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Obras de una colección

Antonio López García


Los artistas | Los autores de los textos

Figuras en una casa

Miguel Fernández–Cid

Crítico de arte

Reconocido como uno de los pintores que mejor saben captar la realidad, convertido ­a su pesar­ en paradigma del pintor realista, Antonio López García conoce su lugar, sus tentativas, sus búsquedas. Con una claridad que tiene tanto de modesta sencillez como de altiva seguridad, afirma que pinta porque le gusta, aunque añade de inmediato que ya no necesita saber por qué lo hace. Mirando hacia atrás, señala un cambio sustancial en su obracuando decide pintar del natural, sin necesidad de apoyos o referentes externos: "La fotografía ­señala­, por muy buena que sea y por muy ampliada que esté, no te da los datos que necesitas para pintar un cuadro. No te da los datos del color y la luz; no te da el sonido, la emoción de estar en el lugar. Desde el 60, pinto directamente del natural, y tengo la sensación de que nunca acabo los cuadros. Trabajo a partir del tema, añadiendo cosas, tratando de profundizar en él, pero el motivo tiene tal grandeza, es tan amplio y cambiante que nunca tengo la sensación de haber llegado hasta el final." La explicación está en la emoción desde la que nace la obra, y en su relación con el motivo, que explica como un "diálogo con el natural". La realidad es, por tanto, vista desde un lado cálido, emotivo, no como una imagen fría que se debe reproducir.

Figuras en una casa es un excelente ejemplo de esta actitud. Llama la atención, en primer lugar, la elección del motivo: una escena próxima, cotidiana, como si quisiese insistir en que la pintura no tiene que ocuparse de lo artificial y escenográfico, que el misterio está en lo más cercano. O, lo que es lo mismo, que la trascendencia del arte está en la mirada del artista, capaz de seleccionar motivos aparentemente banales y convertirlos en el eje de una reflexión estética.

La escena elegida es un interior oscuro, de la misma manera que años más tarde Antonio López pintará exteriores luminosos. Si en éstos tienen una importancia central las líneas del horizonte, generalmente difusas, nunca rígidas, en los interiores las líneas rectas describen los límites de objetos pero también dan sensación de espacio, con referencias de tamaño y escala. Las enseñanzas de Antonio López Torres y el Velázquez de Las Meninas, parecen claras en la aparición de recursos como la situación del espejo para dar sensación de amplitud espacial, al dejar ver parte de la habitación que de otro modo queda oculta; la manera de jugar con la luz, estableciendo zonas más o menos iluminadas, en función de su situación en el espacio, cerrando una ventana o abriendo una puerta; la manera de conducir la vista del espectador, atrapada en el diálogo de miradas entre los personajes; o la solución del conjunto como una suma de varias imágenes, a modo de cuadros dentro del cuadro. El ojo del espectador sigue atento estas indicaciones, percibe un recorrido visual por el interior del cuadro, en función de la luz y los juegos de miradas entre los personajes, que marcan un ritmo circular que termina en el busto de mujer que parece devolvernos la mirada.

El control de las zonas de luz y sombra está, como toda la composición, muy meditado, muy medido, compensando los pesos, evitando la división del cuadro en dos mitades, sirviéndose de una suerte de geometría nada rígida, insistentemente abierta, como si se quisiese conectar las dos zonas. La luz que ilumina a la pareja del fondo, la atrae visualmente, dejando en un plano retrasado la enigmática figura masculina que la acompaña, desplazada espacial y anímicamente al estar en zona de sombras y haber perdido definición. Completando el perfecto estudio de la incidencia de la luz, la mujer del primer plano flota en el espacio, sin ocupar ese lugar de preferencia que por situación reclama, gracias al carácter inmaterial de buena parte de su cuerpo.

 En Las Meninas, Velázquez se autorretrata pintando, en una estancia del Alcázar de Madrid, situando en primer plano un grupo de personajes en torno a la Infanta Margarita, y desplegando toda una suerte de efectos de perspectiva, para transmitir sensación espacial, pero también vida, actividad interior. Atrapados en los juegos de miradas de los demás personajes, cada uno necesita de los otros, como si su existencia dependiera de ello, en una composición de singular atractivo. Para abrir al máximo las posibilidades de interpretación, los Reyes aparecen reflejados en el espejo del fondo, que de inmediato cobra un protagonismo central. Las dimensiones del cuadro, su amplitud y su presencia vertical convierten la pintura en un ambicioso ejercicio ­pictórico y mental­ perfectamente meditado.

La actitud de Antonio López es, lógicamente, más contenida en Figuras en una casa. Las dimensiones del cuadro, su formato y, especialmente, la escena que representa recrean la idea de un fragmento, nunca de una estancia entera. Los personajes aparecen cortados, como la puerta y la habitación, sin duda porque la intensidad se centra en su situación y la relación que se establece entre ellos y el espectador. Con todo, podemos forzar el paralelismo e interpretar la obra de Antonio López como una suerte de revisión no intencionada de la zona que en Las Meninas ocupan el autorretrato de Velázquez, la imagen de los Reyes reflejada en el espejo, y la silueta del aposentador de la Reina, enmarcada en la puerta abierta al fondo. Tres son también los personajes que retrata Antonio López, un matrimonio y un varón, pero los agrupa tras una puerta cuya hoja abre en sentido inverso a la pintada por Velázquez, sin duda porque a ambos les conviene en sus respectivas composiciones. Las figuras de los Reyes en el espejo han sido sustituidas por fragmentos de paredes, iluminadas por luz natural, un colgador de ropa y una pequeña bombilla desnuda, lo que le permite al pintor realizar una mezcla entre la representación espacial clásica (con los planos definidos iluminando de manera distinta las paredes) y un extraño bodegón. Siguiendo con esta interpretación, el efecto conseguido en Las Meninas con los cuadros que decoran la pared del fondo es sustituido por un pictórico barrido de ese paño, con un timbre y pequeños interruptores de luz. Finalmente, a la figura de Velázquez le corresponde la inacabada de María, la mujer de Antonio López, retratada en la figura femenina que flota en el espacio, sólo esbozada, sin cuerpo. La posición de este retrato es la misma del que se incluye en obras anteriores como el dibujo y el cuadro titulados Mari (ambos del 1961) o La alacena (1963).

La presencia de este busto femenino flotando en el espacio, como si se tratase de una aparición, pero una aparición física por la corporeidad que sugieren los tonos empleados, debe entenderse como otro rasgo que aleja las intenciones de Antonio López de quienes simplemente buscan copiar la realidad. Existe, en su caso, interés por transmitir la sensación de emoción y misterio que debe acompañar a toda obra intensa. Por situar figuras como ésta, suspendidas (aparecen en cuadros como El Campo del Moro, de 1960, o Mieres, de 1963) se ha calificado su realismo como mágico o surreal. Tal vez lo apropiado sea evitar los adjetivos y ver estos recursos como simples elecciones pictóricas, como el tratamiento casi abocetado de las zonas superiores del cuadro, o la elección de la tabla como soporte, lo que permite reforzar la opacidad de una materia que, posteriormente, es ligeramente rasgada en superficie.

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