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La destrucción creadora. Gustav Klimt, el friso de Beethoven y la lucha por la libertad del arte. 6 octubre 2006 - 14 enero 2007
De la consagración al escándalo: quince años en la vida de Klimt

La Viena Fin-de-Siècle es conocida por ser uno de los ejemplos más célebres –y casi tópicos– de esas auténticas reorganizaciones de la realidad en que consisten los cambios de época. Si hubiera que elegir en aquella Viena finisecular un destino individual que concentrara tanto el mundo que se acababa como aquel otro –que en parte es aún el nuestro– que nacía, habría que fijarse, sin duda, en la vida del artista vienés Gustav Klimt entre los años 1890 y 1905.

Higeia Gustav Klimt, Higeia(detalle de Medicina),reproducido en Das WerkGustav Klimts, Viena, 1914

En 1890, con tan solo 28 años, un joven Gustav Klimt recibía el Premio Emperador, la más alta distinción del Imperio austrohúngaro en el terreno de las artes, que le consagraba como el artista de moda en su país. Cuatro años más tarde, en 1894, se le encomendaba el que prometía ser el encargo más importante de la época y el momento de su consagración definitiva como artista oficial: las pinturas de las facultades para el Aula Magna de la nueva Universidad de Viena. Se esperaba de él un trabajo que expresara con un simbolismo claro y didáctico la importancia de la Razón, la Ciencia y la Ley, de acuerdo con el positivismo decimonónico entonces dominante.

Klimt tardó más de seis años en entregar su encargo y cuando lo hizo se levantó un escándalo de proporciones nacionales, en el que participó toda la sociedad vienesa y obligó a intervenir en el Parlamento al propio Ministro de Educación. Sus pinturas acusaban la influencia de un inquietante irracionalismo, una complacencia en lo onírico y lo erótico y la sugerencia de una transgresión de todos los valores convencionales en nombre de un nuevo vitalismo, que alcanzará su forma más perfecta en el impresionante Friso de Beethoven de 1902.


“… gustar a muchos es malo”

Portada del catálogo Gustav Klimt, Nuda Veritas, 1899. Óleo sobre lienzo,
252 x 56,2 cms. Österreichisches Theatermuseum, Viena

Entre 1894 y 1902, dos acciones paralelas se entretejen en la vida de Klimt: su metamorfosis en el artista que busca la verdad del hombre y la mujer modernos, y el drama vienés del encargo de las facultades. Éste le llegó de un mundo que, mientras él trabajaba, se disolvía a la temperatura exacta del cambio de siglo, también en su alma: acabó presentando al mundo de ayer lo que más bien pertenecía al de mañana, y el escándalo, colosal, hizo más verdaderas aún las palabras de Schiller que había elegido para su Nuda Veritas: No puedes agradar a todos/ con tu hacer y tu obra de arte;/ haz justicia solo a unos pocos;/gustar a muchos es malo.

En otros países, como en Francia, ya se había producido la imparable transición desde el tradicional arte por encargo, vigente durante siglos en Europa, al arte concebido como una creación libre del artista, que sólo admite expresarse a sí mismo. Ésa es también la transición, difícil y personalmente dolorosa, que hizo Klimt a fines del siglo XIX, con la que destruyó una anticuada concepción de las artes y creó los fundamentos de la moderna vanguardia vienesa.

La historia de convulsión y belleza de esos años de la vida de Klimt: ésa es la historia que, a través de sus obras y de otros testimonios de la época, quiere contar esta exposición.

“El único remedio es que por fin se unan algunos amigos del arte, alquilen en algún lugar de la ciudad un par de salas, y allí, de seis en seis meses y en pequeñas exposiciones íntimas, muestren a los vieneses lo que sucede en Europa en el terreno artístico”: ése fue el espíritu de la Secession vienesa, creada en 1897, con Klimt como Presidente fundador, para anunciar a un mundo caduco un nuevo credo: el de un arte redentor de la entera existencia.

Algunos miembros de la Secession  en la sala principal de la “Exposición

Algunos miembros de la Secession  en la sala principal de la “Exposición Beethoven” de 1902. De izquierda a derecha: Anton Stark, Kolo Moser (sentado, con sombrero), detrás Gustav Klimt (sentado en la silla), Adolf Böhm, Maximilian Lenz (tendido), Ernst Stöhr (con sombrero), Wilhelm List, Emil Orlik (sentado), Maximilian Kurzweil (con gorra), Carl Moll (tendido), Leopold Stolba, Rudolf Bacher.