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La colección

Manuel Hernández Mompó

Valencia, 1927–Madrid, 1992
Semana Santa en Cuenca, 1964Semana Santa en Cuenca, 1964

Hay siempre en la pintura de Manuel Hernández Mompó un elemento narrativo. Por momentos ese elemento es tan dominante que casi podemos pasar la vista por la superficie de sus cuadros como por un cómic, siguiendo el desarrollo de una historia. En sus catálogos, junto a dibujos que también tienen algo de cómic, Mompó ha publicado textos alusivos a las cosas que le gustan.

En el caso de este cuadro, disponemos de un documento interesante. Me refiero a su boceto sobre tabla, que se conserva en el propio museo, concretamente en la vecina sala negra. Tras comparar ambas obras, entendemos mejor la manera de trabajar de Mompó, a base de restas más que de sumas. El boceto resulta más concreto, más gráfico, más duro. El cuadro, por contraste, cobra vuelo, ligereza, ingravidez.

"Colores para disimular aquel negro tan nacional, tan familiar a nosotros". Así veía Luis García-Berlanga la pintura del primer Mompó, y en efecto nadie más alejado de la línea neotremendista o neotenebrista que en nuestra escena contaba entonces tantos adeptos. "Este ha sido el rincón de la alegría en el arte español del último cuarto de siglo", escribía el crítico Vicente Aguilera Cerni en 1966. Imaginémonos por un instante lo que hubiera sido un cuadro titulado "Semana Santa en Cuenca" pintado por Antonio Saura. Como en sus retratos de Felipe II, hubiera predominado el negro. En Manuel Viola, los capirotes de los nazarenos hubieran servido como apoyatura formal para toda una teoría de picachos y de hondonadas. Mompó adopta el punto de vista opuesto. La Semana Santa contemplada con ojos de niño asombrado, como juego de luces, como suma de pequeños acontecimientos dispersos.

Calle de fiesta, 1977Calle de fiesta, 1977

Trece años después de haber pintado su Semana Santa en Cuenca (1964), Manuel Hernández Mompó pintó esta Calle de fiesta. Lejos quedaba entonces el tiempo en el que el pintor dejaba al espectador recorrer con él el camino que lleva de los motivos concretos de la realidad al cuadro.

Aquí se ha vuelto ya tan abstracto que todo parece flotar sobre la superficie blanca del lienzo. Los signos trazados con poco pigmento muy diluido, como si de acuarela se tratara, bailan ante nuestros ojos en un espacio indeterminado. Mompó se acerca al caligrama en los textos de sus catálogos. En uno de sus poemas, de 1973, escribe: "En el espacio flotan las letras de la charla". Esa idea de flotación de realidades yuxtapuestas, de dispersión, preside Calle de fiesta. En el mismo catálogo que recoge el mencionado poema leemos lo siguiente: "Una mujer - una ventana - una risa - un hombre - una luz - un deseo - una sombra azul - un pájaro - una pareja abrazada - unos niños - un sol"..., y así sucesivamente hasta llenar una página. Una vez más se confirma que este es un pintor-poeta. Algún tiempo después llegaría incluso a prescindir del lienzo y a buscar un soporte transparente, el metacrilato. Sus signos, en este caso, bailaban en el aire de la sala de exposiciones.

Para celebrar nuestro ingreso en el Mercado Común, se le encargó un cartel sobre el tema "España". Nunca he sido muy amigo de las lecturas políticas de las obras de arte, pero no cabe duda de que en este caso había una elección en favor de lo que Azorín, otro levantino, llamó "la España clara".

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016