Obras de una colección

Miquel Barceló


Los artistas | Los autores de los textos

La flaque

Catalina Cantarellas

Catedrática de Historia del Arte de la Universitat de les Illes Balears

En expresión de Miquel Barceló la mirada puede ser la "única redención" del artista (1992). Recíprocamente la percepción de la imagen reclama la mirada, ésta "dialéctica en reposo" de Walter Benjamin compuesta por multitud de instantes heterogéneos; por  una sucesión no cuantificable de fragmentos como los que median entre la realización de la obra y su recepción.

Y es que al principio es la visión y no la palabra. No obstante recurrimos al lenguaje de la palabra para intentar  traducir o clarificar  el  de la imagen. También Barceló acude en ocasiones a titular su creación para favorecer el reconocimiento. Así ocurre en La flaque o "El charco", hecho en París tras la  primavera  de 1989. El título está en francés según el hábito de  adoptar  el idioma del lugar de elaboración del cuadro. Pero ahora nos hallamos ante algo más que una mera dilucidación de la imagen. Se trata de un emblema cósmico. En 1991 afirmó: "para mí la imagen del mundo es un charco de agua con bichitos que se  agitan alrededor". Aquí "los bichitos" no aparecen; seguramente laten en algún lado y aparecerán  cuando, finalizada la sequía, el charco vuelva  a llenarse. Tiene que ocurrir así porque si no morirán y  La flaque, emplazado en el límite entre la vida y la muerte, habla de esperanza de vida.

La intensa luz del blanco lienzo, con estas grandes dimensiones que complacen al pintor, procede del ángulo superior izquierdo tal como indican las sombras. La zona más oscura y más cálida a la vez es la del charco, como si de él emanara una luz simbólica antes que física. Delimitado por una elipse, es el último resto de agua en medio de una árida  y fangosa tierra donde  las piedras se hunden.  En este espacio un  día, en un tiempo no lejano,  el agua  era y vivificaba. Con su extinción  las agrietadas ranuras han progresado y duelen. El blanco, con el azul del límite superior, es la muerte asociada al frío. El ocre se asimila a la vida, es un  remanso en medio de la nada porque lo que fue ya no es pero encierra la promesa del renacer. Una promesa extremadamente  frágil, pero promesa al fin y al cabo.

Quizás unos ojos lastrados por la sociedad occidental cuestionen la pureza del agua. Estamos en África y  hay que sentirla,  volver al origen,  para saber que el agua es una de las cosas básicas. Tierra pedregosa y agua, visiones semejantes a las de  otros parajes como los que Miquel Barceló habitó en su infancia. No en vano ha entablado similitudes entre el paisaje de Mallorca, la tierra en la que  nació, y el  de Malí, país situado en la denominada África occidental, donde viajó por primera vez en 1988 y que supuso una importante ruptura en su quehacer.

Entre enero y julio de 1988 con punto de partida en Argelia tras cruzar el  Sahara, recala en la ciudad de Gao, al norte de Malí  junto al  Níger.  Las notas de Gao inician el conjunto de "Cuadernos" que ejecutará  en diferentes lugares, formatos y concepciones. En ellos consigna experiencias y pensamientos, reflexivos y/o íntimos, por medio del dibujo y de la palabra. En diciembre de 1994 escribiría: "Oh, días de Gao de 1988. Era feliz como un bandido del otro lado de la frontera. Mi complejo de Billy the Kid estaba en su apogeo. Feliz y salvaje". No era la felicidad del buen salvaje, era la de Billy el cabrito, el legendario aventurero del desierto mejicano que el folk había difundido y que inspiraría películas como la de Sam Peckimpah con música de  Bob Dylan, en 1973.

La aventura como fuente de placer y de necesaria e indefinida búsqueda, como abandono del déjà-vu, del éxito obtenido con aparente rapidez ("Odio los elogios y el dinero ya no me conmueve": Gao,  mayo de 1988);  de la apropiación del legado artístico saqueado por Barceló, previa digestión,  una y otra vez  ("Gran arte occidental en perpetua decadencia desde hace mil años": íbidem).

El invierno de 1989  vuelve a Malí y se asienta en Ségou, junto al río, en la ruta de Gao hacia el suroeste. Tras su regreso, recoge las impresiones  de Malí. Se vale  de  hojas sueltas y del bolígrafo, instrumento éste usual. Alterna el texto, mucho más cotidiano que el del año anterior, con dibujos hechos con el citado medio, con  lápiz y gouache.  En el avión de vuelta  a  París traza tres bocetos en bolígrafo del cuadro que nos ocupa y anota  debajo el título: flasque I / II/ III. En cada uno de ellos parecen pulular en el charco indicios  de vida, "bichitos" quizá,  que  desaparecerán en la obra definitiva. Si los números romanos indican según lo lógico el orden de creación,  el último esbozo o flasque III es invalidado. El agua se repliega al tercio inferior de la tela  y deja de  ser el motivo dominante, central y centrado. La composición definitiva se resuelve  a partir de un tercio en horizontal y uno en  vertical sin simetría,  con soluciones tradicionales para la perspectiva, en diagonal.

La flaque es una de las presentaciones de su  experiencia africana. Presentación porque Barceló reitera que esto es lo que pretende, presentar y no representar, eliminado  así  toda virtualidad.  Pertenece a la serie de los denominados cuadros blancos, un hito en el curso del artista,  que discurre entre  1987 y  1990 sin que ello suponga su inmediata liquidación. Otra obra del mismo año,  Constel·lació nº 4, que igualmente se exhibe  en el Museude la Fundación March en Palma, subraya la insistencia en el blanco y constata la importancia del vacío. Un vacío fruto de la introspección, del tenso desembarazo imprescindible para acceder a una nueva plenitud. 

En sintonía con su sistema de trabajo pluridireccional, en los lienzos de 1991 volverá al  color. Color que había reintroducido en  1988 en los dibujos de  África, los cuales  depositó en un baúl de metal para su traslado. "Me fui [a África] porque mis cuadros […]  se parecían al desierto [eran blancos]. Y una vez en el desierto empecé a pintar con colores" (1996). No todos los desiertos son blancos pero una de sus sensaciones  es el acromatismo de la soledad. Tampoco el artista efectuaba antes de su inicial viaje africano obras estrictamente  blancas, lo que ocurría era que la gama se iba reduciendo e imperaban las transparencias. De todos modos  las telas resultantes de los primeros  impactos africanos son acromáticas. En  África no trabaja la tela, lo que hace es dibujar. Los grandes lienzos los confecciona en el taller, después del retorno y, como en La flaque, impera el blanco.     

El blanco es luz resplandeciente. Es lo  que no es: la nada  y, no obstante, existe, ya que sólo a través de la ausencia tomamos conciencia de la presencia. La duplicidad y el contraste. La vida, la evolución del cosmos, he ahí  el insondable misterio. La aventura del  vivir, la de subsistir incluso en la estación seca como la de La flaque. El charco de agua como acto cotidiano: lavarse las manos (Gogolí, diciembre de 1992)  y como aliento: "Vuelvo al Prado como un animal al abrevadero o como un insecto al charco, bebo de estas aguas oscuras que alimentan" (Madrid, invierno de 1989). Tierra, agua y materia que convocan diversos sentidos: vista, tacto y olfato,  y sentimientos dispares.