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Exposición en Madrid

LOS PAISAJES AMERICANOS DE ASHER B. DURAND (1796–1886)

1 octubre 2010 – 9 enero 2011

Un mapa de Durand

Puesta de sol: recuerdo de las Adirondacks. Donación de los hijos del artista, a través de John Durand
Asher B. Durand.
Puesta de sol: recuerdo de las Adirondacks, 1878.
The New–York Historical Society

Llevo cincuenta años estudiando a Durand y sigo teniendo la impresión de que no lo conozco. Caracterizarlo es sumamente difícil. En cierto modo, Durand es directo, sincero y espiritual en el amplio sentido familiar del término; también es escurridizo y enigmático. No es filosófico y místico como Thomas Cole, ni retórico como Frederic Edwin Church, ni un maestro del "reposo y la dulzura", como Henry T. Tuckerman describió a John Frederick Kensett.

¿Dónde encaja Durand a escala nacional e internacional? Su trayectoria artística nace en sus inicios como grabador, continúa con sus primeras pinturas históricas, influenciadas por Cole y las categorías jerárquicas de retratismo, género y paisajismo, y culmina con lo que he denominado contribuciones vanguardistas de sus estudios protoimpresionistas de la naturaleza. Esto es comparable, de un modo muy interesante, al desarrollo general de la pintura de finales del siglo XVIII y de mediados del XIX, tanto en Estados Unidos como en Europa.

Mucho antes que Marcel Duchamp y Andy Warhol, Asher Durand reforzó la idea del arte como una cuestión de elección por parte del artista. Las composiciones de sus estudios de la naturaleza fueron "encontrados" en los lugares que él seleccionó como propiamente artísticos, sin adaptación alguna. Al hacerlo, en su propia época, también estaba estableciendo un paralelismo con las elecciones de contenidos propiamente artísticos en los retratos de los fotógrafos contemporáneos.


EL PAISAJE COMO UNA PEQUEñA PORCIóN DE LA CREACIóN


Durand parece haber encontrado realmente su yo absoluto, su propia visión de permanencia, en las rocas y árboles que reproduce casi como una obsesión. Los aisló en estudios de la naturaleza al óleo, y los dibujó repetidamente con un lápiz intrincado e incansable, como muestran las aparentemente interminables carpetas de dibujos en la Historical Society.

Dios ya no es tanto el Dios Creador, y la Creación es el gran Santo Grial para los artistas paisajistas de mediados de siglo. De esta forma, Church persigue la Creación en Sudamérica, y Bierstadt le sigue la pista en el Oeste. En realidad buscaban los orígenes, y Durand, al igual que Natty Bumppo antes, logró encontrar dichos orígenes más cerca de casa, a lo largo de la ruta este de los hombres del Río Hudson. La ambición de Church necesitaba el glamour y el exotismo de los volcanes. Durand se conformaba con sus humildes rocas, su pequeña porción de la Creación. Durand tenía otra obsesión aún mayor. Dibujaba árboles incluso con mayor frecuencia que rocas. Parece que estuvo permanentemente enamorado de los árboles.

A juzgar por los numerosos dibujos de árboles que hay en la Historical Society, parece que Durand apreciaba los árboles más que otros aspectos de la naturaleza. Podemos preguntarnos ahora qué significa su amor, su aprecio, su obsesión por el árbol. Para Durand, cada árbol es diferente. Quiero subrayar el sentido de renovación, e incluso de inmortalidad, que entrañan los árboles de Durand. Existen dentro y fuera del tiempo, vinculados a ideas que serán codificadas por las teorías de la evolución de Darwin, pero conectados también, en su continuidad, a ideas anteriores sobre la Creación.

Las pinturas de rocas y árboles en los estudios de la naturaleza de Durand no me recuerdan a otra cosa que a las pinturas de rocas y árboles de Paul Cézanne aproximadamente cincuenta años después. La confluencia de lo óptico y lo táctil en Durand se convierte no sólo en un diagrama del proceso de percepción tal y como lo entendemos hoy, sino también en un indicio de su deseo, como el de Cézanne, de "hacer realidad" sus sensaciones ante la naturaleza.

Me atrevería a sostener que la habilidad de Durand para hacer realidad sus sensaciones ante la naturaleza le sitúa no sólo en su propia época, sino en algún lugar futuro junto con artistas que implantan un legado modernista en la historia del arte.


(Extracto de Un mapa de Durand, por Barbara Novak, en el catálogo)