Francisco Márquez Villanueva en diálogo con Ricardo García Cárcel Autobiografía intelectual

Francisco Márquez Villanueva en diálogo con Ricardo García Cárcel

  1. Este acto tuvo lugar el
Francisco Márquez Villanueva
Francisco Márquez Villanueva, dirección

La sesión de Autobiografía intelectual dedicada a Francisco Márquez Villanueva, en diálogo con Ricardo García Cárcel, programada para el jueves 14 de marzo, ha  sido cancelada por el propio F. Márquez Villanueva por motivos graves de salud.

 

  1. Francisco Márquez VillanuevaFrancisco Márquez Villanueva

    Nacido en Sevilla, en 1931, se doctoró en Filología por la Universidad de Sevilla, donde ejerció la docencia. Trasladado a América del Norte en 1959, a lo largo de su vida ha sido profesor de literatura española en Estados Unidos y Canadá. En 1978 se incorporó al departamento de Lenguas Románicas de la Universidad de Harvard, donde dirigió la cátedra Arthur Kingsley Porter como profesor de investigación. Ha sido profesor visitante en universidades de España, México, Francia y Alemania. Autor de una veintena de libros y unos doscientos artículos sobre temas filológicos, históricos y culturales especialmente  de la Edad Media y Siglo de Oro, es miembro de la Hispanic Society of America, y ha formado parte de diversas academias, asociaciones profesionales y consejos de edición. Entre sus últimos libros figuran: Mudejarismo: las tres culturas en la creación de la identidad española (2003); El concepto cultural alfonsí (2004); Cervantes en letra viva: estudios sobre la vida y la obra (2005); De la España judeoconversa: doce estudios (2006) y Moros, moriscos y turcos de Cervantes: ensayos críticos (2010).


     

El profesor Ricardo García Cárcel, que dialogará con Francisco Márquez Villanueva, traza  una semblanza sobre su figura:


Francisco Márquez Villanueva nació en Sevilla un mes antes de que se proclamara la Segunda República en España. Estudió la carrera de Letras en la Universidad de su ciudad natal desde 1948. Tiempos recios para un joven de familia humilde, con una madre maestra (que se incorporaría a la enseñanza tardíamente), y un padre, funcionario del consulado de Estados Unidos en Sevilla. Ella tradicional, de raíces cántabras; él liberal, de procedencia gaditana. Dos Españas bien armonizadas en el ámbito familiar con un hijo único, sujeto paciente que no pasivo, de aquel momento histórico y pronto ávido indagador de los perdedores de la historia de España en la literatura. En el desierto intelectual que fue la Universidad de Sevilla en la larga postguerra -Márquez nos ha dejado muchos testimonios de ello- tuvo algunos buenos profesores, en especial, su maestro Francisco López-Estrada, catedrático de Lengua y Literatura españolas, que le dirigió la tesis doctoral sobre Juan Álvarez Gato (1958) y del que fue adjunto en la Universidad de Sevilla desde 1956.

El mismo año que leyó la tesis doctoral decidió aceptar un ofrecimiento profesional de la Universidad de Harvard. Francisco Márquez fue un exiliado intelectual, no propiamente político, de la España mediocre y oscura del primer franquismo. Se fue antes de que comenzaran los primeros brotes del desarrollo económico y un cierto desperezamiento cultural. Estados Unidos le ofreció recursos para trabajar libremente, maestros extraordinarios (Raimundo Lida, Stephen Gilman, Juan Marichal, Alan M. Gordon y tantos otros) y vínculos con otros españoles fugitivos de la grisura intelectual. Durante unos años peregrinó profesionalmente por el mundo americano (Vancouver de 1962 a 1965), adjunto en Harvard, de 1965 a 1967, profesor de la Rutgers University de Nueva Brunswick (1967-68), profesor en la City University de Nueva York de 1968 a 1978 y catedrático en Harvard, desde 1978 hasta el momento presente) con una labor científica extraordinaria en cada uno de sus hitos universitarios y un despliegue vital inmenso en infinidad de congresos, seminarios y conferencias internacionales.

