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Arcimboldo y Flora*

Detalle de Flora - Giuseppe Arcimboldo
Giuseppe Arcimboldo
Detalle de Flora, 1589
Colección particular

Giuseppe Arcimboldo (1526-93) proporciona uno de los casos más sorprendentes de los vaivenes de la fama en el mundo del arte. Apreciado y ennoblecido por emperadores y alabado por renombrados escritores de la época, tras su muerte fue objeto de una severa damnatio memoriae que se extendió hasta el siglo XX, cuando reapareció súbitamente para convertirse en uno de los pocos artistas plásticos anteriores al impresionismo capaces de conectar con la sensibilidad contemporánea.

Arcimboldo nació en Milán en 1526 en el seno de una familia de pintores. Como su padre, trabajó sobre todo para la gran fábrica del Duomo, donde entre 1549 y 1558 se le documenta como diseñador de cartones para vidrieras y tapices, y pintó también frescos en la catedral de la vecina Monza. En 1562 la vida de Arcimboldo dio un giro decisivo, al unirse a la corte imperial invitado por el futuro Maximiliano II. La principal actividad del pintor durante sus primeros años de artista áulico fue como retratista. En la década de 1570 trabajó también como diseñador de los múltiples espectáculos (torneos, representaciones teatrales, recepciones nupciales) que se celebraban en la corte. Esta doble labor de retratista y diseñador de espectáculos efímeros ha sido comparada con la realizada por Leonardo da Vinci para la corte milanesa de los Sforza. Arcimboldo permaneció en la corte imperial, primero en Viena y después en Praga, hasta 1587, cuando abandonó la corte cargado de honores y regresó a Milán, donde murió en 1593, a los 66 años de edad.


Artista polifacético, Arcimboldo ha pasado a la historia por unas creaciones muy específicas, tan singulares como indisociables de su nombre: las llamadas teste composte [cabezas compuestas]. Entendemos por "cabeza compuesta" una composición resultante de la asociación de elementos dispares, elementos claramente identificables que se combinan para formar una cabeza y la parte superior de un busto. Aunque a menudo se han calificado estas cabezas compuestas de bizarrías fruto de la caprichosa y desbordante imaginación de su autor, su creación era un asunto complejo sujeto a ciertas normas. Arcimboldo nunca enlazó estos elementos de forma aleatoria.


El origen de las teste composte ha preocupado a cuantos han estudiado a Arcimboldo. En lo que existe cierta sintonía es en reconocer el ascendente de Leonardo da Vinci en una doble vertiente: como creador de las "teste grotesche e di carattere" [cabezas grotescas y de caracteres] y por su aproximación científica a la naturaleza.


Siguiendo con las dos pinturas que integran la exposición, una de ellas, Flora, fue celebrada desde el momento de su realización como una de las obras maestras de Arcimboldo y, junto a Vertumno, fue la que más contribuyó a propagar su talento. Fue pintada en 1589 y presentada a Rodolfo II el día de Año Nuevo de 1590, fecha en que era tradición hacer regalos al soberano. La elección de Flora para agasajar a Rodolfo II se explica por la afición del emperador a la botánica y la jardinería, afición que Arcimboldo volvería a plasmar dos años después en otro cuadro que se le emparejaría, el ya citado Vertumno. Flora es un magnífico ejemplo de la maestría de Arcimboldo en la representación de la naturaleza, pero también de su enorme curiosidad, habida cuenta de la gran variedad de flora representada. La diversidad de flores reproducidas por Arcimboldo tenía consecuencias no sólo científicas, sino también artísticas, pues dio como resultado una paleta cromática extraordinariamente sutil y variada que, además, está en el origen mismo del mito de Flora. Ovidio narra (Fastos, V) la triste monocromía original de la Tierra, sólo animada por el color verde de las hojas y la hierba, hasta que Céfiro, dios del viento, dejó preñada a Cloris, que, al transformarse en Flora, trajo al mundo la multitud de colores de las flores.


¿Quién es o qué representa la compañera de Flora? Pese a su evidente similitud, pues ambas están construidas mediante el ensamblaje de las más variadas flores, existen diferencias entre ellas. La más obvia es que en esta segunda pintura la figura femenina muestra un seno descubierto, detalle que ha planteado a la crítica problemas para identificarla también con Flora, de ahí que Granberg la llamara cautamente "Jeune dame" y Zeri recurriera a un ambiguo "Ritratto di donna". Recientemente, sin embargo, Berra la ha identificado con Flora meretrix; es decir, con una Flora distinta a la representada en el otro cuadro . Tal identificación es factible porque el Renacimiento conoció dos tradiciones clásicas del personaje: de un lado, la Flora mitológica, esposa de Céfiro, personificación de la primavera y sinónimo de concordia marital y fecundidad natural según la tradición ovidiana; del otro, la Flora meretrix, legendaria prostituta romana que, al morir, legó su fortuna para la celebración de unos festivales en Roma, los llamados Floralie, durante los que tenían lugar juegos sexualmente provocativos.


Además de cuestiones simbólicas, un elemento estrictamente estético avala la identificación con Flora meretrix. Estamos ante la única obra de Arcimboldo que, además de las sensaciones habituales que trasmiten sus cabezas compuestas: sorpresa, paradoja o virtuosismo técnico, rezuma sensualidad. El contraste con Flora es evidente… y no sólo por la exhibición del seno derecho. Los párpados se han aligerado dando como resultado unos ojos grandes que miran directamente al espectador, al tiempo que Arcimboldo ha logrado el milagro de dotar de sensualidad a los pétalos blancos que conforman la piel desnuda gracias a un colorido menos contrastado y unas formas más difuminadas.


Con sus cabezas compuestas Arcimboldo no sólo encontró su propio e inusual camino en el competitivo mundo artístico de la segunda mitad del siglo XVI (como "pittore raro" lo definió su contemporáneo Morigi en 1592), sino que ideó un tipo de pintura tan fácilmente reconocible como indisociable de su nombre… y una pintura que, probablemente por su ingenio y escasa solemnidad, atrae al público contemporáneo como no siempre lo hace la de los grandes genios.



* Extracto del ensayo de Miguel Falomir publicado en el catálogo de la exposición