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Exposición en Madrid

LOS PAISAJES AMERICANOS DE ASHER B. DURAND (1796–1886)

1 octubre 2010 – 9 enero 2011

Durand y el paisaje terapéutico

Montaña Black desde las islas Harbor, lago George, Nueva York
Asher B. Durand.
Montaña Black desde las islas Harbor, lago George, Nueva York, 1875
The New–York Historical Society

El paisajismo de Durand se puede comprender como parte del desarrollo, que se produce a mediados del siglo XIX, del "paisaje terapéutico", tal como lo ha denominado Kenneth Blair Hawkins. La obra de Durand no solo comparte ambiciones curativas con estos otros tipos de paisaje, sino que también muestra importantes coincidencias en la forma. Se trata de paisajes absorbentes, diseñados para cautivar, envolviéndonos con esas formas verdosas que acotan el paisaje más próximo a la vez que lo abren a vistas más lejanas.

Según su amigo Thomas Cole (1801-1848), Durand, residente en la ciudad de Nueva York durante casi toda su vida, sufría a veces los efectos perjudiciales de la vida en la ciudad. Cuando Durand le escribió sobre un ataque persistente de depresión, Cole le recomendó: "Debes venir a vivir al campo. La naturaleza es un gran remedio".

Los médicos decimonónicos especializados en enfermedades mentales apoyaban esta idea, y constantemente animaban a sumergirse en la naturaleza, por su potencial curativo. Se creía que los paisajes pintados alcanzaban beneficios similares a los de los parques naturales. Así lo afirmaban los propietarios de la American Art Union, una organización dedicada a promover el arte norteamericano activa en la década de 1840 y principios de la de 1850. Sus directivos parecen haber considerado que los paisajes de Durand lograban estos beneficios, ya que compraron algunas de sus obras para entregarlas en su lotería anual.

A mediados del siglo XIX se formó un consenso no solo sobre el poder curativo de la naturaleza, sino también sobre el particular tipo de paisaje que mejor conseguía tal cometido. Se consideraba que los paisajes de diseño naturalista tenían mayores efectos benéficos que los geométricos, ya que de esa manera ofrecían un respiro al rígido trazado urbanístico confinante, típico de ciudades norteamericanas como Nueva York. Entre las categorías establecidas del diseño del paisaje naturalista, el paisaje Bello (también conocido como Pastoral) estaba más estrechamente asociado a efectos terapéuticos que el paisaje Sublime o el Pintoresco. Estos tres tipos de paisaje han sido definidos de esta manera por teóricos de la estética del siglo dieciocho y principios del diecinueve como Edmund Burke, Sir Uvedale Price y William Gilpin. Cada tipo de paisaje se diferenciaba tanto por sus cualidades formales como por el impacto psicológico y fisiológico en el observador.


Paisaje de las montañas White, Franconia Notch, New Hampshire
Asher B. Durand.
Paisaje de las montañas White, Franconia Notch, New Hampshire, 1857
The New–York Historical Society

Con muy pocas excepciones, la mayor parte de la obra de Durand invita al observador a sumergirse en extensos y tranquilos paisajes concebidos a la manera del paisaje Bello. Durand combinaba en sus paisajes la sensación que propician los espacios abiertos, y, en su defecto, los cerrados.

Cautivar era esencial para los paisajes de Durand, de la misma manera que lo era para los jardines. Al igual que los paisajistas de cementerios, parques y jardines de manicomios, Durand sentía que para que un paisaje ejerciera sus poderes paliativos, el espectador debía sumergirse en él. Este debía, según decía, "ver el interior del cuadro en lugar de su superficie". Para él, las cualidades de una obra estaban directamente relacionadas con su poder de cautivar. "Una obra excelente es aquella que inmediatamente se apodera de uno: nos envuelve, la atravesamos, respiramos su ambiente, sentimos la luz de su sol y reposamos a su sombra sin pensar en la composición y su ejecución, en lo que proyecta o en el color".

En las pinturas de Durand, los cielos están casi siempre despejados e invariablemente es verano. Durand los escogió por su impacto psicológico, su potencial curativo. Existen abundantes evidencias que sugieren que el público decimonónico reaccionaba ante la obra de Durand en la manera que él esperaba. Un pintor coetáneo de Durand, Daniel Huntington (1816-1906), describe La mañana dominical, de 1860 (New Britain Museum of American Art, New Britain, Connecticut), como una "obra reconfortante... que sugiere a la mente la calma y la sensación del descanso sagrado que se asocia a menudo con las apacibles mañanas dominicales en un campo hermoso". Para los contemporáneos de Durand, sus obras eran curativas, calmantes y terapéuticas.


(Extracto de "La naturaleza es un gran remedio". Durand y el paisaje terapéutico, por Rebecca Bedell, en el catálogo)