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Tarsila do Amaral

TARSILA VISTA POR SUS CONTEMPORÁNEOS



Una deliciosa molicie de hacienda

A Feira II
A Feira II, 1925

Se puede decir que, dentro de la historia de nuestra pintura, fue ella la primera que logró realizar una obra de realidad nacional. En Tarsila, como por cierto en cualquier pintora de verdad, el tema es solamente una circunstancia más del encantamien to: lo que verdaderamente produce esa brasileñidad inmanente a sus cuadros es la propia realidad plástica: una cierta y muy bien aprovechada rusticidad de formas y color, una sistematización inteligente del mal gusto que es de un buen gusto excepcional, una sentimentalidad intimista, algo menuda, llena de blandura y de sabor intenso.

Plátanos, naranjos, piñas pulposas, convertidas en fruta del norte, recogidos en ese mismo momento, en el frutal… de la imaginación; no dan ganas de comérselas, pero sí animan suavemente la sobremesa. Hay sol allá fuera. Huele intensamente a tierra y a flor. Mejor quedarse aquí  mismo, charlando por placer. Una deliciosa molicie de hacienda en la que cada hora volvemos a la mesa y picamos algo. Ese es el ambiente creado por los plátanos, las naranjas y las piñas que Tarsila ha recogido, ahora, de la imaginación.

Mario de Andrade, “Tarsila”, Texto datado el 21 de diciembre de 1927 y publicado originariamente en el  catálogo Tarsila, São Paulo: Typ. Bancaria, 1929.


Pintura  feliz, placentera y buena

O Mamoeiro
O Mamoeiro, 1925

Tarsila no es decorativa, sino… ¡feliz! Su arte tiene aire de fiesta. Su arte respira felicidad –y no es casualidad que, en la fase en la que dejó de ser más humanamente humana, para dejarse atar a manifestaciones de humanidad más restrictas e interesadas, rebajara sus tonos y de su paleta huyeran muchas luces del día. Y es que a mí me gustan esos colores ufanos de ser color, esas formas orgullosas de su originalidad o ingenuas en el impudor de su pureza elemental. Y me divierto, estéticamente, con la vitalidad y el coraje de un cierto mal gusto nacional que Tarsila ha impuesto a sus cuadros, con ciertos rosas y amarillos, ciertos azules y ciertos verdes, ciertos acordes, todo ello expresión de una “ignorancia” superior, la de quien ha sabido superar la falsa cultura del aprendido decór. Y si todo esto es decorativo, que lo sea, ¡pardiez…! Admirable Tarsila que, entre sus posibles sufrimientos y sus luchas, tiene siempre la generosidad de darnos una pintura feliz, placentera y buena, capaz de vencer a este sol y de iluminar la oscuridad de una gruta, nacional e insolente como el vuelo del guará y el gusto del fruto del cambucí. Ha hablado, por mi boca, la verdad.

Mário de Andrade, Decorativismo, 1940*


Espíritu típicamente brasileño

Pescador
Pescador, 1925

En la historia de la pintura brasileña, Tarsila representa un papel de primer orden. No solamente por lo que es, sino por lo que fue en los inicios de la revolución modernista. Precursora del cubismo, del expresionismo y del surrealismo en nuestro entorno, fue también suya la iniciativa del asunto brasileño, tratado con un espíritu típicamente nuestro.

Por su frescura y franqueza, es el colorido de Tarsila lo que más atrae de su arte. Los rosas claro, los azules cielo, los verdes césped, tienen ese deleite simplón de nuestra vida pueblerina y se afinan cuidadosamente con la deformación enfermiza de las figuras. A esos colores, que por su intensidad y su luz rechazan el compromiso del claroscuro, se han referido amargamente algunos críticos. No tienen razón. El claroscuro desentona en nuestro desordenado paisaje. El trópico está hecho de nítidos recortes en desorden y no presenta los consabidos matices de Europa. Como Gauguin, que descubrió en Tahití la tierra granada y la transportó a sus lienzos, incomprensibles para los melifluos impresionistas, Tarsila plantó en el invernadero de la pintura anterior a la Semana de Arte Moderno cactus y cocoteros vigorosos que exigían el agreste salón del exterior.

Sérgio Millet, Tarsila, 1940*


Traductora del  alma popular brasileña

Cuando pienso en Tarsila, enseguida recuerdo su etapa inmediatamente anterior a la de la antropofagia y siento cómo se me inunda deliciosamente la memoria con oratorios ingenuos,
angelitos mulatos, flores de papel, pequeños baúles azul y rosa –toda el alma popular brasileña traducida con adivinadora emoción a valores plásticos.

Manuel Bandeira*


*Textos originalmente publicados en la Revista Acadêmica, que en septiembre de 1940 dedicó un número especial a Tarsila do Amaral.

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