Su obra cubre toda la historia de la literatura española. Si sus primeros trabajos giraron en torno a la Edad Media, su inquietud intelectual le ha llevado hasta Galdós o Miró en un itinerario en el que florecen Alfonso X, La Celestina, Hernando de Talavera, Antonio de Guevara, Cervantes, por los cuatro costados, la novela picaresca, los judeoconversos y los moriscos, la mística de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, el teatro de Lope de Vega...Solo me parece encontrar un hueco en su efervescencia intelectual: el siglo XVIII.

Tres constantes quiero destacar en su obra. La primera es la naturalidad de su metodología que la podríamos denominar simplemente, el ejercicio de saber leer. Francisco Márquez ha sido siempre alérgico a las sofisticaciones postmodernas de la teoría crítica literaria francesa o anglosajona. El tiene muy claro que la literatura es un documento histórico y que la lectura profunda exige de la interdisciplinaridad de las miradas escrutadoras de los textos. El siguiente paso metodológico no es otro que el sutil comparativismo. Texto y contexto se conjugan y su aporte fundamental ha sido el de saber encontrar las claves internas, rastrear las dobles intenciones, explorar los guiños de complicidad, entender la significación de los mensajes que trascienden de las palabras.

La segunda constante de su obra ha sido la concepción de la literatura como expresión de la necesidad antropológica de libertad frente al imperativo religioso o social. El interrogante del sentido religioso de los textos le ha apasionado en el mismo grado que la sombra de la Inquisición le ha perseguido. Más que la Inquisición institucional, la inquisición del control social, de la pedagogía del miedo, la inquisición inmanente. Y naturalmente, la literatura del Siglo de Oro, leída por Márquez es la literatura de la España vigilada, controlada, censurada, la literatura que se construye como tal para sobrevivir al dogma de fe, para respirar en el marco del nacionalcatolicismo impuesto. De la obra de Talavera, a la de Cervantes ¿cuantos testimonios de voluntad de oxigenación en el marco de la intolerancia ideológica? Pero insisto, no solo la ortodoxia eclesiástica, sino la convención social, el código del honor, los condicionamientos de la apariencia, fueron permanentes aparatos ortopédicos que el hombre pudo superar a través de la literatura con sus espejos cóncavos, sus plataformas de evasión, sus vehículos de cuestionamiento, muchas veces implícito de la realidad.

Por último, la gran constante de la obra de Márquez es España, no como Estado ni como nación, España como sentimiento. Influido, que no determinado, por Américo Castro, en Francisco Márquez está siempre presente, la España de las tres culturas, la España pluricultural. El historiador en esa España compleja se sitúa en “las otras laderas”, en el mirador de la alteridad. Pero su castrismo no es rígido ni inflexible. Su obra es un ejercicio de rescate de los “otros españoles” pero sin renunciar al goticismo originario previo al año 711. Su circulación por las cuitas de los conversos y musulmanes no le hacen olvidar la memoria de Santiago. Francisco Márquez nunca hace una explicación en clave orientalista de la historia de España. El referente Américo Castro se conjuga siempre con Marcel Bataillon y éste con Eugenio Asensio. La dialéctica casticismo-europeismo siempre presente.

Pero más allá de esas constantes brilla sobre todo en la obra de Márquez Villanueva su absoluta independencia de criterio, la pluralidad de sus pasiones literarias, la ansiedad de libertad, presente en su inmensa obra, que le lleva desde su interés por el erotismo literario a su curiosa fascinación por Gabriel Miró tan aparentemente lejano de sus libros sobre el Siglo de Oro. Y un punto de tristeza a cuestas por lo que él, en algún momento, escribió:” la imposibilidad de emplear mi trabajo, como hubiera deseado en estudiantes españoles”. Cuando se fue a Estados Unidos tuvo una entrevista, en noviembre de 1959 con Menéndez Pidal que le encareció no olvidara el deber de un eventual regreso a España. Ciertamente Francisco Márquez Villanueva ha venido muchas veces a España, y ha dado cursos en Sevilla, en Madrid, en Alcalá, con abrumadora acogida por parte del alumnado.

Pero la herida del no retorno sangra de vez en cuando. La Fundación March con la invitación al profesor Márquez Villanueva pretende rendir tributo de reconocimiento intelectual a un sabio, agradecer desde España su trascendental contribución al conocimiento de nuestra historia literaria y ofrecerle, aunque sea por muy poco tiempo, un público español al que pueda enseñar deleitando, como lo ha hecho, durante tantos años, en Estados Unidos.