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La colección

Manuel Viola

Zaragoza, 1919–San Lorenzo de El Escorial (Madrid), 1987
Cuadro blanco y negro, 1960Cuadro blanco y negro, 1960

Fue en los años cincuenta cuando su pintura se "fijó", fijándose también, al fin, su nombre artístico: Manuel Viola. Cuadros como La saeta (1958) le condujeron a El Paso.

Por aquel entonces él era, formalmente, el más vehemente de nuestros expresionistas abstractos. El trasfondo de sus obras, sin embargo, seguía siendo el mismo de antes. Han sido frecuentes en la pintura de este artista culto –más culto de lo que daban a entender sus apariencias broncas o su afición al folclore– los homenajes a poetas y pensadores de la tradición en la que se inscribía, incluidos –en eso se diferenciaba de la mayoría de sus excompañeros del periodo francés– los místicos. Aunque su pintura parece más cercana, por ejemplo, a la de Emilio Vedova, en 1959 pintó un Homenaje a Rothko, es decir, al más místico de los pintores norteamericanos.

Viola, que era un tipo formidable, no fue amigo de encerrarse en el "castillo interior", y la prueba de ello son sus incursiones en temas con los que otros pintores no se atrevieron, como los toros, el flamenco, las peleas de gallos o la revolución cubana. En eso fue muy español, pero lo fue todavía más en su afición a cierta gama colorista. Su pintura, dijo el crítico de arte José María Moreno Galván, "es el fantasma del tenebrismo o, mejor dicho, el del realismo español del siglo XVII". En este cuadro fulgurante, donde se contraponen un fondo negro y una suerte de hoguera blanca, algo de eso hay.

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016