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Exposición en Madrid

LOS PAISAJES AMERICANOS DE ASHER B. DURAND (1796–1886)

1 octubre 2010 – 9 enero 2011

Una vida dedicada al arte

Asher B. Durand – Autorretrato
William Jewett.
Asher Brown Durand, c. 1819.
The New–York Historical Society

George Washington era el presidente de los Estados Unidos cuando en 1796, en Jefferson Village, una aldea de Nueva Jersey, nace Asher B. Durand. En 1817, tras cinco años de aprendizaje como grabador en la cercana Newark, Durand trasladó su domicilio al otro lado del río Hudson, a la ciudad de Nueva York. Allí vivió y trabajó durante cinco décadas antes de regresar a Nueva Jersey para pasar los últimos años de su vida en la granja familiar. Para entonces muchos lo idolatraban como a una ancestral figura viva de la historia del arte norteamericano. Cuando en 1886 muere a la edad de noventa años, la identidad de Norteamérica se había consolidado en el mundo, y sus obras —en especial sus paisajes, que tanto habían contribuido a definir esa identidad— se veneraban en las colecciones de la New-York Historical Society.

Como pintor de retratos y paisajes Durand fue fundamentalmente autodidacta, y por lo general encontró sus modelos en las pinturas que reproducía en sus grabados. Durand se familiarizó con las tradiciones académicas europeas cuando adaptaba la iconografía de estas tradiciones a sus billetes de banco y bosquejaba modelos clásicos en The American Academy of the Fine Arts, en Nueva York. La metrópolis, que ya prosperaba como núcleo comercial, financiero, editorial y cultural de la nación, ofrecía durante la primera mitad del siglo XIX un contexto propicio para que surgieran mecenas e instituciones en apoyo de las artes, como la New-York Historical Society, la National Academy of Design y el Sketch Club (hoy conocida como The Century Association). Durand estuvo vinculado a todas ellas a lo largo de las dos décadas que ejerció de grabador, al servicio del comercio en su papel de autor de billetes de banco, y al servicio de las comunidades de artistas y mecenas al reproducir las pinturas y retratos que aquellos creaban o poseían. El artista en ciernes también trabajaba en beneficio propio, preparándose para su posterior trabajo de retratista y paisajista mediante el meticuloso estudio de las pinturas de sus colegas, frecuentando a menudo estudios de artistas y salones de coleccionistas.


Paleta y pinceles de Asher B. Durand
Asher B. Durand
Paleta y pinceles de Asher B. Durand, antes de 1879
The New–York Historical Society

Con los Estudios de la Naturaleza y los cuadros grandes que Durand compuso en su estudio de Nueva York, demostró a sus colegas de profesión norteamericanos el alcance de las posibilidades que ofrecían los paisajes, así como algunas estrategias para incorporar los descubrimientos del estudio al aire libre en las composiciones formales. La altísima reputación que alcanzó en las décadas de 1840 y 1850 se apoyaba en unas composiciones magistrales que remiten a venerables tradiciones paisajísticas, así como a la experiencia directa de pintar en el campo. Entre ellas cabe destacar El roble solitario, de 1844, su primer y heroico "retrato" de un árbol, en el que un retorcido roble gigante aparece silueteado contra la puesta de sol.

La madurez de Durand abarcó cuatro décadas productivas, en las que plasmó e interpretó el paisaje norteamericano. Además, alcanzó la cima de su profesión en 1845 al convertirse en presidente de la National Academy of Design y, tras la prematura muerte del gran paisajista Thomas Cole en 1848, asumir el liderazgo de lo que hoy se conoce como la Escuela del río Hudson. En 1855, en el punto más alto de su carrera como artista y líder artístico, Durand resumió su práctica paisajística en las famosas Letters on Landscape Painting (Cartas sobre pintura paisajística). Sus meditaciones sobre el significado espiritual de la naturaleza se combinaban con consejos prácticos a los artistas noveles para aprender a dibujar y a pintar paisajes.

Las últimas décadas de Durand fueron igualmente productivas. En las décadas de 1860 y 1870 el lago George y las montañas Adirondack fueron destino frecuente del artista, quien por entonces solía viajar con sus incondicionales hijos. Pequeñas y espléndidas pinturas como Las montañas Adirondack confirman que Durand no había perdido ni una pizca de su gusto por el trabajo al aire libre.


(Extracto de la Introducción. Durand: una vida dedicada al arte, por Linda S. Ferber, en el catálogo)