Cristina Fernández Cubas en diálogo con Juan Antonio Masoliver Poética y Narrativa Cristina Fernández Cubas

Cristina Fernández Cubas en diálogo con Juan Antonio Masoliver

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Cristina Fernández Cubas y Juan Antonio Masoliver
Cristina Fernández Cubas, dirección

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  1. Cristina Fernández CubasCristina Fernández Cubas

    Nacida en Arenys de Mar, estudió Derecho y Periodismo. En I980 se dio a conocer con Mi hermana Elba, su primer libro de relatos, hoy un pequeño clásico del género, al que siguieron Los altillos de Brumal, El ángulo del horror, Con Agatha en Estambul y Parientes pobres del diablo, títulos reunidos y ampliados en Todos los cuentos (2008). Ha escrito asimismo dos novelas, El año de Gracia y El columpio, una obra de teatro, Hermanas de sangre, un libro de memorias narradas, Cosas que ya no existen, y una biografía de Emilia Pardo Bazán. Ha recibido, entre otros, los premios Ciudad de Barcelona, Cálamo, Salambó, Setenil y NH Vargas Llosa de relatos. Su obra está traducida a diez idiomas.

    Foto: Pilar Aymerich
  2. Juan Antonio MasoliverJuan Antonio Masoliver

    Nació en Barcelona en 1939. Es catedrático emérito de Literatura Española y Latinoamericana de la Universidad de Westminster de Londres. En la actualidad vive en El Masnou (Barcelona). Es crítico literario del suplemento Cultura/s de La Vanguardia. En México es o ha sido colaborador, entre otras publicaciones, de Vuelta, La Jornada Semanal, Letras Libres, Fractal y Crítica. Una amplia recopilación de artículos y ensayos sobre literatura española y mexicana ha sido recogida en Voces contemporáneas (2004) y Las libertades enlazadas (2000) respectivamente. Es autor de dos antologías de cuentos españoles contemporáneos, The Voices of Desire (1993) y, en colaboración con Fernando Valls, Los cuentos que cuentan (1998).

    Como narrador ha publicado los libros de relatos La sombra del triángulo (1996), La noche de la conspiración de la pólvora (2006) y La felicidad / El jardín de las jaulas (2009), y las novelas Retiro lo escrito (1988), Beatriz Miami (1991) y La puerta del inglés (2001). Ha traducido entre otros a Cesare Pavese, Giorgio Saviane, Carson McCullers, Djuna Barnes y Vladimir Nabokov.

    Su obra poética ha sido recogida en Poesía reunida (1999). Posteriormente ha publicado La memoria sin tregua (2002), Sònia (2008) y el libro de poemas en catalán, El laberint del cos (2008).

La bordadora de historias

Si la palabra singularidad, de tanto abusar de ella ha acabado por no significar nada, vuelve a recuperar plenamente su prestigio al hablar de Cristina Fernández Cubas. Autora de novelas, novelas cortas, cuentos y teatro, toda su escritura tiene la esencialidad y la narratividad propias del cuento sin perder las características propias de cada género. Pero no sólo la identificamos con el cuento por estos dos rasgos peculiares y por la voluntad de escribir un libro que sea una vida, sino también porque es una de sus más brillantes cultivadoras, en un país donde –a diferencia de lo que ocurre en América Latina– el relato breve tiene escaso prestigio. Lo que explica otro rasgo de su singularidad: es difícil encontrar referencias no sólo de tipo generacional sino de ninguna otra escritura –ninguna otra voz– con la que identificarse. Por supuesto, no ha nacido de la nada. Ha nacido de una vocación de narradora como la de Sherezade o de tejedora como la de  Penélope. Ha nacido asimismo de experiencias vitales desde su infancia en  Arenys a los viajes que tanto la han marcado y que ella ha convertido en aventuras, y de otras experiencias que el lector encontrará en Cosas que ya no existen (2001), las singulares memorias que sirven de iniciación a toda una escritura concebida como un trayecto y que es al mismo tiempo, por lo que tiene de clásica, atemporal.

En fácil pensar en Agatha Christie o en Edgar Allan Poe al leer a Fernández Cubas. Pero sin ellos existiría lo mismo. Cualquiera de las definiciones que se han querido dar a su narrativa es tal vez acertada, pero siempre limitada. La suya es una escritura que nace del terror, pero es un terror que va más allá de los límites del género. Es, por un lado, un miedo ancestral y, por el otro, un miedo que nace del propio miedo exacerbado por la imaginación. Eso explica que el suyo sea un mundo totalmente, diría que entrañablemente familiar, pero siempre amenazado, de modo que la fragilidad y la soledad del mundo real se ven intensificadas por la imaginación hasta confundirse con ella. Cuanto más apacible sea la vida real, más traumática es la transformación. Y el lector, que ha empezado siendo un cómodo testigo, acaba por verse atrapado en las redes del terror o del absurdo.