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La colección

José Guerrero

Granada, 1914–Barcelona, 1991
Rojo sombrío, 1964Rojo sombrío, 1964

José Guerrero, que es mayor que casi todos sus compañeros de generación, empezó a pintar en Granada en los años treinta. Pasó, en los cuarenta, por la Escuela de Bellas Artes de Madrid donde fue alumno de Daniel Vázquez Díaz, que le recomendó pintar "a hachazos". Durante la segunda mitad de esa década recorrió una serie de países europeos, lo que le permitió ponerse al día en materia artística. El gran salto se sitúa para él en 1950, cuando traslada su residencia a Nueva York y comienza a trabajar dentro del espíritu de la tendencia entonces allí dominante: el action painting, a la mayoría de cuyos protagonistas trató asiduamente.

Más importante y personal es sin embargo su obra de los años sesenta. En ella Guerrero consiguió establecer una conexión entre la nueva pintura norteamericana y unos motivos extraídos del bagaje de su memoria española. A partir de 1963 se sucedieron las Alhambras, los Generalifes, los Arcos y las Andalucías. Luego vendría la primera versión de La brecha de Víznar (1966) en homenaje a Lorca, asesinado en las proximidades de ese pueblo granadino.

En Rojo sombrío nos llama la atención el violento contraste, casi tauromáquico, entre rojos y negros, el mismo que se repite en otros cuadros coetáneos como Centro blanco. Junto al rojo y al negro, vibran leves blancos y azules apenas insinuados. El cuadro es lírico, potente, energético, y se inscribe en el horizonte del retorno de Guerrero a España. Conceptualmente es muy norteamericano, y no hay que olvidar que del mismo año es su Homenaje a Kline, pero tras esta y parecidas imágenes late una pasión española –y andaluza– que no abandonó nunca al pintor.

Intervalos azules, 1971Intervalos azules, 1971

Intervalos azules es un cuadro de gran formato muy característico del breve pero intenso periodo durante el cual José Guerrero eligió como pretexto figurativo de sus composiciones esas cajitas de cerillas planas, unidas por una base de cartón. Otro testimonio de la misma época es la carpeta de serigrafías Fosforencias, editada precisamente por este museo.

La serie es el resultado de un reencuentro de Guerrero con los Estados Unidos. Tanto en las serigrafías como en Intervalos azules y en los demás cuadros de la serie, las cerillas son eso, un simple pretexto, un punto de apoyo. Le proporcionan al pintor un motivo monumental y constructivo, con algo de friso o de bosque de columnas. Sus cabezas cobran, al ser trasladadas al lienzo, la apariencia de arcos de medio punto.

Como siempre sucede en la pintura de Guerrero, más importante que estas cuestiones de forma es, a la postre, el color. Se trata de conseguir que la pintura arda. Muy visualmente, se lo explicaba el propio artista al escritor Bill Dyckes: en un avión le dieron unas cerillas planas, y desde allí mismo contempló la reverberación de la luz sobre el mar.

Cuestiones de color. Intervalos azules se constituye sobre un diálogo franco entre azules y verdes. El azul añil de su infancia, los verdes del campo. No hay que olvidar, además, la presencia, en las junturas, de otros colores –blancos, rosas– que vibran. Y lo que tal vez sea lo más importante: ese negro intenso siempre presente en los cuadros de un pintor que en 1958 titulaba una muestra neoyorquina –una muestra en la que por supuesto había más colores– The Presence of Black. De 1971 es también un cuadro muy próximo a Intervalos azules, titulado Intervalos negros, en el cual el negro, y su antagonista el blanco, son los protagonistas principales.

Cruce, 1975Cruce, 1975

En Estados Unidos José Guerrero comprendió que la pintura se reduce a los acontecimientos cromáticos que se producen en la superficie del lienzo. El cuadro no es, por tanto, una representación de nada ajeno al propio lienzo, sino un campo en el que se ordenan o contraponen formas y colores.

El problema de la pintura se sintetiza, pues, en lograr una disposición de elementos plásticos de tal manera que esta sea un imán para la mirada. En este sentido, el cuadro titulado Cruce lo es. En él observamos un fondo, un campo de color, intensamente rojo, vibrante, con una luminosidad que solo Guerrero ha sabido conseguir; sobre él se cruzan dos elementos antagónicos, uno blanco, negro el otro. Pero ese cruce no es presentado en el centro geométrico del cuadro, sino que ha sido desplazado dejando libre la mayor parte del lienzo, que muestra, triunfante, el intenso bermellón, que pasa del fondo al primer plano.

El potente trazo negro, a pesar de su contundencia, ocupa serenamente la parte superior del cuadro y reclama insistentemente nuestra mirada, mientras que el otro trazo, cuyo blanco emerge sobre suaves tonos azules desde su posición lateral, parece querer romper el equilibrio establecido entre el rojo y el negro.

Para restablecer este equilibrio, un elemento que parece ajeno al diálogo de los gruesos trazos rectos, una especie de lágrima blanca, se apoya en el otro extremo sobre el gran trazo negro.

En fin, se trata de un estupendo ejemplo de composición realizada sobre colores que sigue la lógica de algunos cuadros de Piet Mondrian, pero eludiendo la dureza de los contornos precisos, que aquí quedan desvanecidos en un halo que permite que las formas fluctúen y los colores vibren.

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016



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