que ha optado por la abstención. Su complicidad no es activa, sino pasiva, pero con frecuencia no menos eficaz que una colaboración directa: el no-hacer o dejar hacer es también una forma de hacer; la omisión no equivale a nada, sino una clase de acción.  Frente a las excusas en que el espectador se envuelve, hay que subrayar su responsabilidad por conformismo o por indiferencia, así como las consecuencias nefastas de su omisión.