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Obras de una colección

Pablo Palazuelo


Los artistas | Los autores de los textos

Sueño de Vuelo

Chema de Francisco Guinea

Crítico de arte y galerista

Sueño de Vuelo es una pieza importante en el catálogo de Pablo Palazuelo pues forma parte del grupo de esculturas que el artista presentaría en 1977 en la primera exposición que daba a conocer con suficiente amplitud una práctica, la escultórica, que Palazuelo llevaba pensando paralelamente a su pintura, y experimentando mediante maquetas y proyectos desde 1962, aparte de una primera escultura que, con el título Ascendente nº 2, realizaría en 1954. Junto a piezas como Proyecto para un Monumento, de 1977, también en la colección de la Fundación Juan March, Sueño de Vuelo fue presentada en la Galería Maeght de Barcelona y meses más tarde en la Galería Theo de Madrid, y supone el arranque de un extenso catálogo de esculturas que dominarán en la producción del artista sobre la pintura hasta mediados de los ochenta: "la  presencia de la emoción es para mí más fuerte, más intensa en un espacio tridimensional en el cual parece como si la energía encontrara un campo más propicio para su manifestación y exaltación", escribe Palazuelo en sus Notas sobre la escultura en 1987.

Sin embargo, no debemos olvidar que Palazuelo es fundamentalmente un pintor y que su escultura obedece al despliegue tridimensional de sus dibujos y cuadros como continuación de un camino que termina en nuestra visión. Por otro lado, el momento de realización de esta escultura, Sueño de Vuelo, a mediados de la década de los setenta, es clave en la evolución de la obra pictórica del artista y el inicio de una segunda etapa claramente diferenciada por la aparición de una "familia" de pinturas tituladas Monroy, en 1974, y de otro "linaje" de telas y papeles, titulados El Número y las Aguas, en 1978. En la primera, la geometría característica de toda su obra está dominada por unos polígonos primarios "muy fecundos" por entre los cuales Palazuelo hace circular un laberíntico fluido de formas, deltas y capilares que generan un sinfín, un perpetuum mobile de roces y encuentros, de líquida respiración. Esta presencia del movimiento, es decir, de la introducción de un factor temporal en la imagen, se verá potenciado a partir de 1978, cuando Palazuelo inicia la familia titulada El Número y las Aguas, cuyos ritmos lineales, quebrados, velados y sincopados se aproximan a una forma de escritura sonora. Así, en 1987 el compositor belga Frederick Nyst, tras varios años de trabajo junto a Palazuelo y a los grafismos de El Número y las Aguas, graba la música del mismo título con las herramientas electroacústicas ideadas por su maestro Iannis Xenakis.

Estos dos conjuntos de obras –relaciones formales de masas y de ritmos lineales- van a señalar los intereses fundamentales del pintor: la geometría como proceso de formación de la materia en masas y fluidos, por un lado, y la rítmica lineal de fugas inconclusas generadoras de espacios físicos, por otro, y todo como proyecciones de espacios psicológicos siempre con un mismo fin: "el pintor se expresa por medio del ritmo y de los dinamismos profundos que existen en los acordes y desacordes que se dan entre la psique y la materia, y en los lazos que las unen secretamente", declara Palazuelo.

Hasta llegar a este punto Palazuelo ha hecho evolucionar un sentido de la geometría absolutamente personal, una especie de trasgresión a la geometría que él ha denominado "transgeometría" y cuyo valor reside en ser más función que objeto en sí –de aquí su distancia de las corrientes formalistas, constructivistas y neoplasticistas-, ideada para crear sistemas de composición abiertos, mutantes y vivos. Las formas y sus relaciones, así como los valores de color y textura, están dotados de un mecanismo próximo al símbolo, cuyo significado se revela individualmente en cada espectador y se refiere a estructuras arquetípicas albergadas en nuestro inconsciente, descubiertas por la escuela del psicoanálisis jungiano. Y así, la compleja trama teórica de Palazuelo se va nutriendo de los estudios sobre la transmutación de la materia en la tradición alquímica, cuya evolución Palazuelo lleva en sus intereses, hasta la más reciente investigación en física teórica y la cosmogonía más heterodoxa de David Bohm; la concepción de un mundo imaginario regido por reglas propias, aprendido de la mística sufí del persa Sohravardî o del poeta Ibn Arabi y los gnósticos iraníes, traída hasta la moderna teoría poética sobre la imaginación y la memoria elaborada desde la psicología por autores como Gaston Bachelard o James Hillman; la convicción de que todo en la naturaleza está hecho de número, científico y místico, matemático y musical, tangente y trascendente, humano y cósmico que atiende a la máxima hermética, "como lo que está arriba así está abajo", en busca de la mágica reconciliación de opuestos. Para Palazuelo todo está constituido por relaciones de número, y son las proporciones del número y su constante variar, el alma de todo lo existente en la naturaleza. Todo ello forma la compleja y erudita base teórica de la obra de Pablo Palazuelo, artista-filósofo cuyo secreto sistema de pensamiento plástico se guarda en un antiguo tratado chino de geometría que el artista encontró en 1953 en una librería parisina dedicada a la tradición hermética y a la sabiduría antigua. A partir de entonces y hasta este mismo momento en que seguramente el maestro trabaja en su estudio, Palazuelo elabora lo que él llama "su idea", una manera de crear espacios psicológicos que acaban resonando en el fondo de quien mira y ve.

En Sueño de Vuelo, la geometría del plano despliega sus alas modificándose en un impulso hacia arriba. Las líneas hacen del aire la escultura; la misma obra y los espacios generados en el interior y exterior de los planos de metal son, como dice Bachelard en El aire y los sueños: la continuidad y la historia de un impulso, la creación rápida de un instante dinamizado. Un instante que descubrimos en los dibujos de la serie Lagunar, de 1977, en los que la línea sueña del mismo modo que quería Paul Klee, tan admirado por Palazuelo, la línea que vuela y activa el espacio de la escultura cuya interacción de luz y materia engendra el color en su libre e infinito transmutar por el laberinto de los sueños.

Así se alzan los planos de Sueño de Vuelo, con elásticos glisandos que alcanzan la torsión del vacío y proyectan el fulgor de las superficies y la energía del metal como recién fungido, matriz de infinitas formas, y cuya tensión es continuo movimiento que danza sobre sus innumerables potencias o como Palazuelo descubre en la escultura: "un fenómeno temporal de flujo ininterrumpido en sí mismo y totalmente".

Se produce aquí el misterio de la ambigüedad en lo que se mueve pero es inmóvil, de la fluidez y la fertilidad del estado continuo de cambio, en una extraña asimetría del silencio cuya presencia descarga una energía súbita, muy potente, como un violento cluster de materia pura hecha de una geometría de líneas diagonales que rompen la dinámica del espacio y evitan la curva sólo encontrada, inscrita en los ángulos generados por la intersección de las rectas, y que procuran esa inestable y alterada voluptuosidad del que sueña que vuela y ama.

Fundación Juan March
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