Obras de una colección

Jordi Teixidor


Los artistas | Los autores de los textos

Rosa y naranja

David Pérez Rodrigo

Profesor de Teoría de la pintura contemporánea de la Universidad Politécnica de Valencia

A diferencia de lo que había acaecido unos años antes con la pretensión de la poesía realista, la pintura se revela en torno a la década de 1970 como una actividad que, más que cargada de futuro, parece estar destinada a conjugarse en un tiempo que sólo es el del pretérito. Frente a las transgresiones expandidas que comportan el arte conceptual, las derivas neodadaístas o la irrupción de nuevos soportes y materiales, el hecho pictórico va a quedar ubicado en un ámbito definido por su propio anacronismo. Esta inactualidad llevará a la pintura a un paradójico estado: el de saberse reducto de una mirada que, pese a asumir su icónica incapacidad competitiva dentro de una iconosfera cada vez más espectacularizada, no va a dejar por ello de reclamar -ya sea dentro o fuera del ámbito artístico- su necesaria e irrenunciable vigencia.

En este contradictorio contexto en el que pintar asume el sentido de una práctica arcaica y en progresivo desuso es en el que cabe situar la presente obra de Jordi Teixidor, una obra que, consciente de la paradoja aludida, buscará huir de la imagen para profundizar en la pintura, hecho que posibilitará el ahondamiento de las diferencias existentes entre discurso icónico y decir pictórico. Ante la desmaterialización plástica de raigambre duchampiana o ante la desmesura de un consumo mediático-visual que desborda los límites del lienzo, la pintura deseará articularse como discurso de especificidad plástica y temporal, es decir, como discurso que, yendo más allá de la referencialidad narrativa de la imagen, contrapondrá la intimidad de la contemplación al videodespilfarro de la mirada, la tactilidad visual a la eficiencia tecno-comunicativa y la demora icónica a la celeridad de lo virtual.

Desde esta perspectiva, Rosa y naranja invita a aproximarnos a la pintura en tanto que pintura, es decir, en tanto que propuesta que construye una materialidad en la que la imagen es tan sólo imagen de sí misma: reflejo vivo de un cuerpo que es cuerpo de pintura, cuerpo que inventa un espacio y latido que genera un tiempo. Pintar se configura, pues, como registro de un contratiempo que articula la contrariedad. Un registro que es rastro de un decir que sólo pronuncia presencias y que desde la pincelada y el color establece el orden de un espacio que se halla destinado a desordenar el tiempo. Y también a contrariarlo.

El color escribe un rosa y un naranja, así como sus respectivos matices y mixturas. El espacio se delimita en torno a dos cuadrados de idénticas dimensiones y al consiguiente rectángulo en el que ambos convergen. Paralelamente, la composición se apoya en una banda vertical a la izquierda y en otra a la derecha. El resto configura un tenso silencio. Un silencio que recoge los susurros de Monet y Rothko, de Friedrich y Newman. Una vez más lo sagrado, aquello que carece de nombre, se disuelve en el ámbito profano de la pintura, en ese más acá que se hace desde el color y desde el trazo. La pintura se rebela contra la imagen. La presencia surge frente a la representación. La mirada se revuelve ante la visión.

Jordi Teixidor plantea la espacialidad de una superficie que es experiencia y afirmación. Experiencia de un transcurso plástico y afirmación de un soporte pictórico. Pintura que soporta la reducción minimalizadora de lo expresivo y soporte sobre el que se pinta la contención de un anhelo: el rastro de una verbosidad descoyuntada, el reflejo sereno de un habla que, al destilar la certeza de su propia incertidumbre, traza con perplejidad la reverberación de su propia disolución.

Cualquier afirmación es la respuesta a una pregunta que siempre se reformula y que nunca queda contestada. Decimos aire y el viento agita las hojas de un árbol. Pronunciamos viento y las nubes cubren el cielo nocturno. Respondemos árbol y las hojas secas se pierden en la oscuridad de la calle. El mundo es un enigma al que accedemos mediante el lenguaje, ese otro enigma generador de enigmas que además de árbol dice verde y que junto a cielo escribe calle. Calle oscura y nocturno cielo. Hojas secas y rumor de otoño. Las palabras inventan el mundo y el mundo nos inventa como destellos de luz y de noche. Como lienzos que el color sutura y que el gesto disuelve. Años después de esta obra surgirán los azules y también los verdes, los amarillos y el olvido, lo indecible y esos rojos que concitarán angustia y silencio. Pero ahora, en 1976, nos hallamos ante las infinitas gamas que atraviesan el rosa y el naranja. Un rosa que es un rosa que es— Y un naranja que callado acoge el habla de lo evanescente. Esa imposible permanencia que describe el balbuceo vacío de un decir que en cada pincelada mengua.

Tras el abandono a mediados de la década de 1970 de las propuestas de índole más geométrica y constructiva, la obra de Jordi Teixidor se afianzará en un ámbito de contención verbal. Un ámbito en el que lo expresivo tan sólo constatará la desnudez de su propia parquedad. La pintura no quedará conformada como imposición derivada de un aserto sino como mera latencia, como frágil sombra de un habla poblada de color y gestualidad. Una latencia en la que el transcurrir del lienzo burlará cualquier locuacidad, concitando un habla destinada a acallar y matizar el discurso, a suavizar el exceso redundante de lo decible.

A pesar de ello, no debemos olvidar que lo que en este restringido y quebradizo discurso sucede también será texto, siquiera sea tenue. Texto leve en el que el decir se hallará concebido no como materia de relato, sino como relato de una materialidad. Una materialidad que, junto a su textualidad cromático-gestual, también entrañará tiempo: tiempo de mirada y mirada sin tiempo. Luz de un mundo que es mundo de pintura y pintura de un mundo que sólo el color genera.

La ausencia de referente alguno no podrá ocultar el sentido de lo dicho. Un sentido que se fraguará desde la atmósfera que escribe el alfabeto de una suspensión, un alfabeto que es signo de bruma y código de aire, sintaxis contenida y enunciación ascética. El lienzo quedará, por ello, convertido en superficie y frontera: superficie que la nada roza y frontera que al vacío lleva. La pintura, una vez más, se nos mostrará como aquello que resta tras la imagen de la misma. Tras su imagen y tras ese resto que de la pintura huye y que la fotografía capta.

Pintar, qué duda cabe, se vincula a lo visible, pero no a lo reproducible. De ahí que la obra de Jordi Teixidor muestre con tenaz determinación una permanente voluntad de especificidad pictórica. La fotografía, ya sea desde su ámbito analógico o digital, puede recoger e, incluso, inventar lo visible. Lo que no puede es ofrecer a la mirada la tactilidad visual que opera desde el lienzo, esa tactilidad que simultáneamente es texto y textura, corporalidad pictórica e indecibilidad visual, ejecución de un tiempo y tiempo de una ejecución. Desde esta perspectiva, la trayectoria que Jordi Teixidor inicia con obras como la presente se verá afianzada a través del trabajo realizado en décadas posteriores. Un trabajo sustentado en la conversión de la pintura en sujeto de su propia actividad. En sujeto y también en objeto: en objeto pictórico que es sujeto de pintura y en pintura sujeta que es objeto de sí misma.