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La colección

Fernando Zóbel

Manila (Filipinas), 1924 - Roma (Italia), 1984
Ornitóptero, 1962Ornitóptero, 1962

Contemplando una vez más este Ornitóptero me acuerdo de una fotografía de Fernando Nuño en la que se ve a Fernando Zóbel con una jeringuilla cargada de pintura negra en la mano, lanzándose al asalto de la blanca superficie de un lienzo.

Efectivamente, tal era el procedimiento que empleaba el pintor para realizar cuadros como este.

Unos años antes de instalarse definitivamente en España se produjo el acontecimiento que, según confesó en una ocasión el propio Zóbel, determinó la evolución de su arte: la visita, en Providence (Rhode Island), a una exposición de Mark Rothko. Aquel choque hizo que el joven inquieto de los círculos artísticos de Manila, el estudiante de Harvard, el discípulo de los pintores figurativos de la Escuela de Boston, se planteara recomenzar su obra partiendo de nuevas bases. Ya instalado en España, se encontró además con que no pocos de los más prometedores artistas del país habían vivido –a distancia, o todo lo más desde la atalaya parisina– una sacudida semejante a la que él vivió en Estados Unidos ante los cuadros de aquel ruso trasterrado para quien el arte era una tarea moral.

Ornitóptero, por lo demás, cuyo título sugiere la idea de un aparato volador, tiene algo, termina teniendo algo en su organización formal, de paisaje. De paisaje abstracto, naturalmente, y aéreo. A propósito de esto recuerdo lo que en una ocasión me comentaba Zóbel sobre su experiencia del paisaje, que era casi siempre –lo decía con una mezcla muy suya de irónica elegancia y melancolía– la experiencia de un paisaje visto a cien por hora tras el cristal de un automóvil. A mí, que era entonces muy joven, aquella boutade me llamó poderosamente la atención, y siempre he pensado que encerraba algo de verdad que permitía explicar lo que de modernamente impresionista tiene el arte de Zóbel.

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016

Júcar X, 1971Júcar X, 1971

Muchos pintores abstractos partían de ideas o imágenes concretas. Fernando Zóbel lo hacía de paisajes. Así, las hoces que forman los ríos que rodean Cuenca fueron motivo para iniciar algunos de sus cuadros. Un título como Júcar X indica claramente un origen paisajístico concreto: el agua del río sobre la que emerge la roca conocida como Piedra del Caballo. Sin embargo, cuando miramos el cuadro parece particularmente enigmático y vacío: apenas apreciamos unas tenues trazas muy claras y unas manchas de color que ocupan el centro acentuando así su vacuidad. Cuando uno se acerca, llama la atención la presencia de una suave cuadrícula, realizada a lápiz, que cubre casi todo el cuadro y que ordena esas franjas y manchas.

¿Por qué una cuadrícula racional en un paisaje que debería responder a la expresión de la fuerza bruta, al desorden del azar de la naturaleza? Porque lo que contemplamos es un cuadro, no la naturaleza; es decir, miramos un producto de la razón y el sentimiento humanos, algo que, en la confrontación entre cuadrícula y brochazo gestual, el pintor hace evidente. De esta manera, prescindiendo de las anécdotas y de lo superfluo, el cuadro se aleja de todos los tópicos sobre lo "pintoresco" que, desde el siglo XVIII, inundan la pintura de paisaje.

La cuadrícula, por otra parte, nos transporta al mundo de la música, tan querido por Zóbel. Las líneas horizontales recuerdan los pentagramas, mientras que las verticales cumplen la función de las barras de compás, marcan un ritmo que da un tono secuencial y narrativo a la mirada. En este sentido podríamos hablar de pintura melódica, de melodía lírica.

Javier Maderuelo, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016

Dos de mayo IV, 1962Dos de mayo IV, 1962

El público español tuvo la revelación de la etapa final de Fernando Zóbel gracias a la antológica póstuma que presentó en 1984 la Fundación Juan March y que luego viajó por varias capitales de provincia.

Este cuadro, uno de los escogidos entonces, fue uno de los últimos que pintó Zóbel. Se trata de un cuadro audaz, entre otras cosas porque apenas encontramos en él alguno de los elementos más reconociblemente "Zóbel" de la pintura del fundador del museo.

El título podría hacernos creer que se trata de una variación sobre la conocida obra de Francisco de Goya. El título nada más, pues obviamente ni el color ni ningún otro elemento en juego nos remiten al Goya heroico. Tenemos que indagar por otras vías.

En la génesis de muchos de sus cuadros, Zóbel hizo intervenir a la fotografía. Naturalmente, no en el sentido de la reproducción mecánica, sino más bien al modo en el que lo hacían ciertos pintores del siglo XIX, como su admirado Edgar Degas. La fotografía como prolongación de la memoria, como archivo de imágenes fugaces.

En este caso la fotografía de partida, tomada por él, representaba a unos muchachos jugando en la calle un día de primavera. Eso explica el dinamismo de la imagen. Aunque también siguió construyendo paisajes –entre los que destacan varios de Madrid–, en los últimos años de su vida Zóbel se mostró especialmente interesado por la evocación, en términos abstractos, de la figura en movimiento.

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016



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