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Madrid exhibition

The american landscapes of Asher B. Durand (1796–1886)

October 1, 2010 – January 9, 2011

Asher B. Durand retorna a Europa

Asher Brown Durand
John Trumbull.
Asher Brown Durand, c. 1823.
The New–York Historical Society

En los Estados Unidos Asher B. Durand es sobradamente conocido como una figura central de su tradición pictórica. Celebrado como uno de los paisajistas americanos más influyentes de su tiempo y como pionero del grabado (aprendió las tradiciones académicas europeas adaptando su iconografía a los billetes de banco, y en 1812, con apenas dieciséis años, ya había grabado nada menos que la Declaración de la Independencia de John Trumbull), fue el mentor, junto con su amigo Thomas Cole, de la Hudson River School, la famosa escuela de paisajistas americanos del siglo XIX. Su obra forma parte de las más importantes colecciones públicas y privadas del país y se ha exhibido con frecuencia, tanto individualmente como en las más relevantes exposiciones colectivas dedicadas en las últimas décadas —también en Europa— a la pintura americana de paisaje.

Aquel primer y único viaje de Durand a Europa en 1840 significó para el artista el conocimiento directo de las obras de los maestros europeos (y la adquisición de un cierto catálogo de preferencias: el gusto por Rubens y Rembrandt, por Claudio de Lorena o Constable, el menor aprecio de Turner, por citar sólo algunos ejemplos). Este segundo, el que supone la exposición Los paisajes americanos de Asher B. Durand (1796-1886), es, en todos los sentidos, un viaje de retorno; ya no del propio Durand, sino de sus obras, que viajan para ponerse al alcance de quienes quieran contemplarlas. Y para los ojos europeos acercarse a esas obras será un viaje tan iniciático como lo fuera el primero de Durand. Esta exposición pretende que este segundo viaje tenga efectos semejantes, aunque a la inversa: se trata de conseguir el conocimiento de las obras de Durand por parte del público europeo. Y, más allá, la visión franca de las realidades y los paisajes de América a través de los ojos de Durand. No es otro el sentido de toda retrospectiva (en cuya etimología está el acto de volver la vista atrás): "nuestra época" —escribía Ralph Waldo Emerson en 1841, el mismo año en que Durand volvía de su primer viaje a Europa— "es una época retrospectiva. Construye los sepulcros de los padres. Escribe biografías, historias y críticas. Las anteriores generaciones se enfrentaron a Dios y a la naturaleza cara a cara; nosotros, a través de los ojos de aquéllas". Emerson expresaba esta reflexión al principio de uno de sus famosos tratados, precisamente el dedicado a esa misma naturaleza que Durand vio con sus propios ojos, la que ahora sus obras nos permiten contemplar, disfrutar y conocer.

LAS AMÉRICAS DE DURAND

Los paisajes de Durand, en los que destaca su devoción por los árboles —su "arborofilia", en expresión de Roberta Olson—, están más cerca de la tradición de la naturaleza como un sereno conjunto de bellezas que de la tradición del pintoresquismo o de otras —como las de lo sublime romántico— más dramáticas: sus paisajes poseen aquella "juventud perpetua" que Emerson adscribía a los bosques, trasuntan una "belleza terapéutica" (Rebecca Bedell), con poder para restablecer la salud y el equilibrio perdidos por los excesos de la civilización y el modo de vida de las grandes urbes modernas (de los que la ciudad de Durand, Nueva York, se convertiría con el tiempo en la metáfora perfecta).

La larga vida de Durand, transcurrida entre Nueva York y sus frecuentísimas estancias en las montañas y los valles de su tierra, acompaña la práctica totalidad del siglo XIX norteamericano y constituye por ello un mirador eminente al que asomarse para conocer con perspectiva y de primera mano la cultura americana de la época. De ahí el plural del título de la exposición, que hace referencia tanto a los paisajes de Durand en su sentido geográfico más literal —las montañas Catskill o las Adirondacks, los valles y vistas del río Hudson, los lugares que frecuentó y pintó, entre muchos otros— como a sus "paisajes" intelectuales: la de Durand es la América espiritualizada y naturalista de Thoreau, Emerson y Whitman, la de la emergente conciencia de nación con un destino y la del creciente cosmopolitismo de la Nueva York en torno a 1800, la de las influencias europeas y su transformación en tradiciones culturales —y también artísticas— vernáculas.