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La colección

Luis Feito

Madrid, 1929
Número 148, 1959Número 148, 1959

El año siguiente de pintar Número 148, Luis Feito, miembro del grupo El Paso, fue uno de los pintores seleccionados por Frank O'Hara para la muestra New Spanish Painting and Sculpture, que tras su presentación en el MoMA de Nueva York recorrió varios museos norteamericanos.

Antes de pertenecer a El Paso, y cuando todavía era alumno de la Escuela de Bellas Artes de Madrid, Feito había realizado sus primeros cuadros abstractos. La extrema sensibilidad que en ellos se manifiesta, su contención formal, su depuración rayana en el blanco total, hacen de esos cuadros reliquias particularmente significativas de la constitución de nuestro expresionismo abstracto.

Cuando pinta

Número 148

, el artista ha dejado atrás esa etapa y se plantea nuevos objetivos. Lo primero que nos sugiere aquí no es ya el blanco total sino un paisaje; pero no un paisaje concreto sino uno "genérico". Ese mismo año de 1959, Lasse Söderberg, recordando sin duda a Unamuno, describía la pintura de Feito como "un mundo que evoca las altas tierras quemadas de España, las paredes de cal, los pueblos sin vida aparente". Y Manuel Millares, el año anterior, hablaba a este propósito de una "tierra de nadie". Ciertos críticos incluso han ido más lejos y han hablado de una "visión cósmica". Ni que decir tiene que, ante las interpretaciones, el interesado calla.

En cualquier caso, el espectador se encuentra confrontado a un cuadro donde el pintor ha definido unas nebulosas, unos núcleos de luz que contrastan con otras zonas dominadas por la sombra. Ese contraste lumínico tiene por momentos algo de claroscuro barroco, aunque realizado con otros medios, con medios más modernos en los que incluso se mezclan las tierras con el óleo.

Número 363, 1962Número 363, 1962

Este cuadro grave, tenso, de un contraste insistido entre dos colores tan nuestros como son el rojo y el negro, es característico de la evolución de Luis Feito inmediatamente posterior al periodo de los paisajes abstractos.

Manuel Millares definía la obra de Feito como una "tierra de nadie". En cuadros como Número 363, el pintor se despoja todavía más. Ya ni siquiera hay esa búsqueda de un lugar de luz, ya no es posible recurrir a la metáfora del paisaje para explicar la pintura.
El cuadro es para Feito, más que para cualquier otro pintor de la generación, una realidad autónoma regida por sus leyes propias. En eso enlaza con los pioneros de la abstracción.

Y a la vez, inevitablemente –y como le sucederá al José Guerrero de Rojo sombrío y demás cuadros realizados tras su retorno a España– el espectador identificará de forma casi automática la gama cromática aquí utilizada con una cierta idea de lo español. Estos no son colores indiferentes, sino que los asociamos enseguida con la idea de sangre, de muerte, de tauromaquia...

Feito es capaz de sortear esos escollos y de pintar un cuadro que, aun permitiendo tales asociaciones de ideas, se sitúa en otro plano. Un cuadro cuyo dramatismo es, por decirlo de alguna manera, un dramatismo medido, contenido.

Número 460-A, 1963Número 460-A, 1963

En 1963, año en el que pintó Número 460-A, Luis Feito afirmaba en una entrevista: "Prosigo mi camino, que no explico". Y se mostraba reacio, una vez más, a las interpretaciones de su obra. Refiriéndose a su pintura de los cincuenta, por ejemplo, hablaba de "lo que han llamado los paisajes siderales". Y, refiriéndose ya a cuadros como este, los describía con cierta autoironía: "Ahí está toda la orquesta: tierras, explosiones, estallidos, un sol". El tono debía ser tan dubitativo, tan cargado de segundas intenciones, que la referencia al sol la puso el entrevistador entre comillas.

Los cuadros de 1963 se organizan, como casi siempre ha sucedido en la obra de Feito, en torno a un núcleo. Llamémoslo sol o llamémoslo simplemente núcleo, ese centro rojo se encuentra aquí en la zona inferior del cuadro. A su alrededor se despliega una gran mancha negra. El fondo –lo que estaríamos tentados de llamar el cielo– es de un amarillo intenso. El efecto es de una fuerza, de una energía verdaderamente poco común. En él, y pese a esas posibles lecturas más o menos figurativas, lo cierto es que la pintura aparece como un sistema cerrado sobre sí mismo, un sistema que el pintor, prosiguiendo su camino, no explica.

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016



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