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La colección

Manuel Rivera

Granada, 1927–Madrid, 1995
Metamorfosis (Espejo del duende), 1963Metamorfosis (Espejo del duende), 1963

Granadino de nacimiento –y también de sentimiento– Manuel Rivera ha relacionado, con toda lógica, buena parte de su producción con su lugar de origen. No se trata, no puede tratarse en el caso de ningún pintor moderno, de una cuestión de geografía, y menos aún de "escuela" local. Pero está claro que Rivera, al igual que por esos años también su paisano José Guerrero, reelabora frecuentemente motivos de su memoria en la ciudad de la Alhambra.

Amigo de buscar para sus cuadros puntos de apoyo o pretextos poéticos, Rivera no podía dejar de hacer referencia en uno u otro momento de su trayectoria como creador a Lorca, el poeta más relevante de Granada.

Metamorfosis (Espejo del duende) es, en ese sentido, una obra paradigmática. Consultando la obra completa de Rivera, recogida en el catálogo de su antológica de 1981, comprobamos que esta es la primera de sus metamorfosis que es definida como "espejo". En cuanto al "duende", desde el título mismo queda homenajeado aquel que encontró las palabras preci sas para definirlo.

Emerge de este sutil entramado de telas metálicas superpuestas una misteriosa presencia. A Rivera no le ha tentado la vía de la escultura, ni tampoco la de la fría experimentación cinética; él se ha ido adentrando más y más en regiones de nieblas, de aguas y de medias luces.

Espejo del sol, 1966Espejo del sol, 1966

De cuantos cuadros de Manuel Rivera se conservan en el museo, este es sin lugar a dudas el más espectacular. Basado, como la mayoría de los de su autor, en la superposición de telas metálicas, desde el punto de vista formal es de una gran sencillez. Pese a que en él intervenga, como en las máquinas de los cinéticos, la luz real, y pese a que el movimiento del espectador al desplazarse frente a él cree una multitud de puntos de vista posibles, en el fondo, su obra tiene más que ver con el ala más meditativa del expresionismo abstracto norteamericano que con cualquier proyecto racionalista.

Por lo demás, la palabra "espejo", con la que a partir de un cierto momento designó Rivera la mayoría de sus cuadros, es bien significativa. De nuevo, un título viene a completar una obra. Un título acompañado casi siempre de un adjetivo. Si repasamos la lista de los cuadros pintados por Rivera encontraremos espejos isabelinos, y embrujados, y oscuros, y así sucesivamente hasta llegar a este, solar. Un sol más, junto a los de Eusebio Sempere, Luis Feito y Gustavo Torner. A la postre, y a pesar de que Rivera es el más abstracto de los miembros de El Paso, aquí también percibimos que estas obras suyas se apoyan en un trasfondo de realidades poéticamente recreadas por la memoria. Entre esas realidades, dos principales: la historia y Granada. Se lo dijo el pintor a José Luis Jover: "Las torres alhambrescas, los patios cerrados, los jardines de luz submarina, los encajes de yesería...; el magicismo de todos estos ámbitos vistos a través de las celosías está presente a lo largo de mi obra".

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016