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La colección

Gustavo Torner

Cuenca, 1925
Acero inoxidable y chatarra plateada, 1961–1962Acero inoxidable y chatarra plateada, 1961–1962

En la Cuenca provinciana y aislada de finales de los cincuenta, Gustavo Torner llevó a cabo una de las experiencias estéticas más extremas de su tiempo. No es casualidad que uno de sus exégetas más agudos fuera Juan-Eduardo Cirlot, poeta y crítico de arte que había participado en la aventura de Dau al Set y que fue uno de los primeros en subrayar la importancia del giro hacia la abstracción emprendido por Antoni Tàpies en 1953.

En el Torner de finales de los cincuenta, la materia está trascendida. Raíces, tierras, maderas o, como en este cuadro, chapas metálicas, son los elementos con los que el pintor cuenta para la construcción de una imagen.

Durante varios años, esos materiales fueron sometidos por el artista conquense a un orden estricto. El objeto encontrado –en este caso la chatarra– tiene algo de objet trouvé duchampiano. La manipulación es mínima: aquí, una simple yuxtaposición entre esa chatarra plateada, deformada por el óxido, y una pieza de metal pulido. Cuadro tras cuadro se repite la misma composición, que delimita sendas zonas horizontales, la de abajo más pequeña que la de arriba. Si en otros cuadros el contraste entre ambas zonas es menos acentuado, aquí en cambio se busca la contraposición más evidente y más plena de carga metafórica entre lo pulido y lo oxidado, entre lo perfecto y lo ruinoso.

Nos recuerda también el paisaje despojado de la hoz del Huécar que se contempla desde su estudio en Cuenca; un paisaje que él, más o menos por la misma época en la que realizaba estos cuadros, fotografió, por cierto en más de una ocasión, a la búsqueda de sus claves más secretas. Ha habido incluso quien, como Julián Gállego, ha considerado literalmente esta obra como un paisaje de "montes y cielo".

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016

Verde, negro y amarillo con circunferencia roja, 1963Verde, negro y amarillo con circunferencia roja, 1963

En buena parte de la obra de Gustavo Torner se aprecia un antagonismo entre lo natural y lo cultural, entre lo rugoso y lo pulido, entre lo orgánico y lo geométrico; pero también entre lo físico material y la imagen. Todos estos antagonismos se hacen evidentes en Verde, negro y amarillo con circunferencia roja, en el que se distinguen dos campos o zonas separadas por un desgarrón. En la zona inferior este deja emerger un limpio y terso amarillo que, por contraste con el negro del que surge, pone en evidencia el carácter orgánico, telúrico e irregular de esta zona. En el campo superior domina un terso círculo rojo, imagen de la perfección y el rigor de la geometría, de la construcción intelectual.

Este cuadro, que corresponde al tipo de sus composiciones binarias, propio de las pinturas de los primeros años sesenta, forma parte de una serie, de la que este museo posee otros ejemplares, que marca un momento de transición en la obra de Torner en el que se acentúa la oposición de dos mundos plás ticos: el de la pintura expresionista, de la que el desgarro de la parte inferior sería un motivo, y el del arte normativo, del que la perfección geométrica del círculo es un paradigma.

En toda la serie, incluido este cuadro, se aprecia un control estricto de ambos procederes, una armonía que permite que el círculo levite, sublime y sereno como las heroicas líneas de los cuadros de Barnett Newman, sobre lo temperamental, representado por el desgarrón. Sobre todo ello prevalece el orden, que busca siempre la "rectitud de las cosas", la perfección que encarna el círculo que, desde su levedad, consigue el protagonismo elevándose, ingrávido, sobre las grietas de la materia.

Mundo interior, 1972Mundo interior, 1972

Paralelamente a su obra pictórica, Gustavo Torner ha desarrollado una importante labor como escultor. En este campo, junto a algunas piezas de interior como la que tenemos ante nuestros ojos, ha realizado sobre todo encargos monumentales, muchos de ellos casi rozando lo arquitectónico, como ocurre en el Laberinto (1973) de Santa Cruz de Tenerife. El primero de esos encargos fue el Monumento conmemorativo del VI Congreso Mundial Forestal (1966), en la serranía de Cuenca, obra con la que, el año mismo en el que se inauguró este museo, el artista dijo un adiós definitivo a un mundo, el de los montes y los bosques, que durante años fue objeto de su otro oficio.

Mundo interior es una escultura muy torneriana. Es una escultura escueta y compleja, geométrica y que a la vez contiene en su seno elementos no reducibles a términos racionales. Una construcción que "sugiere" más de lo que "dice", más de lo que son en sí mismas las sencillas piezas que la componen –una inmaterial esfera de metacrilato inscrita en un cubo de madera de cedro–.

El cubo, tan recurrente en la pintura y la escultura del autor, y una esfera casi invisible: estamos en el reino puro de las figuras geométricas, pero ya sabemos que –desde el tiempo de las composiciones binarias o desde el de las serigrafías que acompañan fragmentos de Heráclito– la geometría, en manos de Torner, es tan solo un punto de partida para la metáfora, para una reflexión sobre la belleza y la fealdad, sobre el orden y el desorden del mundo.

Javier Maderuelo, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016



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