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Obras de una colección

Juan Bordes


Los artistas | Los autores de los textos

Oradores

José Marín Medina

Crítico de arte

En el panorama agrisado, poco definido, de las prácticas escultóricas actuales, la obra de Juan Bordes restalla con la pujanza de su exacerbada individualidad. Cuando el espectador se encuentra con sus esculturas -en esta ocasión, con la composición Oradores, integrada por cinco cabezas parlantes fundidas en bronce y dispuestas sobre otros tantos pedestales de hierro cubiertos de inscripciones-, la primera sensación que siente es de sorpresa por su singularidad. El despliegue de esa singularidad se apoya en tres causas: la primera radica en la preservación que Bordes hace del concepto de escultura como arte del volumen o espacio tridimensional, en un tiempo en que ese concepto se ha hecho escurridizo o se sitúa abiertamente fuera de razón; la segunda es su recurso a una iconografía nuevo-clasicista que choca con los códigos de imágenes ahora vigentes; y la tercera consiste en la peculiaridad de su trabajo, realizado conjuntamente en los dominios de la escultura, la arquitectura y la pintura.      

Efectivamente, a través del último tercio del siglo XX y en estos años iniciales del XXI un número creciente de artistas viene cultivando un tipo de escultura que no se concibe ya como objeto específico independiente, es decir, como arte del volumen, sino como un nuevo género de variadas experiencias de percepción, estimación y sensibilización de ciertos tipos de vacío o de -en palabras de Robert Morris- "zonas del espacio que presentan aspectos cualitativamente diferentes de los que ofrecen los objetos". Ante un cambio tan radical, hay quienes postulan utilizar una denominación nueva para este género de prácticas a las que no hay por qué llamar ya necesariamente "escultura", pues consisten en intervenciones que no son sólo de orden táctil y visual, sino también acústico, y asimismo de diseño proyectivo, de instalación, de construcción, de arte mobiliar" Con todo, y a pesar del auge de tales experiencias, persiste hoy la práctica escultórica propiamente dicha, y no sólo a través de "derivaciones" de presupuestos planteados por las vanguardias previas, sino apostando también por proyectos inéditos sobre cuestiones implícitas en el concepto modernista de escultura, e inclusive en la concepción de estatuaria académica. En esta última línea se produce la obra de Bordes. Pongamos un ejemplo: en Oradores, las cabezas clasicistas van dispuestas sobre "pedestales", un elemento característico de la tradición de la estatuaria, que luego fue desechado por la modernidad. Pues bien, Juan Bordes recupera aquí el pedestal como forma artística, entendiendo ese soporte como parte que pertenece propiamente al mundo de la escultura, siendo de la misma naturaleza que ella y formando con ella un todo, al tiempo que esos mismos pedestales de hierro ponen en valor, elevan y destacan las rotundas y solemnes testas de bronce que protagonizan la obra, presentándolas de manera distanciada del espectador, asegurando así la transición jerárquica entre el plano común del contemplador y el universo superior de la escultura.

Asimismo lo imprevisto de sus referentes iconográficos funciona como principio de individuación. Bordes fue uno de los primeros escultores de su generación que decidió romper con la trayectoria inicial de su trabajo -de carácter vanguardista analítico y un punto surreal-, para adoptar, a partir de 1979, un lenguaje figurativo fuertemente mimético, desarrollado sobre la figura desnuda, el torso, el busto y la cabeza, recurriendo a la iconografía de la estatuaria grecorromana referida a prototipos de la mitología clásica. Ese desarrollo de la figura se bifurcaría de inmediato en obras realizadas en dos materiales y a dos escalas distintas: obras concebidas para ser talladas en poliéster a gran formato; y obras pensadas para ser fundidas en bronce a escala pequeña. Aquella iconografía se fue ampliando hasta abarcar motivos de la tradición renacentista (con admiración especial por Miguel Ángel y Cellini) y neoclásica (con gusto confesado por Canova) e incorporaciones de temática bíblica (a la manera de Rodin, su cuarto maestro). Este género escultórico nuevo, entre clasicista y manierista (influido a veces por la maniera de Berruguete), configuró la exposición individual La figura en la luz, que la galería Fernando Vijande le dedicó en Madrid, en 1984, año en que Bordes fue invitado a participar en la VI Exposición Internacional de la Pequeña Escultura de Budapest, y formó también parte de la significativa muestra Seis Escultores, celebrada en el Palacio de Cristal del Retiro. Desde entonces esta obra se ha enriquecido a través de los procedimientos críticos a que su autor la somete, cuestionándola como "obra de arte" autónoma, y dimensionándola sobre las posibilidades de su función social en formatos de "monumento" y de "escultura pública".

Dentro de esta singularidad iconográfica -que no rehuye la ironía-, la composición Oradores, que es obra de 1987-89, testifica el propósito mantenido por Bordes  desde el momento de su incorporación a los modelos de lo antiguo, no para proseguirlos, sino para cuestionarlos, "ridiculizando lo sublime" -como dice Bárbara Rose-. En cualquier caso, en estas cabezas broncíneas alienta el espíritu grandioso del arte escultórico tradicional, la grandeza derivada de su "papel divino" -en expresión de Baudelaire-, situándonos "ante realidades que, al fin de cuentas, no son terrenales". En esa misma orientación  se preguntaba Teófilo Gautier: "¿qué puede la escultura sin los dioses y los héroes de la mitología que le proporcionan pretextos temáticos y formales plausibles? Toda escultura es forzosamente clásica. En el fondo de su ser siempre habita la religión de los Olímpicos". Bordes se reafirma en ello, y lo hace a contracorriente de un mundo y de un tiempo como los nuestros, que están asediados por imágenes fugaces de lo cotidiano (mediáticas, publicitarias y de la industria del espectáculo) y que asumen su condición de efímeras (fotografía, cine, televisión, vídeo, Internet"), contraponiendo a esas imágenes una iconografía acuñada por el paso de los siglos, y unas obras realizadas con afán de perennidad.

A su vez, el hecho de trabajar simultáneamente dentro de ese triángulo  de la escultura-la arquitectura-la pintura al que hemos aludido, produce en la obra de Bordes ciertas contaminaciones de género. En la escultura Oradores, por ejemplo, el artista subraya un efecto pictórico: las variantes de color de sus dos materiales, resaltadas respectivamente mediante la oxidación y las pátinas; y, de otra parte, utiliza y ordena un elemento de valor arquitectónico: el espacio fluyente, o "vacío" que recorre y sensibiliza "con medida" los intervalos que quedan libres entre las cinco estelas, así como entre las cabezas y sus basas. Ello no impide que Bordes proteste a veces de esas mismas contaminaciones, insistiendo siempre en que lo que él desea ser única y definitivamente es "un escultor efectivo, que con poquísima materia sea capaz de ordenar y cuestionar grandes espacios".

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