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Obras de una colección

José Manuel Broto


Los artistas | Los autores de los textos

Celebración diurna

Aurora García

Crítica de arte

Broto vivía aún en Barcelona cuando realizó este gran cuadro vertical que mantiene intacto hoy su latido. Bastante atrás quedaba su experiencia en el grupo "Trama' y con el trabajo pictórico más contenido y de propensión constructiva, tendente a la economía en los recursos abstractos y del color, una pintura que acabará precisando apartarse de las sujeciones programáticas para  desencadenar su vivacidad gestual y polícroma desde las postrimerías de la década de los setenta. El artista tenía que recorrer su camino bajo el signo de la libertad, al margen ya de unos supuestos teóricos cuya disciplina aplicada sirvió durante algún tiempo, pero que, a la vez, iban demostrando su capacidad de constreñir el hálito de la propia pintura. No obstante, como ha señalado Juan Manuel Bonet en más de un texto dedicado a Broto, el pintor que nos ocupa nunca llegó a ceñirse ortodoxamente a las teorías de grupo, y las tensiones lumínicas, espaciales y temporales desatadas con claridad en el advenimiento de los años ochenta en parte radicaban en estado embrionario durante la etapa precedente.

Al inicio de los ochenta Broto sustituye, además, el acrílico por el óleo, lo cual le permitirá extraer otras calidades al color aplicado en zonas cortas, irregulares y nerviosas que pueden diluirse en chorreos translúcidos conviviendo con la claridad blanquecina del fondo. Sin embargo, no todo son encuentros azarosos en cuadros como los expuestos en la Galería Maeght, de Barcelona, en 1981. Todavía existen intenciones constructivas de articular el espacio, ahora incorporando líneas de propensión recta que pueden sugerir estructuras de filiación arquitectónica en medio de un paisaje colorido y surcado por los vientos de una gestualidad con desarrollo en múltiples direcciones.

Decimos esto porque, en la obra Celebración diurna, realizada algo más tarde, en 1983, subsiste también el afán de articular la composición, igualmente abstracta, pero con otro tratamiento de la paleta y del espacio, en un esquema geométrico que aquí se desvela como abertura rematada en arco de medio punto. Aunque, mejor que la sugerencia de ventana, de puerta, o de recinto abovedado, esta forma arqueada, impuesta en el rojo dominante en el cuadro por medio de una brocha mezclada hacia el ocre de perfil irregular, lo que despierta en nosotros es la idea de un altar, la memoria de un retablo, de una "pala d'altare".

En 1982, Broto llevó a cabo un viaje por Italia que dejaría huella en su pintura. De Giotto a Piero, de Bellini y Tiziano a Borromini, las fuentes directas de un pasado magistral en el arte europeo deslumbrarán su retina y anidarán en su memoria. El pintor ya está en condiciones de reconocer que es posible ser moderno sin dar la espalda al pasado y que, por ejemplo, sus investigaciones sobre el color pueden llevarle sin reparo a los maestros venecianos. Si hasta entonces había puesto los ojos especialmente en el arte abstracto americano de un tiempo más próximo a él, los logros de cierta creación figurativa y distante de esta época —aunque próxima en términos geográficos— supusieron una lección indeleble, un canto prolongado al ejercicio del pincel, imbuido, a la par, de sabiduría y del poder transmisor de gozo.

Con cuadros como Celebración diurna, Broto ya está inmerso en un camino simbólico sin salir de la ambigüedad abstracta, una vía que conecta con ese sedimento de memoria llamado por Jung inconsciente colectivo, allí donde moran los arquetipos. Se trata de obras en cierto modo arquetípicas, porque el espectador establece primero una identificación con ellas desde su territorio emocional, a pesar de que sea el empleo del color en sí mismo quien las regula, sin que apenas intervengan todavía los perfiles definidos de figuras concretas. No encontramos más esas tramas enmarañadas en sucesión o superpuestas al fondo blanco de la tela, sino que ahora el color discurre con mayor unidad, en campos más amplios que buscan el brillo y la transparencia de atmósferas fugitivas, visionarias incluso en pinturas inmediatamente posteriores a la celebración que nos ocupa, apareciendo en ellas imágenes escuetas de referencia directa al paisaje y a la arquitectura.

Celebración diurna, tras el impacto visual y emocional de su color encendido de rojos, amarillos y azules, de ese flujo continuo de cadencia vertical donde la luz evoca posibles figuras espectrales cuya supuesta materia es la misma materia pictórica, destila una cierta solemnidad por la composición organizada en el interior del arco. Por otra parte, da la impresión de que a Broto sólo le interesa la imagen en su valor polisémico, o, dicho de otro modo, en tanto que haz de significaciones, en el sentido expuesto por Mircea Eliade. El pintor prefiere apuntar hacia aquello que se le escapa, que no se puede representar en su concreción. Y, aun en el caso de que su punto de partida entroncara con ciertas representaciones religiosas de la gran pintura histórica, esta escena vertical, fluyente y sin rostro definido, compensada por el enorme óvalo carmín que se sobrepone a la oscuridad del carbón en la parte inferior, es, según palabras de un poeta caro al artista, Edmond Jabès, visibilidad de lo invisible.

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